El lector como kryptoniano

Por Nicolás Jozami

Pocas actividades son tan voluptuosas como la lectura de ficción, actividad propiciada por los grandes maestros de cada lector (recuerdo con fervor a mi maestra de primaria, Azucena Carrizo), con la libertad del propio goce como un jefe demasiado benévolo. Sin embargo, hay un doble error, a mi entender, en cuanto a la visión sobre el desarrollo del placer de la lectura, sobre la construcción de un lector, basado, por un lado, en la iconografía tradicional, con la imagen de la torre de marfil o encerrona de biblioteca, símbolo de la huída a un mundo ajeno al presente que tiene el que lee. No erraría si digo que en la generalidad de esas imágenes icónicas referidas a la lectura, no dejan de aparecer el libro grueso, bien grande, de tapas duras, oscuras, generalmente sin un título definible, con unos anteojos, posados sobre la tapa del libro, luz tenue, ambiente recogido, y por allí, un bolígrafo como instrumento veedor del impulso por subrayar, hacer anotaciones.

El otro error no es imagen; es una elaboración del sentido común, que se vuelve más bien una diatriba de lógica directa: aquello de que el lector no siente placer en contacto con el texto, ya que ese placer está al final, como instrucciones de una teleología; es decir, el objetivo desaparece en la unión de texto y lector, y surge solamente cuando el lector lo termine.

            Como en muchos campos, ideológicos, sociales, morales, vitales, el Boca-River de las posturas, también la dualidad abarca la mirada que se tiene sobre el  posicionamiento lector. Tomando a Ricardo Piglia, se puede concluir que, así como un escritor escribe para saber qué es la literatura, un lector de ficción lee para saber qué es su vida, donde se interconectan lectura y/o vida. Un lector de ficción sería un extranjero en su propia vida, que la pone en suspenso para dejarse invadir por un territorio del que no tiene un mapa, porque él es el encargado de trazarlo para recorrerlo.

Pero vayamos a mi opinión, que surge de la comparación con el cómic y el cine: la escena prefigura al que considero el genuino y completo lector de ficción, el lector kryptoniano. Repasemos: cuando el general Zod, enemigo de Superman, lo encuentra en la Tierra, y descubre junto a sus científicos que el códice de Krypton está en el propio hombre de acero, decide lanzar la máquina terraforme hacia nuestro mundo. Lo que hace esa nave, es modificar la masa y la naturaleza terrestre para convertirla en otro planeta, precisamente en Krypton, con la consecuencia y el precio nada piadoso de la extinción de los humanos.

Bien, es el efecto que provoca la máquina terraforme lo que me interesa rescatar para ilustrar la cualidad que posee la literatura: en la película (El hombre de acero, 2013), se ve cómo actúa la máquina sobre Metrópolis: eleva despacio los objetos a su alrededor, y los hace caer con fuerza, destruyéndolos. Ese procedimiento es el efecto lector: levitar de la realidad con el texto en manos y mente, para luego ingresar a ella con pasión y renovados, haciendo estallar lo que éramos antes de ingresar al texto, aunque no podamos definirlo instantáneamente. Por eso el lector ficcional, es un lector que proviene de otro lado. Toma y saca los elementos de la realidad, los desaparece, pero luego retorna con más fibra y con una masa (ideas revueltas) renovada, expandida, como hace la colérica máquina de Zod con los elementos terrestres.

Pocas cosas hay tan indefensas, sin embargo, como un verdadero lector de literatura. El levantar la vista para ver lo que lo rodea, posando con el gesto de estar en la vida, en verdad es un señuelo, una trampa para quienes lo miran leer: sigue tan adentro del libro pero empleando un recurso vital de supervivencia. Nada más indefenso y gratuito que un buen lector de literatura; por ello es peligrosamente asediado.

En la vieja película La historia interminable, título homónimo del gran libro de Michael Ende, Bastián se escapa de su realidad para ingresar en la historia de ese libro; pero ¿qué sucede? Todas sus peripecias y angustias se resuelven cuando debe dar un nuevo nombre al reino de Fantasía, porque se desmorona; debe aceptar su camino, revolver y expandir sus recuerdos, para que ese reino se reconstruya; retorna del libro aceptando la dolorosa pérdida de su madre, y colabora con su padre en el crecimiento compartido del dolor. Bastián entiende desde sí mismo la pérdida al volver renovado del texto; sin esa historia, quizás le habría costado más. Bastián, un verdadero kryptoniano.

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