Degradación, un discurso de valores dominantes

Por Guillermo Bawden

Voy a intentar un texto sobre mí, que sea peligroso para mí. Voy a ponerme en medio de una estampida de ideas, voy a cuidarme pero sin duda algún animal en polvareda me va a tocar y mandar al suelo.

A partir de un texto de Pablo Dema Literatura y política durante el macrismo: Alan Pauls y amigos sobre Trance, Un glosario, de Alan Pauls, aparecido en esta revista, en el cual se nos etiquetó a varios escritores, etiqueta y título que vuelvo a agradecer, se produjo una serie de intercambios en el que tomaron preponderancia dos nociones básicas y centrales, lo apolítico y lo ahistórico como una corriente de agua que toma la forma en el escenario literario actual. Y decir que toma la forma, más no sea como entidad escenográfica , es una paradoja que intentaré abordar en un cuadro más pequeño.

Para empezar me gustaría citar lo dicho por Carlos Schilling: “Una lectura excelente, pero me parece que desde el punto de vista del materialismo dialéctico o de una crítica de la ideología, cualquier literatura termina quedando subsumida en la historia. Lo ahistórico o apolítico no sólo es una variante de conservadurismo, también puede ser interpretado como antipolítico o antihistórico. Es decir, como una forma de negación, por un lado, y por otro, como una forma de soberanía creativa frente otros discursos y otras imposiciones de realidad”.

Y la respuesta de Diego Vigna leer : “Me colgué pensando en el texto de acá arriba y en estos comentarios, Carlos. Está buenísimo para pensar, porque coincido en que, desde la crítica de la ideología, cualquier literatura termina quedando subsumida a la historia, y podríamos decir a la política. Y por esa misma afirmación, interpreto que el texto de Pablo intenta acercarse a una idea que también comparto: que lo antipolítico, como variante del conservadurismo o de lo que sea, también queda subsumido a lo político propiamente dicho. En cierto modo, quiero decir que, en el terreno de lo político (no así de la política, quizás) toda forma de negación no es más que un intento vano, o velado, de no asimilar o enfrentarse al carácter elemental de lo político. La negación, desde esa crítica, es afirmación de posicionamiento. Y de eso no se podría escapar. Hay una idea en el texto de Pablo, la última escrita, con la que sin embargo disiento: que la política práctica pone en serio riesgo la posibilidad de que cada uno se siente a leer y escribir lo que se le antoje. Creo que no, siento que la política práctica, sobre todo la más virulenta, es un palazo al avispero: puede resultar estimulante y consistente, como lo demuestra este valioso texto crítico”.

Mi aporte a ese hilo fue el siguiente: Me gusta mucho la idea que tira Carlos de soberanía creativa en cuanto a la postura apolítica. Yéndome un poco a partir de aquí, siempre me resuena la respuesta de Borges sobre la literatura “comprometida” (lo que él definió como álgebra protestante) y esa respuesta que me incomoda en lo ideológico pero me representa en lo estético. Habría que hablar estas cosas más seguido. Gracias Pablo por la etiqueta.

En esa respuesta, acorde a mi incapacidad teórica, hay algo que hoy leo como una cierta letra cobarde. ¿Me incomoda en lo ideológico sentirse más cercano a esa respuesta irónica y un tanto maliciosa de Borges? ¿Acaso no es el tema, ideología y estética como posicionamiento? La idea de Schilling de lo ahistórico y apolítico como soberanía estética frente a los discursos impositivos de una realidad me llama como me llama la frase de Borges. Es indudable que hay una construcción que prefigura esa realidad que nace en centros difusores del poder político, histórico e ideológico del momento. También es cierto que más abajo, se impone otro que siempre anduvo en el espectro de izquierda y progresista del abanico de las ideas y que es en el cual, a grandes pinceladas, podemos entrar varios de los que opinamos allí y que entablamos ese debate en hilo en el post de Pablo. Es en ese espectro dónde hoy existe con una fuerza que yo no recuerdo -o no reconocí con anterioridad- sobre la que me gustaría decir algunas cosas. Esa fuerza que amenaza con borrar la posibilidad de hablar con franqueza por miedo a la ofensa personal, se llama corrección política, una fuerza que representa no un avance en cuanto a los mecanismos de pensamiento como un paso adelante, si no como una instancia monolítica que tapa cualquier análisis profundo sobre varios tópicos. Me voy a centrar sólo en el que nos concierne. Tengo cierto rodaje en la escena poética de la ciudad de Córdoba y he notado, con nota in crescendo, una elección más ética que estética en la producción de poemarios en los últimos dos años. Bien enmarcados en lo histórico y lo político, aparecen aquí y allá los poetas que denuncian y declaman sus ripios con la situación actual siempre desde el plano de lo muy, demasiado, políticamente correcto. Están los que escriben en el poema, individuo poeta que es todos los suyos a la vez y está el otro, el que está al frente, el atrasante, el mercader de mentiras, el incapaz intelectual. Estos poemas siempre están escritos con remates que parecen rimas desechadas en escritos de difusión política y también los hay que construyen sus poemas con lo que yo llamo poética del vóley, es decir recepción, armado y remate. Alguien podrá señalar que los que se ocupan del contenido dejando fuera las consideraciones de forma, han estado aquí desde el albor mismo; podrá señalarme también que no se causa un daño, que afortunadamente no hay mala praxis poética, que esa pasión y creencia en que la palabra en verso no sólo aporta a una lucha si no que es un arma, -dicho esto con una convicción envidiable-, no hacen mella en las demás estéticas y prácticas. Sí, podrá señalarse eso, lo que no podrá señalarse es que el armazón usado por la corrección política, un especie de combo en el que es imposible el matiz, es un escudo usado para la imposibilidad crítica. Que yo no pueda dar nombres o subir ejemplos de lo que digo, habla de ese cobertor. Esas prácticas me empujan a esa idea de estar defendiendo una soberanía de lo que uno quiera decir, incluso sobre sus mismas adhesiones, ideas, contextos. Es imposible a mi entender apartarse de todas las variables que cruzan un momento creativo, estética y éticamente. También creo que la abstracción total de un texto de esas variables es otra forma ideal que suele carecer de carnadura para conmover fuera de su estructura formal, pero también creo que la sumisión total a los contextos y la adhesión sin concesiones al juego pantanoso de la realidad crea estas chaturas que no se pueden si quiera no gustear, porqué no existe la posibilidad de atacar un aspecto sin que se desvíe todo a una falacia ad hominen.

Lo jugoso del texto de Pablo Dema, así como las intervenciones de Schilling y Vigna, que son mucho mejores que esta diatriba, es lo que no ocurre en términos de discusión sobre la práctica en la escena poética de Córdoba, es decir, no hay antinomias ahistóricas, apolíticas o no; hay atrincheramientos que no devuelven argumentación porque no son atrincheramientos en la historia y la política sino que son zonas de confort donde la corrección política provee una manta que permite contestar, limitando el espectro de la discusión, en una sola de las variantes de la práctica literaria. El supuesto valor como coraje de lo dicho y como interés de lo creado, no es más que un elemento exculpatorio, una excusa para el like fácil y la sensación de estar aportando a un imaginario de resistencia, que, lamento decirlo, no es tal.

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