La vía fantasma o descripción de una tarde soleada

Por José Tévez

Caminaba sobre los rieles fantasmas del tren que cruzan a Santa Rosa. Iba como si tuviera dos ruedas arrastrándose en cada pierna. Son de esas tardes de soles altos y de rayos que bajan encandilados en donde algunxs aprovechan para darse un baño sol a la intemperie. Otros pasean a sus mascotas y de paso aprovechan para oxigenar el cuerpo cascariento, inmovil y añejo. Son ancianos y ancianas generalmente quienes aprovechan la tarde de sol y salen a caminar con sus perritos. Siento una extraña compasión con ciertas mascotas al cuidado de los viejxs. Siempre andan con un palo o algún elemento contundente que emula al látigo disciplinador. Estos animalitos aprenden con la movilidad del castigo. Conozco a dos viejitos que viven al frente de mi casa. Los he visto. Siempre que la mascotita sale a mear o hacer caca tiene no mas de 2 minutos hasta que recibe el castigo y vuelve a entrar al hogar. Así día tras día hasta que muera.

Los viejxs crecieron y aprendieron en la sociedad de la disciplina.

Una parejita de adolescentes se abrazan y parecen abstraidos del mundo. Hacen público y socializan su amor como indiferentes a la tarde de soles que bajan; porque el amor adolescente desconoce temperaturas ambientales externas:“¡Cualquier día es el mejor momento!” Mas tarde se toman una selfie y también expondrán sus abstraídos rostros en el concierto montado de cuerpos y sonrisas en la red de instagram. He aquí el amor, la pureza del presente, el instante extremo.

Están los niñxs que se hamacan en el parque ante la mirada inquieta de las madres progenitoras que cuidan y otra chica que se sienta con un cuaderno debajo de un árbol; seguramente una poetiza oculta y desconocida: hablará del amor, de las angustias, las relaciones, los árboles, la nada, el sol… Pintará un mundo oscuro y solitario. Hará rayones en los rostros de quienes pasaron al frente suyo, después lo hará con ella misma. Resucitarán los muertos y determinará el infierno de alguien; mañana quizás vuelva a escribir.

Finalmente, los que me llaman la atención son los que suelo llamar: los cuidadorxs del cuerpo. Almas que corren y corren sin parar con la mirada al frente y pérdida en algún horizonte futuro y lejano. Existe un sentido de autoconservación en estos seres; que en definitiva son meros peregrinos de la eternidad.

Porque el cuidado del cuerpo no es otra cosa que el cuidado del Ser.

Por ejemplo, yo sé que me voy a morir, entonces, por ese motivo no hago nada y mucho menos me cuido. Al Ser prefiero acariciarlo antes que estimularlo.

Si, mejor acariciarlo después de una tarde por las vías fantasmas bajo el sol.

El caballo blanco del pecoso

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Un gringo engreído y con pecas disfrazado de gaucho (digo esto porque los gauchos como tal ya no existen; eran habitantes de otros tiempos y llanuras) se paseaba en un caballo blanco por las vías fantasmas del tren. Lo veía venir a lo lejos, y mientras más se acercaba más azotaba al caballo blanco que parecía sonreír. Ambos parecían tener experiencias en aventuras temibles para los demás. Aquella imagen estaba poseída por fantasías que connotaban una cierta embriaguez de poder impune y violento.

No dude en sacarles una foto con mi celular mientras pasaron al lado mio. “¿quién se cree este vagabundo?” habrá pensado el gaucho, que me miraba de reojos mientras azotaba con cortitos golpes al animal en una relación de placentera y gozosa violencia consentida.

El caballo blanco me había mirado también.

Seguí caminando hasta que escuche una advertencia abrupta y chillona: “¡cuidado, cuidado ehh”, era el jinete y el caballo blanco que se me venían de atrás con la intención aplastarme. Entonces me arrojé hacía un costado. El gaucho pecoso se burlaba de mi acto reflejo mientras que el caballo blanco parecía excitado a tal punto que creí ver colmillos en su boca.

Al jinete no le había gustado la arbitrariedad de mi foto, y al caballo, supongo, que habiendo percibido el malestar de su montador intuyó que habría que aplastarme con la pesadez de su cuerpo y el filo de sus pezuñas. Entonces comprendí la conducta del caballo blanco que me apuro como si hubiera visto a un demonio, como si las luces del dispositivo Samsung le hubiera indicado la peligrosidad del Android.

– (Yo, un androide?)

El pecoso jinete disfrazado de gaucho y su intolerante caballo blanco, querían exorcizarme en plena tarde.

La trafic quemada

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La trafic era blanca Renault modelo 1994. Ardía en llamas una madrugada delante de los ojos de todos los vecinos de una cuadra en el barrio Aeropuerto. Se desconoce el origen real del siniestro: agentes de criminalística hablaron de un ataque pirómano, aunque no dieron con los autores del hecho. Se dice entre los vecinos del barrio que si bien no es frecuente este tipo de ataques; cada tanto aparecen focos de incendios de vehículos en la zona. El fenómeno se distribuye cada tanto a lo largo y ancho de la ciudad aunque es poco visibilizado en los medios de comunicación; quizás porque no se suelen comunicar situaciones que tiendan a la irracionalidad. ¿Cómo explicar que  un sujeto prenda fuego vehículos incontinentemente?

En la cobertura de los ataques pirómanos las explicaciones se buscan en consecuencia a los efectos relacionados a la droga, la delincuencia o el anarquismo. El acto pirómano (Piro=Fuego –Manía=Locura) es una patología movilizada por el descontrol de los impulsos y la necesidad de incendiarlo todo. Este tipo de acto no busca ningún redito. Es decir, no busca justicia, dinero ni tampoco implantar el temor. Es un acto individual, incluso, es poner en riesgo la propia vida.

Muchos vecinxs del barrio hablan de grupos de pirómanos vinculados a la venta de drogas y a la delincuencia. Esto no es comprobable. Lo cierto es que los ataques incendiarios en conjunto se corresponden muchas veces a que el individuo pirómano patológico contagia generalmente a sus pares más cercanos, convirtiendo a estos, en agentes alternos, con el fin de ocultar la naturaleza real de sus actos mediante el discurso vandálico o la diversión compartida.

Extrañeza

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El ritmo cardíaco aumentaba en la tarde soleada por el puente de la Avenida Santiago Marzo Sur, entre esporádicos camiones cargados de ganados con olor a bosta que pasaban bordeando la ciudad. Saque mi Android del bolsillo de la campera y de pronto escuche una voz que me decía: “¡ahora nos cruzamos todos los días!”. Era una profesora que tuve en la facultad de humanas. Un día antes la había cruzado en uno de esos (¿bares?) lugares donde se toma el té. El asombro me atormentaba. No puede evitar los interrogantes en mi cabeza como por ejemplo: ¿Tiene algún significado incluso el jinete, el caballo y mi profesora? Porque uno se suele cruzar con alguien en un radio determinado o en donde es posible verse las caras, incluso, más de una vez en el día. En este caso, la distancia, es decir, la desconexión o descontextualización de la 2da cruzada fue lo que genero la angustia, el desconcierto y la extrañeza.

Una vez más el misticismo de la tarde que me había conducido la vía fantasma me dejo temblando con esa terrible naturalidad de los hechos.

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