Narrar y charlar (sobre el eufemismo y la ironía sin humor)

Por Diego Vigna

Renovado misterio el de las revistas literarias y culturales en su faceta digital, que trabajan muchas veces en las sombras de la web, buscando un hueco para hacerse visibles y captar lectores, y ahora suele pasar que encuentran su mayor repercusión cuando las notas que publican son reproducidas en esos bichos raros, odiados, consumidos como drogas, que son las plataformas sociales, sobre todo Facebook y Twitter. Revista Pampa publicó una reseña del admirado Pablo Dema que, como él mismo escribió, se le fue para la cosa política. Después Pablo la replicó en su perfil de Facebook y ahí se armó el intercambio que propició estas palabras. El origen de este texto en particular es un pedido de Nicolás Jozami para que intentara expandir algunas cosas que pensé al leer el texto de Pablo sobre literatura y política durante el macrismo. Al principio me dije que no, que para qué, pero al leer la seguidilla de intervenciones que surgieron me dije que quizás podía ensayar una charla con esas palabras. Como hice, de hecho, en el post mismo, al contrafirmar, diría Derrida, sobre las palabras de otro admirado escritor, Carlos Schilling.

Frente a las ideas principales del texto de Pablo, que se puede leer acá, están las intervenciones en Facebook que dieron vértigo a la ruedita del hámster interno. Lo más honesto es reproducirlas para contextualizar la charla y saber de dónde vienen las ideas, sobre todo porque lo más estimulante fue el intercambio.

La situación de lectura ordena las ideas del texto. Pablo menciona a Alan Pauls como un lector total, que lee de primera mano a los franceses que lo formaron. Sus lecturas escritas dan cuenta de una intención o perfil reconocible: la sustracción del contexto histórico, eso que rodea a la literatura (podría interpretar: el mundo, lo material). Dice Pablo: “Lo que aparece en tanto que falta en Pauls, lo que Pauls desaparece, es lo que llamamos el contexto histórico, la “política”, lo que rodea las intimidades refinadas, blindadas por un saber muy preciso (aunque siempre contradictorio, ya lo veremos), muy precioso y preservado de los lamparones de grasa de la historia”, y después parafrasea a Jameson para ser más claro: “La primacía de un arte formalista que se basta a sí mismo y la doctrina de que es imposible establecer un sentido, son, en Jameson, la marca perfectamente identificable de la orientación ideológica de quienes la ponderan. Pero esta caracterización ideológica no es una descalificación de la literatura de Pauls, ni una invitación a despacharlo con la grosera etiqueta de ‘gorila’ para pasar a leer exclusivamente textos políticamente correctos.”

Esto me disparó el pensamiento. Y a esto se sumó su posición, que expresa en el final del texto, y que luego ampliará en otros comentarios que hizo al post de Facebook. El texto termina diciendo que “lo que no ofrece mayores dudas es la posición que tenemos que tomar en el terreno llano de la política práctica: eso que llaman con el eufemismo de Mercado es la Barbarie de hoy, el crecimiento de su poderío (el macrismo es su glorificador, su cómplice y su débil rehén) pone en grave riesgo la paz social, al trabajo, la educación pública y la posibilidad misma de sentarse a leer y a escribir lo que a cada uno se le antoje”.

Frente a esto, Carlos Schilling escribió: “Una lectura excelente, pero me parece que desde el punto de vista del materialismo dialéctico o de una crítica de la ideología, cualquier literatura termina quedando subsumida en la historia. Lo ahistórico o apolítico no sólo es una variante de conservadurismo, también puede ser interpretado como antipolítico o antihistórico. Es decir, como una forma de negación, por un lado, y por otro, como una forma de soberanía creativa frente otros discursos y otras imposiciones de realidad”.

Guillermo Bawden también aportó sobre el comentario de Schilling, y dijo: “Me gusta mucho la idea que tira Carlos de soberanía creativa en cuanto a la postura apolítica. Yéndome un poco a partir de aquí, siempre me resuena la respuesta de Borges sobre la literatura ‘comprometida’ (lo que él definió como álgebra protestante) y esa respuesta que me incomoda en lo ideológico pero me representa en lo estético. Habría que hablar estas cosas más seguido. Gracias Pablo por la etiqueta.”

El último “gracias” remite a que Pablo decidió etiquetar en el post a varios escritores con la intención de charlar, de poner en consideración. Así fue como llegué a la lectura, y esta suma de disparadores fue lo que me llevó a enfrentar mis contradicciones a la hora de pensar el campo de acción de los escritores, en esta coyuntura, con el “yupiaje” tan aceitado y empoderado en todas las esferas de poder, y con estos aparatos mediáticos imperando e influenciando las rutinas de lectura (y en varios sentidos, entumeciendo o enturbiando las capacidades críticas). Lo de Schilling y Bawden, en diálogo con el texto de Pablo, me llevó a pensar que tiene razón Carlos, que desde la crítica de la ideología cualquier literatura quedará subsumida a la historia, y podríamos decir a la política. Pero por esa misma posición, intuyo que Pablo recupera a Jameson para intentar acercarse a la idea de que lo antipolítico, como rasgo característico del conservadurismo, también queda naturalmente subsumido a lo político propiamente dicho: en el terreno de lo político, y muchas veces de la nombrada política “práctica”, toda forma de negación no es más que un intento velado de evitar hablar del carácter elemental de lo político, esto es, una finta para no nombrar la afirmación de un posicionamiento.

Esto es lo que parece quedar a la luz en el último intercambio que se produjo, a raíz del post de Facebook, entre Pablo y Jorge Aulicino, que intervino con algunos comentarios. Aulicino expuso un posicionamiento de campo, como diría Bourdieu, ligado a la ortodoxia de la producción, y Pablo pudo exponer, gracias a ese cuestionamiento, con otro tono (quizás con menos exageración) lo que quiso decir en su texto. Aulicino dijo varias verdades: por ejemplo, que Horacio González no parece ejecutar muchas miradas fulminantes, o también que no alcanza con demostrar o reconocer a la derecha para combatirla con efectividad, tanto como el hecho de asociar linealmente derecha con fascismo. Estoy de acuerdo. Pienso que esas conductas dieron cuenta, lamentablemente, de la ceguera y la ineficacia progresista. Pero a la vez Aulicino le cuestionó a Pablo el haber involucrado en su crítica a Marcelo Cohen, a quien sería impertinente asociar a un pensamiento de derecha por acompañar el pedido de austeridad energética del presidente. Eso, en definitiva, no importa tanto como lo que afirmó después Aulicino: que nuestro medio, el de los escritores, está lo suficientemente politizado (el destacado es mío) como para criticar a Cohen o a los escritores que se callan o mantienen distantes. Y que lo que estamos viviendo, en medio de toda discusión, es una “crisis de decisión que abarca a todos”. Finalmente, Aulicino le pide a Dema que por favor pare la bocha.

¿Qué es, en este contexto, “parar la bocha”? Elegimos trabajar con la palabra, ¿no? A veces incluso nos pagan. ¿Y cuál es el límite de esa suficiencia para la politización del medio intelectual? ¿Ser indiferente a lo que pasa es, linealmente, no estar politizado? Y en medio de esta supuesta “crisis de decisión que nos abarca a todos”, ¿quiénes toman las decisiones, y con qué sustento moral? ¿La toma de decisión es transversal, todos aportamos por igual al desmantelamiento?

Pablo sintetiza, entre los comentarios y respuestas subsidiarios a su texto-reseña, que lo que le molesta es, en el marco de sus tareas como docente, como editor, como escritor, dar a leer (compartir lecturas de) escritores que pretenden estar dentro de una comunidad pero desligados de toda responsabilidad. Distancias, indiferencias, rechazos de la política que se revelan profundamente ideológicos, más allá de su posición personal. Personas que en cuanto hablan –dice– se muestran como enemigos de la comunidad que los sostiene.

Lo comparto, porque tiene que ver con la responsabilidad de la palabra. Lo comparto aunque me parezcan exageradas algunas de sus afirmaciones, como la que dice que la política práctica está poniendo en riesgo la paz social (pasa, pero no es de los últimos dos años), o la posibilidad de que cada uno se siente a leer y escribir lo que se le antoje. Siento, en cambio, que la política práctica, sobre todo esta tan cínica, es un palazo al avispero, o un empujón a la bocha que no hay que parar. Pero comparto la raíz del planteo, porque es la raíz de las contradicciones que tengo, y que bien recuperaron en sus comentarios Schilling y Bawden: no saber qué papel nos toca.

Quizás el problema esté en que hace ya varios años (incluso años antes de la llegada del macrismo al poder) han quedado invalidadas algunas herramientas discursivas: por ejemplo, el recurso de la ironía despojada de humor, tanto como el eufemismo. Ya fueron, porque alejan. Y porque son de las herramientas que construyen una triste paradoja, en el sentido de que parecen operar desde los márgenes (sobre todo la ironía) pero son un claro signo de conservadurismo. Desde un intento lúcido de pensar el origen de la palabra del escritor, en contraste con el país que votamos, ya no tiene sentido apelar a la distancia desde la que se ironiza, o a la distancia que impone tan pulcramente el eufemismo. El cuerpo sale del juego, y se está más cerca de la cobardía que de la astucia.

Justo estoy leyendo, por cuestiones del trabajo, un artículo de Liliana Weimberg sobre el ensayo latinoamericano en el que propone pensarlo en su doble faz (algo, sin embargo, que ha sido puesto en discusión durante las últimas dos décadas): por un lado, capaz de reproducir una forma de la moral en su sentido original, esto es, a partir de la descripción que hizo Montaigne del ensayo como ejecución de un “acto de buena fe”, antes que cualquier otra cosa. Y por otro, capaz de ser representante de una moral de la forma, esto es, de defender los “fueros literarios” que se involucran en sus formas híbridas, nunca del todo definidas. ¿Qué sería el ensayo para esta posición? Si se quiere, una moral de la forma a la que puede acudir toda prosa no ficcional que busca problematizar un tema.

La ironía despojada de humor, y el eufemismo, atentan contra la forma, incluso más allá del género. Y no creo que esto sea culpa, en principio, de una mala decisión autoral: creo que determinados contextos y sus consecuentes condiciones de producción lo provocan. La coyuntura actual hace que la ironía y el eufemismo coloquen al escritor (y al político, por supuesto) en la zona más cercana al cinismo. En este contexto, en el que nos ponemos a discutir cuál es la forma real del progresismo, cómo afrontar la marea discursiva y cada vez más falaz de los medios de comunicación, y cómo encarar la búsqueda de repercusión para las causas urgentes, la mirada distante no sólo pierde eficacia, sino que queda aún más cosida a las posiciones conservadoras: el que parte de la ironía para mostrar, representar o criticar, o el que edulcora esa crisis de decisión, saca el cuerpo. Y en medio de semejante pérdida del espesor de la palabra, quizás necesitemos justamente palabras con espesor, palabras con cuerpo.

De cualquier modo, ¿interesa pensar esto desde la ficción, desde la crítica, desde el periodismo, desde el testimonio, desde el ensayo? ¿Hay diferencias para pensar estas posiciones, según desde dónde se escriba? Probablemente sí. Estamos pensando el tránsito irresoluble entre los procesos creativos y la forma en que nos paramos frente a lo que pasa en la calle, lo experimentado y lo que le pasa al Otro, para después sentarnos a leer o escribir. Pero quizás estemos, otra vez, hablando solos. Esto dispara mis contradicciones. ¿Será esta, una vez más, una discusión completamente vana si cerramos los ojos y vemos qué otras cosas abundan y revientan los lazos sociales, minuto a minuto? Me pregunto: ¿no es el corazón mismo de una discusión de clase, teniendo en cuenta qué (no) se espera del escritor argentino hoy? ¿Qué lugar pueden llegar a ocupar los actos de buena y mala fe de los autores, los que intentamos interpretar el sentido de lo vivido y transmitirlo, cuando eso sucede entre las catástrofes de la política práctica? ¿Cuál es nuestra fuerza?

Aunque se sienta la tibieza, comprendo la posición de Pablo al expresar su crítica, pero también comprendo las salvedades de Carlos Schilling cuando indica que ciertos reflejos de aparente aroma antipolítico puedan ser, en el fondo, casi una maniobra de preservación de la illusio. ¿Estaremos problematizando al pedo en el abanico restringido de la escolarización que compartimos, sabiendo que “la vida pasa por otro lado”, sabiendo que no hay condiciones de recepción como las del siglo pasado para este tipo de diálogo, ni para estas voces? ¿Será que la soberanía creativa tampoco depende demasiado de ponerse antipolítico o antihistórico, sino del mero gesto del aislamiento y el regodeo egocéntrico que implica, en el mundo que alimentamos, sentarse a leer literatura, sentarse a escribir literatura, con nuestros juicios y prejuicios como parámetro?

¿Será esto lo que se puede hacer? ¿Será esto, también, cínico? ¿Servirá para algo?

En principio, dado todo lo anterior, sirve para el uno a uno. Para la reverberación menos ambiciosa que se pueda esperar, y la más genuina como punto cero, que es la de involucrar a los lectores de a uno, ya sin expectativas de formar grupos, grupúsculos, colectivos, formaciones; aunque esto, después, genere algún tipo de identificación colectiva. El único poder que resiste al tiempo es el que, en definitiva, para el autor, se conforma soberano y comunitario a la vez: una dosis de conciencia del lugar ocupado, una de responsabilidad por el hecho público y la voz asumida, una de trabajo consistente, una de honestidad intelectual, y una de riesgo: experimentar con las formas y abonar el contenido incluso cuando el error tape todo. Una ética con el nombre de un libro de Tununa Mercado, al menos mientras se pueda resistir: la letra de lo mínimo.

Mentiría si no digo que también me aparecen preguntas en los pliegues: ¿pero no es esto lo que defienden muchos escritores “refinados”? ¿Una especie de elegancia ascética de lo mínimo? Escribo esto y recuerdo a Marcelo Casarin repitiendo una y otra vez, en clase, una máxima de Nicolás Rosa: somos lectores de lo universal, pero sólo somos escritores de lo particular.

No sé si la letra de lo mínimo puede ser un camino al ascetismo y la pulcritud, probablemente sí. Pero puede ser fundamental, con una cierta convicción, para acercar el cuerpo a las cosas, sobre todo propias. Y a las de otros también. La soberanía creativa, el regodeo, nos puede mantener a salvo incluso cuando implica chapotear en nuestro propio barro. Que es distinto a algo, o alguien, que se basta a sí mismo y en eso descansa.

… 

Interpreto que lo que Pablo “pide” es un registro del conflicto. Y si no es del conflicto de la política práctica, al menos que sea de las condiciones que históricamente han permitido volver pública una voz: por ejemplo, el daño sostenido al mercado editorial argentino, cada vez más preocupante. No es parar la bocha. Es una conciencia de la evidente trasferencia de recursos a favor de los que administran los recursos, o, desde posiciones dispares, una aceptación (refinada o no, da igual) de la ostentación del privilegio. Sin eufemismos ni ironías. Acá es donde coincido con Pablo. Quizás esto no requiera estrictamente de un pronunciamiento, como sugiere Aulicino, y por tanto pueda implicar al silencio. Pero si el silencio alcanza es sólo por la dimensión del conflicto, por el registro inequívoco de lo que nos rodea, y por el cinismo ondulante que se ve en los movimientos de tantos. Ese es el punto de inflexión, o al menos eso interpreto.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

w

Conectando a %s