Un cartel y el lenguaje que traducen las inmobiliarias

Por José Tévez

Una tarde mientras recorría las calles del barrio pensaba en que detrás de esas casas deshabitadas (además con la crisis habitacional que tenemos!) con persianas desgastadas y torcidas; tapiales rotos y azulejos desprendidos; alguna vez existieron personas con sus historias y que las mismas se fueron lentamente arrugando y cayendo, hasta que finalmente dejaron de existir. La casa había sido construida allá por la década del 50’ y se encuentra ubicada en uno de los barrios más viejos y conocidos de la ciudad de Santa Rosa; en Villa Santillán. Mi abuela vivía en ese barrio. De chicos decíamos con mis hermanos que era un barrio de “viejos”, porque cuando pasábamos los veranos con la abuela teníamos pocos amigos (uno o dos que también visitaban a sus abuelxs) con quienes jugar; y el fenómeno no era de nuestra cuadra sino que se extendía por la zona. Era un barrio de abuelos, si, a pesar de que había jardines, escuelas y heladerías.  Cualquiera que haya vivido, experimentado o recorrido ese barrio– veinte o treinta años atrás-  sabe de lo que le hablo.

Uno puede decir que lo que ha transformado la fisonomía, los hábitos y costumbres del barrio ha sido el transcurso lineal del tiempo, que desnuda ese componente existencial inevitable e irreversible como es la muerte. Si, esos viejos ya no existen o quedan pocos; pero quedan sus antiguas moradas. Esas casas, que albergaron recuerdos buenos y malos; aromas y sabores, permanecen ya perdidos o depositados quién sabe en qué universos.  Pero volviendo al barrio.  Aquella misma tarde también observe y reconocí los coloridos carteles de en “venta”, de las numerosas inmobiliarias de Santa Rosa. Esto se puede percibir a simple golpe de vista, incluso, si uno busca por google Maps, puede visualizar cómo se propaga este agente. Pensé en que detrás de esas publicidades de apellidos elegantes se encontraba una de las tantas claves para comprender el presente y la nueva configuración del barrio: numerosos complejos departamentales, pequeños edificios; y viejas casas con carteles de venta esperando ser un futuro negocio inmobiliario.

Un  lenguaje traducido en dólares.

20180714_170305.jpgExiste en los seres humanos una idea de retorno a ese lugar en donde alguna vez comenzó todo y por ende, en oposición existe una idea a la inversa de desprendimiento afectivo o desencantamiento que es  motivado por la razón univoca del interés económico. En cada muerte, y después de muerto, lo único que se deja son las pertenencias (un auto, una casa o un florero), es decir, valores materiales en concreto traducido en dinero; después el recuerdo, la nostalgia, el amor y los afectos son sentimientos que pueden expresarse o no pero que carecen de valor material concreto, es decir, poseen un valor simbólico y carece de toda traducción monetaria. Este tipo de fenómeno de oposición de intereses “post mortem” es un efecto de lo que se llama “división legal de bienes” , en este caso una casa– que existe, al menos para aquellos/as dichosos/as que poseen un cachito de tierra- que más tarde será asumido como el desencadenamiento de una depredación universal entre familiares.

En esta permanente puja, el agente que interviene desde el “afuera” pretende sacar una tajada entre el que quiere sangre y el que se desangra. Esto se llama comisión. El mecanismo de intervención de las inmobiliarias consiste en la recolección de planos, datos, imágenes e informaciones del inmueble. Optimizar las posibilidades de ser vendida al mejor cliente- al mejor postor- que siempre es el que tiene más dinero. Los agentes inmobiliarios aparecen tarde o temprano: ningún lector o lectora de esta nota podrá escapar de esta experiencia, porque no hay porción de tierra que no esté sujeta a escrituras públicas; a futuras depredaciones. Los agentes pondrán un cartel afuera de tu casa que dice “Vende” y pasara a formar parte del espectáculo de carteles coloridos repartidos en la ciudad de Santa Rosa. Pasará a ser una casa como esas deshabitadas en venta que se encuentran en el barrio Villa Santillán.

20180713_151950 (1).jpgPero aquí no hablaremos de lo justo e injusto, porque para eso se les paga a los abogados. Se pretende la compresión de la dimensión humana y de los espacios que nos rodearon a lo largo de nuestras vidas. En este caso, una casa. Una tarde mientras tomaba mates, Luis Alberto (65) recibe una llamada: era la voz dulce de una joven representante de una inmobiliaria famosa de la ciudad con el fin de acordar el día en que pasarían a buscar planos y sacar unas fotos del inmueble ubicado en Villa Santillán. Después de la muerte de su madre, Luis, decide ir a vivir a la casa que supo cobijar a su infancia y adolescencia; aquí la idea del retorno. Luis se encuadra en aquellos que dotan de representaciones y simbologías a la casa, al inmueble. Del otro lado, un sobrino con intereses económicos; desencantado con el inmueble, pretende obtener su dinero (legal) lo antes posible.

                                                                             …

Un martes cerca de las 17hs, los agentes inmobiliarios golpearon a la puerta de Luis Alberto: la joven- quizás la del llamado-  fue cordialmente recibida por Luis. Su nombre era Giselle: de rostro pálido y ojitos chiquitos llevaba unos anteojos rectangulares con bordes azules, tenía el cabello oscuro atado y movía sus delgados labios mientras hablaba sobre tasaciones y comisiones. Luis no tiene ya esperanzas, como no tiene el dinero para comprar la otra parte, sabe que su casa- la de su madre muerta- se va a vender.  Giselle, lo escucha, Luis empieza hablarle de la poca comunicación que tiene con su sobrino, mientras que Giselle asienta su cabeza con una presencia terapéutica y sin morisquetas.

En un futuro, los robots podrían cumplir ese trabajo mecánico de operaciones, cálculos matemáticos y transacciones a domicilio.

Después de sacar fotos y hacer un diagnóstico. La dulce Giselle se retiró de la casa de Luis, acordando estar en contacto y de estar a disposición de su ahora, posible cliente.  Luis en el fondo sabe que el precio aun  lo define él, y que en definitiva, si se paga mucho, todos los corazones están en venta. Aquella tarde también estuve allí, con Luis, porque hablo de aquella casa de mi abuela, en donde jugábamos con pocos amigos porque eran todos viejos; y ahora tiene un cartel más como esos que frecuentan en una Villa Santillán repleta de jóvenes estudiantes en complejos departamentales. El barrio, un lenguaje traducido en negocios, en dólares. El mismo  lenguaje que salpicaba la lengua de Giselle.

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