Literatura y política durante el macrismo: Alan Pauls y amigos

 

Por Pablo Dema

[A propósito de Trance. Un glosario, de Alan Pauls, Ediciones Ampersand, Colección Lector&s, Graciela Batticuore (dir), Buenos Aires, 2018, 127 págs.]

Como está indicado en el subtítulo, Trance se organiza como un glosario en el que hay entre una y cinco entradas para cada letra del alfabeto con un término que el autor relaciona con su biografía lectora. Para la “a” tenemos “abuso”, “acertar”, “ajedrez”, “anteojos”; este último término, por ejemplo, introduce una reflexión sobre el tema de la interrupción que padecen los lectores junto a un recuerdo del momento en el que Pauls comenzó a leer con lentes. Para la “b”, “borges/barthes”, dos de los maestros de la lectura; la “t” es  para “traductores”, por citar algunos ejemplos. Como en La vida descalzo o en su trilogía sobre la década de 1970 Pauls apela a la biografía para desarrollar un tema (en el primero las vacaciones, en el segundo su setentismo) desde una perspectiva singular. En este caso la lectura aparece como “trance”, como manía, como vicio absoluto, como una conducta que se le impuso antes incluso de saber leer (fingía que leía a los tres años) y que lo acompaña de manera constante. Se trata entonces de notas biográficas acumuladas por el azar del alfabeto y el capricho y que van dando respuestas parciales a las preguntas qué leyó, quién le leyó, quién le enseñó a leer, cuándo leyó, cuánto leyó, cómo leyó y cómo comenzó a escribir para poder seguir leyendo en paz. La abuela alemana aparece como una iniciadora absoluta en la primera infancia, Jorge Panesi como un “big bang encubierto bajo la categoría de Profesor de castellano” durante la secundaria, Josefina Ludmer (poco después) como “gurú de la astucia” que le enseñó a leer durante la dictadura en sus clases particulares, Ricardo Piglia como primer lector de sus textos, Rodolfo Fogwill como otro “enfermo” lector, otro miembro más de la secta de solitarios enclaustrados en el sueño de leer a perpetuidad.

 

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Si hay una figura que recubre las anécdotas sobre la lectura posiblemente sea la de la hipérbole. Pauls se presenta como un lector precoz, total y apadrinado por los lectores más competentes. Además lee en francés desde el “liceo” (a los trece años está suscripto a los Cahiers du Cinema, lee S/Z, de Barthes, en la edición original de Tel Quel, dedica un año completo a leer exclusivamente a Proust) por lo tanto es la encarnación del ideal del lector francófilo que domina el imaginario de la literatura argentina. No sé si se peca de moralismo al usar términos como soberbia, pedantería o autoglorificación aplicados al autor a partir de lo que muestra, pero lo que acaso sea más significativo es aquello que el libro, y la obra de Pauls en general, dice callando.

Quien autoriza una lectura de este tipo es el mismo Pauls, quien al inicio de su libro nos dice que “en todo lo que está escrito siempre hay algo no escrito, o bien porque no se lo quiere escribir, o bien porque no se puede escribirlo” (p. 9). Esto me induce a preguntarme, apelando a una lógica diferencial tan cara a sus mentores (por supuesto que la “e” corresponde a “estructuralismo”), qué o quién funciona como el opuesto o el contrario de Pauls, cuál es la contrafigura cultural y social de este Lector Total por cuyas venas corre la teoría literaria francesa absorbida de primera mano desde el origen. Lo que aparece en tanto que falta en Pauls, lo que Pauls desaparece, es lo que llamamos el contexto histórico, la “política”, lo que rodea las intimidades refinadas, blindadas por un saber muy preciso (aunque siempre contradictorio, ya lo veremos), muy precioso y preservado de los lamparones de grasa de la historia. Esta es la clave de su importante novela El pasado, arduo ejercicio digno de una propuesta de OULIPO, donde se cuenta una historia de amor a lo largo de 560 páginas sin que podamos enterarnos de lo que pasa más allá de la órbita de la intimidad de la pareja. Es interesante relacionar esta sustracción del contexto histórico con una nota que Pauls escribió a pedido del politólogo José Natanson para la edición argentina de Le monde diplomatique en ocasión de la apertura de una sección de política a cargo de autores de ficción en ese periódico. Lo único que recuerdo (lamentablemente no he podido recuperar la nota para revisarla pero estoy seguro de que fue antes de 2010) es el asombro que me causó ver cómo el autor se la arregló para llenar dos enormes páginas de periódico sin mencionar ni una sola medida política llevada adelante por Néstor Kirchner (y sin nombrarlo). En Trance hay una sola mención a lo que podríamos llamar un sujeto social externo al círculo de telquelianos y afines y es la que aparece al evocar una discusión acerca de la primacía de Borges sobre Cortázar (o viceversa) en la que solo creyeron estudiantes, “militantes con ínfulas de lectores” y “populistas de izquierda” (p. 29). El que tiene “ínfulas” de lector es lo contrario del lector auténtico y es, junto con el militante, el sujeto social que en Historia del llanto (Anagrama, 2007) acude a escuchar al “cantautor de protesta” (en el texto hay transparentes alusiones a Piero) por quien Pauls (digo Pauls y no el “narrador” porque el subtítulo de ese libro es “un testimonio”), en ese momento un niño que asiste a un pub arrastrado por su padre, siente una repulsión que no disimula (la escena se desarrolla entre la páginas 38 y 54, algunos de los términos relacionados con lo que a Pauls le produce la presencia de Piero y la sensibilidad que representa son, textualmente: “repulsión”, “nausea”, “pestilencia”. Los seguidores del cantautor profesan un “credo populista”, son “imbéciles”, Piero es “el inmundo, con sus gafas redondas, sus rulitos tirabuzón”). Hay un asco preracional, automático, físico, idéntico al que organiza toda conducta racista, el mismo que impulsa la prosa de Borges en “La fiesta del monstruo” y en “El simulacro”, la de Cortázar en “Las puertas del cielo” y “La banda”. Maestro de la alusión y la elipsis, selectivo a más no poder, en Trance, en este momento, en 2018, Pauls cita a Alberto Manguel (p. 105) como una autoridad en materia de lectura, con la excusa de que aprendió de él que San Agustín fue el primero en asombrarse al ver a un lector leyendo en silencio. Y a vuelta de página aparece también citado Marcelo Cohen, mientras que en un pasaje anterior, aludido, había cruzado fugazmente su “amigo” Daniel Guebel. Este último es el autor de la más rabiosa y cruel sátira de la militancia política de la década de 1970 (ver su novela La vida por Perón, de mejor factura literaria pero de similar perspectiva ideológica que la paupérrima Muertos de amor, de Jorge Lanata).

Cohen, un notable novelista, un traductor destacado y un ensayista agudo, en su última entrega de este género nos permite atar un cabo más: ya tenemos la novela sin historia, ya tenemos la repulsión por el militante y la falta de legitimidad de un lector que no sea “gente como uno” (Pauls, Manguel, el refinado historiador de la lectura), ya tenemos la parodia furiosa del setentismo (donde la militancia queda reducida a demencia,  violencia gratuita y culto a la muerte). Faltaba en la secuencia, naturalmente, Macri. Y llega de la mano del admirado y recién citado Marcelo Cohen y su libro Un año sin primavera. Apuntes sobre la poesía y el tiempo que hace (de la colección Apostillas, de editorial Entropía, 2017). El libro es un original cruce sobre el tema del cambio climático y la poesía sobre el tiempo (“weather”, no “time”) escrito entre buenos Aires y Nueva York, durante un viaje que el autor hace con Graciela Speranza. En la posdata de 2017, Cohen, poco después de haber comparado el estado de la dentadura y la calidad de la ropa de los activistas ambientales argentinos y los newyorkinos (con un saldo desfavorable para los argentinos, por supuesto), agrega lo siguiente: “El presidente, desde un alto porcentaje de imagen positiva, les reprochó a los ciudadanos que anduvieran en casa con la calefacción al máximo y en camiseta, y los conminó a comportarse cívicamente como él, que ve la televisión abrigado con una manta” (p. 147). Lo que interpreto de este comentario, apelando a mi honestidad intelectual y mis veinte años de estudio sobre el uso del lenguaje, es que este enunciado no proyecta ni la más mínima sombra de ironía; al contrario, el tono es de adhesión a una medida sensata y racional de austeridad. Según Cohen (y cabe suponer que la opinión es compartida por Graciela y su círculo de amigos) Macri es un político responsable y racional que predica con el ejemplo, que cuida los recursos del Estado y además se preocupa por la contaminación ambiental. Tal vez estén dispuestos a aceptar que es de derecha, como se vio obligado a admitir el serio politólogo José Natanson, pero una derecha “democrática” y “moderna”. Después de un modesto debate, los colegas de Natanson y algunos cientistas sociales de CONICET terminaron por admitir que el diagnóstico de Natanson fue acertado en cuanto a la orientación política de Macri pero que se había equivocado en los dos adjetivos.

pauls1.jpgUna de las últimas entradas de Trance es “zuzgwang”, término que remite, como se sabe, a una situación del ajedrez. Es imposible que el Lector Absoluto que es Pauls ignore la existencia de un cuento de Rodolfo Walsh que lleva ese título, no mencionado. La repetición del nombre de Borges a lo largo de todo el libro vive de la sustracción del nombre de Walsh en esta entrada (en toda la obra de Pauls en verdad), como si Pauls dijera: no lo leí, no sé quién es Walsh. Es famosa la anécdota según la cual lo llamaron a Borges para que firmara una solicitada pidiendo por la aparición con vida de Haroldo Conti en mayo de 1976 y la respuesta de Borges: “¿Corti? No, no conozco a ningún Corti”. En Trance el nombre de Alberto Manguel funciona como una contraseña, como la aprobación inconfesable de la política de destrucción de lo hecho en la gestión anterior al macrismo en la Biblioteca Nacional. La insignificancia de Manguel para la cultura argentina es tal que lo mejor que le pudo pasar en la vida para brillar fugazmente mientras se hace humo fue caer bajo la mirada fulminante de Horacio González. Así las cosas, Trance, pese a la elegante distancia que pone con respecto a cuestiones mundanas, ocupa un lugar preciso en la antinomia fundamental que estructura la política y la cultura argentina, la cual se replica, encriptada, desplazada, alegorizada y/o distorsionada  en el espacio literario. En el caso de Pauls podemos rastrearla incluso en el lugar más alejado de los vaivenes de la política ramplona. Barthesiano, primer discípulo de Panesi y de Ludmer, Pauls se asume formateado por “una pedagogía lectora que solo cree en el resto, la disonancia y las intuiciones contraintuitivas” (p. 65). Como sus iniciales maestros europeos, pasó del estructuralismo al posestructuralismo, de las oposiciones y de los sistemas cerrados a la diseminación del sentido, al vértigo de las contradicciones que no se resuelven en una síntesis (“intuiciones contraintuitivas” -?!-). En términos de una crítica de la ideología como la que practica Fredric Jameson ese credo es fácilmente caracterizable: se trata de la reaparición, en el arte modernista, de las contradicciones sublimadas durante el romanticismo, “este romanticismo sublimado es el verdadero contenido de aquellas formas de subjetividad exacerbada que aparecen en la literatura modernista como rechazo de la historia, y en la crítica modernista como negación de que el sentido sea determinable, no solo para los textos sino también para la conciencia humana en general” (cito acá una glosa de Jameson que hace Hyden White en El contenido de la forma, Paidós, 1992, p.173). La celebración de la perfección formal, la pureza estilística, la utopía del libro sobre nada “no son solo un acto político sino la forma misma que adopta la política en la vida cotidiana en las condiciones del capitalismo tardío” (Whitea partir de Jameson, p. 174). La primacía de un arte formalista que se basta a sí mismo y la doctrina de que es imposible establecer un sentido, son, en Jameson, la marca perfectamente identificable de la orientación ideológica de quienes la ponderan. Pero esta caracterización ideológica no es una descalificación de la literatura de Pauls, ni una invitación a despacharlo con la grosera etiqueta de “gorila” para pasar a leer exclusivamente textos políticamente correctos. Pensemos que el Piglia de treinta y nueve años que sabía que Borges, al opinar de política, pasaba “del yrigoyenismo a cierta forma nativa de fascismo” (ver su “Ideología y ficción en Borges”, Norma, 2004, p. 40) es el mismo que al final de su vida lo seguía leyendo con pasión, mostrando que recursos tales como el oxímoron, el quiasmo, las estructuras especulares y la doble negación traducen formalmente el mito de “la discordia de sus dos linajes” (criollismo materno y europeísmo paterno), cifra de la dicotomía civilización/barbarie. Por cierto, una de las últimas escenas en las que se lo vio a Piglia leyendo a Borges ocurrió en la TV pública, durante el kirchnerismo y frente a Horacio González, su anfitrión. Días atrás mi amigo José Di Marco me comentó que Renzi/Piglia dice en sus diarios de la década de 1970 que está leyendo a un joven brillante llamado Alan Pauls. Como se ve, este escenario resulta rico en matices y es una invitación a repensarnos continuamente con cautela a partir de los textos que mantienen su capacidad de desafiarnos. Lo que no ofrece mayores dudas es la posición que tenemos que tomar en el terreno llano de la política práctica: eso que llaman con el eufemismo de Mercado es la Barbarie de hoy, el crecimiento de su poderío (el macrismo es su glorificador, su cómplice y su débil rehén) pone en grave riesgo la paz social, al trabajo, la educación pública y la posibilidad misma de sentarse a leer y a escribir lo que a cada uno se le antoje.

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