Junto al río

Por Nicolás Jozami

No, lo que se dice lindo no era. Pero el olvido de las preocupaciones nos hizo perder de vista un poco ese detalle. La hostería sí tenía la calidez y el aroma a vacaciones que tienen los lugares que carecen de reloj de pared, de clips y calculadoras sobre las mesas. Por eso fue una solución de continuidad creer que el río serrano sería una parte más de esa casa con una atención envidiable.

Buscamos y buscamos hasta que encontramos un sector despejado, con cáscaras y bolsas enterradas a media asta. Se oían gritos, risas cercanas aunque escondidas, con algunas reposeras entre medio de los árboles. Ese lugar no era el prototipo de la Naturaleza que buscábamos, pero tampoco el infierno de gente y griterío en donde hay que leer los labios porque no se escucha ni cuando te hablan al lado.

Tiramos la manta, sacamos el mate y acomodamos el tupper con los sánguches. El sol estaba fuerte, y el olor a río nos mantenía en un silencio compartido. Hay como una clasificación no atendida en su totalidad, en lo que hace a las maneras de llegar e instalarse de los veraneantes en los diversos sitios de vacaciones. Está el que hace rápido todo, con movimientos robóticos, como por prescripción calendaria; otros, que son una coordinación increíble al ir pidiendo las facturas, bollos, galletitas, meterse al mar o río y después enojarse por algo; los que se nota que ya extrañan su casa aún cuando no se han establecido del todo; los que reniegan en voz alta de cada cosa que ven, y varios más. Nosotros dos somos del grupo de aquellos que nos acomodamos e intentamos no molestar, no vemos a nadie, pero una vez que hacemos un paneo, nos damos cuenta que en el lugar que elegimos hay bastante gente. No podemos saber si -la gente- estaba antes o apareció de abajo de la tierra. Simplemente no los vemos, los difuminamos, y, cuando tenemos todo listo, nos da fiaca o vergüenza movernos. Alrededor nuestro, con el río a unos metros, había varios grupos de chicas y chicos, algunas familias, dos parejas de ancianos.

Hablamos en voz baja porque creemos que los demás nos escuchan, que están atentos a nosotros. Una simple vulgaridad del andar con la mente fresca, en vacaciones, de tener que llenarla con algo. Y no dudo; le digo a Mariana que voy al río, que tomo mates cuando salga, porque así los disfruto distinto. Ella se queda y mira el tupper con ganas; le hago la mirada ya calcada para que me espere para los sánguches, si quiere que coma alguna galletita, pan con paté, pero que para la comida me espere.

Como suelo hacer, voy metiendo de a poco el cuerpo en el agua, para sentir esa diferencia entre la zona caliente y el fresco que va de abajo hacia arriba. Aparecen algunas piedras resbalosas a medida que ingreso más adentro, y descarto la opción de tirarme de cabeza. La transparencia del río en esa parte ha desaparecido por completo. Dos mujeres charlan sentadas en la que creo la mejor zona del lugar. Cada vez que me meto, y a Mariana le sucede parecido, busco el mejor lugar para quedarme, que, haya tres o veinte personas, se halla ocupado siempre.

Mariana se pone de pie para verme y vuelve a sentarse en la manta. Me levanta la mano con el mate. Me tomo un momento para nadar en un espacio cortito, para despejarme y volver con más hambre y sed. Cuando voy saliendo del agua veo a un grupito de gente alrededor de nuestras cosas y de mi novia. Son niños que están en ronda, alrededor de la manta, con Mariana al medio. Espero un ratito y me acomodo (mejor dicho, desacomodo) el pelo con la mano. Me tiro agua a la cara y me quedo viendo. Da la sensación que Mariana fuera la hoguera en medio de esa rueda de chiquilines, escuálida, que le deben haber ido a pedir o preguntar algo.

No me gustó cuando uno se acostó al lado de ella, sobre la manta. No se sentó sobre mi novia de casualidad. Eran chicos, pero para el atrevimiento no hay edad. Empecé a caminar y a mirar con el sol todavía de frente esperando que ella dijera algo, me llamara, o que ellos atacaran la canasta de mimbre con las cosas. Esperé a ver si Mariana les daba algo, convidaba un mate, aunque fuera a una de las dos nenas que estaban entre la bandita. Las dos tenían pecas en la espalda, y una estaba con un chupetín.

Por apurado me pasó, por no exagerar en lo que estaba pasando; me resbalé y raspé el dedo del pie. Poca sangre, pero al lado de la uña es molesto. La bandita de nenes no se movía, y Mariana se paró y levantó las manos como sabe hacerlo cuando está inquieta. Se había ido el fresco que me había dado el río. Empezábamos recién las vacaciones y no quería problemas. El que estaba echado se levantó pero se tiró en la manta una de las niñas, la del chupetín. Ya estaba, no necesitaba otra confirmación.

Se alejan cuando salgo del río, me sacudo el short y voy directo hacia donde está Mariana. Pero ella me aborda antes, porque viene corriendo hacia mí. Viene sin haberse puesto la remera, con la bikini; efectivamente se fueron, pero antes de que le pregunte qué había pasado, me toma del brazo, me interroga si está fresca y me tironea otra vez hacia el río. Como si quisiera decir otra cosa con lo que dice. “¿Está linda el agua?” Ante ese estado que trato de reconocer y clasificar, me dejo llevar. Nos metemos los dos -ahí la guío yo por donde entré para nadar- y espero unos segundos; es para decirle que no nos vayamos tanto, porque dejamos afuera las cosas, incluidas llaves, celulares y billetera.

Aunque tiemble un poco, sé que no es por el agua. A Mariana le da asco la suciedad, ese verde mohoso que se estanca en las piedras; por eso la tomo y hago ir caminando, despacio. La tranquilidad se había ido también en el agua. Empezó a correr más fuerte en una dirección que nos alejaba de donde habíamos dejado nuestras cosas. Ella no era de mojarse el pelo, y menos acá, pero se tiró para adelante y me costó alcanzarla; “cuidado, que parece crecido”, le dije, moviéndome con fuerza y mirando alternativamente cómo nos alejábamos. “La gente está saliendo”, le aclaré, pero ella me tomó otra vez del brazo y me pidió que siguiéramos juntos.

Los dos aprendimos a nadar bastante bien, en los años de natación, o sea que miedo por eso Mariana no tenía. Pero sí a otra cosa, y se le notaba. No había que hacer muchas brazadas ni esfuerzo porque íbamos en la dirección del agua. Le pedí que me dijera qué había pasado con los chicos, pero ella se alejaba a medida que tenía que contestarme. El río se había vuelto más profundo, y en algunos lugares no hacíamos pie. Rozábamos piedras y la velocidad aumentaba. Le iba a pedir que saliéramos, que habláramos afuera, que nos alejábamos mucho de nuestras cosas, que se iba a poner más peligroso, pero sin señalarme atrás, vi a la niña. Mariana pasó ahora al lado mío, pero cuando quise volverme atrás para buscarla, me apretó el hombro y me indicó que siguiéramos dejándonos llevar por la corriente, hacia adelante. “Mirá cómo va, con la cabeza bien afuera”, dijo sin señalarla, que en pose de perrito, se dejaba arrastrar atrás nuestro a unos cuantos metros. Pensé en gritar, en pedir que se calmara, pero Mariana parecía otra vez tener razón. La nena no se había caído, ni metido -con ropa- sin saber cómo estaba el río en esa parte. Nos seguía.

Mariana tosió el agua que tragó sin querer, sin parar o intentar frenar la carrera a la que nos sometía el río. Yo más que temor por ahogarme sentía asfixia. Mis brazos y piernas estaban cansados, en los intentos que hacíamos por bordear la orilla. La nena se movía derecho, disfrutando un objetivo. Ahora reconocía que era una de las nenas que habían rodeado a Mariana. Ella me volvió a tomar del hombro y me dijo al oído que teníamos que seguir, sin frenar. Escapar. La velocidad crecía, y éramos dos ramitas de carne movidas por la furia natural del agua. Mariana no quería saber a qué distancia se encontraba la nena, por eso me consultaba a mí; no quería ni mirar atrás, en una contorsión del cuello que a mí me costó el golpe.

Seco, en la parte dura de la cabeza, pero me dejó medio atontado. Los gritos de Mariana se mezclaban con el sonido líquido que hacía al mover mi cuerpo, pidiéndome que despertara. No hubo sangre, y al abrirle los ojos y darlos vuelta hizo el esfuerzo sobrehumano de virar a la orilla; se agarró de una piedra con unas bolsas y un tronco amputado y pegó un salto. Antes metió varias veces mi cabeza al agua y me cacheteó. Me reincorporé e hice pie. Mariana se dio cuenta que el río nos devolvía hacia la zona de la hostería. “Apuráte, dále”, me dijo ni bien tuve conciencia. Salimos del agua. La nena estaba a menos de 30 metros, tenía la cara colorada por el sol de frente y pecas como semillas de kiwi, iguales a las que había visto en su espaldita. El vestido mojado que llevaba era blanco.

Respiramos hondo, y podía sentirle a Mariana el aliento profundo. Me pidió que corriéramos, que por ahí se llegaba a la hostería. No se le había ido el miedo, que me transmitía como las neuronas se transmiten electricidad y generan pensamiento. Me imaginé -porque habría sido imposible sentirlo-  el ruidito de la goma de los zapatitos mojados, con agua, corriendo atrás nuestro. “Fijáte si la nena viene”, me dijo. Me quedé con el ruidito. Me toqué el chichón que se me estaba formando en la frente.

Abrimos la puerta -cuyo llamador de ángeles yo no había advertido al llegar- y la cara de la señora, la dueña, al vernos, mostró sorpresa. “Está lindo por acá para caminar y hacer ejercicio”, dijo. Aunque agregó, al ver nuestras respiraciones, que en la radio estaban diciendo que había que tener cuidado porque se venía una crecida grande. No estábamos secos, por eso cuando bajé la cabeza al piso, que miró antes la dueña, me apuré a pedirle unas toallas. Salió de atrás del mostrador y enfiló al depósito, donde tenía los elementos de limpieza e higiene. Miré a Mariana. Estaba agotada. La dueña de la hostería volvió con dos toallones amarillos cuando sentimos el llamador de ángeles otra vez.

“Ya traigo otra toallita para vos, mi amor”, dijo, y quiso acercársele para acariciarla. Yo oía chorrear las gotas, que caerían del vestido, de su pelo, de su nariz a un metro del suelo. “Voy a volver”, dijo la nena. La señora vuelve y le acerca la toalla, pero su brazo queda con la prenda en el aire. La vemos: la nena se da vueltas y sale, sin secarse, mientras la señora de la hostería se ríe y pide que nos ubiquemos en un costadito para no impedir el paso a los otros inquilinos, que seguramente vendrán enseguida.

 

Cuento extraído del libro La joroba del Edén. Editorial Cartografías. 2018

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s