Notas para leer a malditos (NYC)

Por Mirna Harker

La amiga incorregible de las causas perdidas

Estas exiguas letras no son sobre feminismo ni aborto, posen, apenas, la modesta ambición de ofrecer algunas herramientas para la interpretación de los textos de NYC.

Un texto puede ser leído mal y breve, de dos maneras: literal o simbólicamente. La lectura literal es la de Don Quijote, que a fuerza de leer malas novelas de caballería confundió molinos con monstruos. La lectura literal busca respuestas en un texto, contrasta el conocimiento que se tiene con el que el texto ofrece, y en ese contrastar, lo inesperado es rechazado y repudiado; una lectura moral cuya perspectiva es la del sentido común, que tanto daño ha causado ¿no es obvio, evidente, de sentido común, que el sol gira alrededor de la Tierra? Borges escribió un cuento, Deutsches requiem, donde el narrador es un oficial de la SS que justifica la ideología nazi; un psicólogo hizo un experimento y les dio a leer el texto a ex oficiales de la policía alemana, todos acordaron que el escritor no podía ser otro que uno de los suyos, siendo Borges, con todas sus contradicciones, un fervorosos detractor del nazismo. La lectura literal deja de lado los problemas que la narración ofrece en favor de la biografía del autor. La lectura simbólica, por el contrario, pretende preguntas, y detrás de lo natural revela lo posible. No se interesa por quién escribió el texto, porque los humanos, como tales, estamos condenados al error, lo que hace es valorar la potencia crítica, la capacidad que el texto tiene de cuestionar lo real.

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Una frase de poca reflexión y de buen gusto, al menos como Facebook entiende el bueno gusto, recomienda no hacerle caso a la mente porque crea problemas donde no los hay, cuando, justamente, la función de la mente es hacer de la realidad un lugar problemático, preguntar por el sentido oculto de las cosas. La certeza inmediata, la primera impresión que tenemos sobre un ente, por ejemplo, sobre una silla, nos dice muy poco de la silla, que tiene cuatro patas y un respaldar y poco más, la segunda vez que experimentamos una silla descubrimos elementos nuevos, como que poseé cierta rigidez, que está hecha de determinado material y, si somos muy inteligentes, que sirve para sentarse (algunos descubrimos esto en el tercer o cuarto encuentro). La lectura simbólica consiste en aproximarse más de una vez a un texto, en busca de interrogantes y no de certezas. Porque ni la realidad ni los textos son misteriosos a priori: es nuestra responsabilidad hacerlos misteriosos, preguntarnos por ellos, solo así des-ocultamos y comprendemos la cantidad infinita de variables que componen un problema.

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Apelemos a los hechos. Dicen de NYC que le pagan de periodista y miente en un diario, templo de la objetividad. Literalmente sí, la mentira es mala y la verdad es buena, literalmente solo existe un forma únivoca de interpretación. Empero, simbólicamente, la mentira, como la verdad, como todo, tiene dos (o más) caras: la perjudicial, que ya conocemos, y la otra que, desde la marginalidad de su desprestigio es capaz de cuestionar la verdad centralizada de lo hegemónico. ¿No estamos luchando por la caída de la moral burguesa, de los resabios ortodoxos de los siglos XIX y XX, tenidos por tanto tiempo como irrefutable verdad? Bueno, la mentira (que en literatura no es otra cosa que lo que acá llamo ficción) es una aliada de la crítica contra lo que siempre se nos ha querido hacer creer como verdad. La realidad es la parte de la ficción que hemos naturalizado, la verdad es la parte de la mentira que hemos naturalizado, y de lo que se trata es de desnaturalizarlo todo.

La intepretación literal de un texto de NYC nos dice que se trata de una crónica social, de realismo, en el peor sentido de la palabra, que en cada renglón está presente la opinión del autor. La literalidad nos dice que NYC es machista. Pero NYC no escribe sobre la realidad, sus textos son siempre ya ficción, aunque tengan el maquillaje de lo cotidiano; NYC no expone sus opiniones como autor sino como narrador, busca hacer preguntas y no ofrecer respuestas.

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Los textos “verdaderos” que dan respuestas son muy fáciles de escribir, porque las respuestas son la institucionalización del sentido común, alcanza con reformular estéticamente un determinado discurso social. Nada más sencillo que quedar bien con el comisario. Escribir textos que ofrezcan preguntas es más difícil, porque las preguntas duelen, molestan, incomodan, y al asumir el riesgo de lo complejo el autor se juega, si se lo entiende literalmente, su prestigio como individuo.

Una sentencia famosa dice: marchar separados, golpear juntos, siempre recordada a la hora de golpear y escasamente a la hora de marchar. El individuo – autor que nos convoca ahora, ese que detrás de todo la trama empieza, cada vez que hace falta golpear, golpea junto con el feminismo, pero sus textos son el lugar de marcha, y en ellos vuelca las contradicciones que su interpretación de la realidad le sugieren. Lo he visto, lo he oído, pero este testimonio personal no interesa. Lo que interesa es la posición crítica y situacional que un texto ofrece para cuestionar, para marchar separados en vista a la construcción de una circunstancia política que permita golpear unidos.

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Existe una despreciada herramienta de reflexión denominada ironía. En el espacio de la ficción, de los símbolos, donde no se juega la vida de nadie, la ironía puede penetrar donde la seriedad absoluta solo encuentra reparos morales. Dicen que una vez Carl Jung, preocupado por los límites que lo políticamente correcto ponía a la creación artística, le preguntó a James Joyce qué iba a ser de la literatura. Joyce le respondió que no se preocupara, que se quedara tranquilo, que los escritores, los buenos, esos que hacen preguntas, iban a seguir escribiendo igual. La seriedad de la moral es un obstáculo en tiempos de reflexión y un arma revolucionaria en la dimensión de la realidad social. Por eso hay que leer y pensar siempre con una media sonrisa, avisado de que no hay un solo fundamento esencial, metafísico, en los asuntos humanos, y por lo mismo hay que actuar con la certeza de que la dignidad de todo sujeto es lo más importante y la primer razón por la cual levantar las armas. El emperador negro de Haiti, Jean-Jaques Dessalines, le anticipó a Francisco de Miranda, precursor de las independencias Latinoamericanas, que las revoluciones no se hacen por medio de tratados diplomáticos y embajadores, sino cortando cabezas e incendiándolo todo. Miranda no le hizo caso y fracasó. La violencia es un método legítimo de emancipación porque extiende y hasta reformula el paradigma social, político y epistemológico vigente. En la ficción sucede igual, la violencia está justificada, pero además tiene otra ventaja, en lo inmediato no incinera ni decapita.

Los textos de NYC no tienen la función de ser creídos o no, no pretenden la verdad. Buscar verdad en una ficción es como buscar un pájaro en la palabra pájaro. Ya se sabe lo que pasa cuando se lee seriamente y no con ironía un libro, le pasó a Alonso Quijano, lo sabemos por las lecturas literales de la Biblia, que tanto conservadurismo han implementado en el mundo, cuando leída simbólicamente nos encontramos con una de las mejores obras de la literatura fantástica.

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Que hay escritores machistas y tendenciosos, sin duda, muchos, y no es casualidad, estéticamente, son los peores; que hay quienes pretenden hacer pasar sus escritos reaccionarios por verdad, ni hablar, burdos y triviales; pero no todos pertenecen a a la misma estirpe de aburrido mal gusto; existen escritores, como NYC, que se ponen como objetivo polemizar por medio de la ficción más que avalar sus propias opiniones; las frases falsas, surrealistas y provocadoras catalizan la reflexión más que el anticuado realismo socialista. Lo que NYC hace se remonta a la tradición de Rabelais, pasa por Laurence Sterne y Jonathan Swift y llega hasta Torrente y las películas de John Carpenter. Vean Torrente ¿el personaje es machista? Sí, un desquiciado, una basura humana, pero dejando lo evidente de lado qué más nos dice sobre lo social. Tomemos cualquier film de Carpenter, el maestro del cine de culto, lo radical de su estética realista-paródica hace pensar más que una moralizante película de Hollywood en la que los pobres y los esclavos vencen. ¿No fue expulsado del cielo Satán, el gran maligno, por cuestionar lo políticamente correcto?

Esto no es una apología de NYC (ni siquiera he hablado del valor estético de sus textos), sino una apología del poder crítico de la ficción y de la mentira. Molestar a la realidad es el objetivo primordial de la imaginación, promover el movimiento, evitar el anquilosamiento de las luchas políticas y los discursos. Escribir ficción es difícil, y la dificultad de una empresa es la garantía de que se va por el buen camino, porque lo fácil, lo inmediato, es obvio, de sentido común, y por lo tanto falso, es la idea general de la silla cuya complejidad ignoramos hasta luego de algunos encuentros.

Corolario: No hay que creerle la verdad a nadie, en especial a los escritores y particularmente a los que aspiran a conciencia la polémica. Los libros deben ser leídos desde la ironía, sin hacerles nunca demasiado caso, pero siempre con una bomba de tiempo en la mano, lista para ser plantada en la puerta de aquellos que en lo social censuran las demandas justas.

 

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