Una máquina reproductora de escépticos

Por León Nicanoff

El periodista sobreactuado

Hoy que es el día del periodista, día que se levanta la bandera de la libertad de expresión, que se reivindica a aquellos que dieron su vida por la profesión, día en que se dice que hay que “honrar” este trabajo que, encima, es uno de los más “riesgosos”; me gustaría decir que no es ni honrada la profesión (ningún trabajo es honrado), ni mucho menos peligroso, a no ser que a uno le agarre tendinitis en los dedos, o sea corresponsal de guerra en Damasco.

La autocensura

Me gustaría repudiar no la censura de los “gobierno autoritarios”, sino la autocensura que cada uno se impone día a día. Para esto no hay dictadura, democracia o cualquier sistema que valga. Uno se encorseta en esta camisa de fuerza, y no se da cuenta. La autocensura se impone, y allá vos. Claro, en las largas noches de soledad, por ahí a uno le agarra un arrebato de conciencia, y hace una mueca, como admitiendo “este no soy yo”. Con la censura es fácil, hay un agente externo que me oprime y yo me opongo, sé quién soy en oposición a otro a otro. Pero, ¿con la autocensura? Es más complicado ir contra sí mismo, oponerse a uno mismo…

Máquina de escépticos

Hoy no me gustaría reivindicar al premio nobel de literatura y amigo de Pablo Escobar, García Márquez, o al gran escritor, ex gorila, Rodolfo Walsh. Me gustaría saludar, aunque nunca reciban mi saludo, a aquellas personas que fueron olvidadas. Me retracto, no fueron olvidadas porque nunca las recordaron. Esos periodistas, hombres y mujeres, atropellados, que caminan incansablemente no porque quieren llevarle la primicia al patrón, sino porque no les queda otra que andar, y en ese andar las “notas” se les aparecen.

La Verdad, moco de pavo

Estas personas son solitarias, vagas, inoperantes para cualquier otro oficio, escépticas, se fueron haciendo cínicas, los obreros del teclado. Buscan algo que nunca van a encontrar, muchas son soñadoras, algunas talentosas, que no triunfaron ni quisieron triunfar. Dejan su cuerpo y su alma, hasta el último detalle, en el texto acabado, que apenas se termina de escribir, deja de existir. Escriben las noticias muertas de ayer y, sin embargo, son escritas como si se suspendieran en la eternidad. Saben que la Verdad es moco de pavo, que cualquier gil te puede venir con una Verdad; no reniegan de ella. La buscan, sí, con esa rabiosa intensidad, como aquel que verdaderamente tiene sed. Pero son conscientes que nunca la van a poder agarrar, porque saben que  siempre… siempre se les escurre entre las manos .

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