El betún de la filosofía

Por Nicolás Jozami

I

Aclaro de entrada para que no me salten los filósofos; no soy filósofo. Sólo un lector inquieto, por momentos apasionado y diletante, de la arquitectura mental -sistema le llaman- que propone el pensamiento ordenado o en coordenadas caviladas y reelaboradas. No soy un filósofo, y por eso opinaré de la filosofía como un aprendiz constante, algo en lo que sí coincidirán: todos somos aprendices, porque el circuito nunca termina. Vean cuando se habla por caso del primer Heidegger, del último Wittgenstein, del segundo Foucault. Ellos mismos, los popes, aprenden, se desdicen o integran lo que fueron sabiendo o sistematizando en sus búsquedas intelectuales.

II

Dicho lo anterior, me largo. Quiero hablar de la filosofía, pero de la encarnada en mi profesor del secundario, a quien todos los alumnos apodábamos “tronco”. Cuando alguien osó consultarle el por qué de la denominación, dijo sencillamente: “me habrán visto desnudo”. Junto a su estilo cáustico, el “tronco” agrandaba su fama de profe duro, ya que sus orales eran tan demoledores como el afecto que algunos de nosotros le teníamos como tipo outsider, alguien que iba con su propia escuela en la cabeza.

La cuestión, es que el profesor llegaba vestido siempre con la misma ropa; aunque lo que más atraía nuestra atención de adolescentes burlones, eran los tremendos tractores repetidos de sus pies: unas Topper altas, pero negras por el betún que concentraban. Estaban completamente negras unas zapatillas que, naturalmente, de fábrica, habían sido blancas.

III

El “tronco” usaba un texto de filosofía poco convencional, ya que él mismo reunía páginas –de manuales de filosofía, partes de obras del pensamiento- y las atravesaba con cordones de zapatillas que permitían ir dando vuelta las hojas. Recuerdo el libro Filosofía, de Patricio Hopkins, que explicaba en dos párrafos la inmutabilidad del ser con el fijismo ontológico de Parménides. Debajo del escritorio, mientras el docente explicaba, yo me concentraba en sus zapatillas; perdía la mirada en el betún negro y, a veces sin anotar, recordaba más alguna vía de Santo Tomás de Aquino, o medio enunciado de la metafísica aristotélica. Esas zapatillas que, de darte una patada, porque el “tronco” no era chiquito, jodíamos con que te morirías de hambre en el aire antes de volver a la tierra.

Aprendía o entendía sin que el propio docente se diera cuenta que de ese modo, me enseñaba también. La vía aquí, tomista de la educación si se quiere, es que el alumno aprende aún cuando el maestro no sabe o no cree que le está enseñando.

IV

Los silogismos, la potencia y el acto, ingresaron así en mi vida junto a la pasión y paciencia con que -advertía- el “tronco” le debía pasar betún a las Topper siempre repetidas. La enseñanza de la filosofía estaba también (fijismo ontológico, o estatismo del ser) en ese ir y venir de un trapo sobre las zapatillas.

Se enseña, en la situación pedagógica, hasta con la respiración. La perfección que encontré, mirando las Topper del profesor cuando daba sus clases, mostraban un amor hacia esa actividad banal, pero que al mismo tiempo, en mis combinaciones, se trasladaba a su libro acordonado, a sus cadencias de voz, risas, enojos; no era curiosidad lo mío: simplemente buscar estar sentado en ese escritorio, con el trabajo físico e intelectual que requiere la filosofía, junto a un buen lustrado de semejantes zapatillas.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

w

Conectando a %s