La animalización humana de Santa Rosa (I)

Por León Nicanoff

I

Juan corrió apenas la capa de piel húmeda que cubre su cuerpo para verificar que no hubiera peligro. Su indumentaria es un Boyero de Berna negro, con una mancha blanca en el ojo derecho. Afuera de la chucha pública en donde  se encuentra, decididos sujetos caminan armados por las calles, buscándolo. Están realizando allanamientos en diversas casas disidentes, aplicando los nuevos métodos pedagógicos aprobados la noche anterior por el Concejo Deliberante de Santa Rosa. Juan había escapado a tiempo de su casa cuando, en un acto de rapidez mental, comprendió que su can, un Boyero de Berna negro con una mancha blanca en el ojo derecho, lo estaba traicionado al ladrar desaforadamente por la ventana del segundo piso. Por suerte, sabía dónde se ubicaba la arteria carótida porque, meses atrás, Cesar Millán, “El Encantador de Perros” que no tuvo un desenlace satisfactorio –fue ajusticiado, ¿quién se cree uno para querer domesticar a canes?- lo había revelado en uno de sus programas de National Geographic Channel. Juan tenía una lapicera azul bic y poco tiempo. Dejó la hamburguesa frita que estaba cocinando y subió por las escaleras como una gacela, sintió que era un mensaje de Whatsapp circulando por fibras ópticas refulgentes. Depositó por la espalda de su delatador perro diez puntazos en el cuello. Traviesa y juguetona, la sangre se propagó por el aire. Juan colocó toda su boca en el cuello de su can, y bebió de ese manantial espeso grandes dosis de líquido rojo. Se sintió niño nuevamente, succionando el seno de su madre sobre una hamaca paraguaya, en una tranquila mañana de tenue luz solar. Ya con el cuadrúpedo sin vida y la evidencia depositada en su estómago cálido y satisfecho, Juan colocó el cuerpo en un bolso Rebook, limpió resabios de ADN y salió por la puerta trasera, mientras ingresaba a su casa una manada de temibles y encorvados bípedos anteponiéndose a un grupo de siberianos que defendían aparentemente la integridad física y emocional de un tal Triki.

Hace exactamente dos años atrás, en diciembre del 2020, la pirotecnia estaba prohibida, sin embargo, después de muchas manifestaciones, los vecinos de la ciudad habían logrado que el repudio de dicha actividad sea Trending Toppic. Ya habían cuchas en la vía pública (aunque no tan sofisticadas) y los chip para no abandonar mascotas estaban instalados hacía rato, en seres humanos. Era año nuevo y, como suele suceder con las prohibiciones, existía un canal clandestino para comercializar fuegos artificiales. Una mujer consiguió unos cuantos petardos, y esa noche, con la panza repleta de vitel toné, encendió y lanzó uno a la calle. Un perro callejero, que justo pasó, se lo llevó a la boca. Le explotó parte de la cara pero no murió en el instante, sino una semana después. Los vecinos, que estaban brindando en la vereda con copas de vidrio, festejando el nuevo amanecer, se enfurecieron y la persiguieron durante tres cuadras, hasta atraparla. Ocurrió un linchamiento feroz, con patadas estomacales, chasquibunes en el ano y tajos con copas rotas. “Te vamos a dejar la cara igual que al perro”, le decían. Esa misma noche, la familia de la mujer manifestó el suceso en las redes sociales, subieron fotos y videos de su estado lapidario. Rápidamente se viralizó, pero para convocar a un mayor linchamiento. Aparentemente no había recibido el castigo suficiente. La agrupación feminista #NiUnaMenos se desentendió, dijo “esto no tiene nada que ver con la cuestión de género”. Después de una nueva golpiza que dejó en coma por siete días a la mujer, el perro murió. Gran parte de la población activa de la ciudad ardió en odio, y ahora no solo la buscaron a ella, sino también a su familia. En lo que fue, aparentemente, un ritual satánico, o una vuelta a la Inquisición, los vecinos ataron a la mujer, su marido, la hija adolescente y el bebé de tres años a cuatro postes de madera. Primero, inmolaron al can fallecido sobre una crepitante fogata multicolor. Los líderes vecinales recogieron las cenizas y en una gran pipa orgánica se fumaron al perro. Embriagados por su espíritu, comenzó la tortura. Violaron a la hija adolescente, cortaron los genitales del marido, y Pepe Lapera se encargó de achurar al niño. Finalmente, mataron a la familia tipo, y con los restos de la carne impura, más diversas hojalatas, marginales artistas construyeron un monumento en homenaje al can muerto, que actualmente se encuentra en la Av. Luro casi Av. Spinetto. Juan recuerda que cuando lo vio, desconociendo su origen, se dijo “parece perrobot, o un perro del futuro oxidado, qué decadencia atraviesa el arte en esta ciudad”.

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II

Juan se escabulló agazapadamente entre los arbustos, cuidando sus espaldas. “Parezco un cangrejo asesino”, pensó. La noche estaba cerrada y estrellada. No había luz en la ciudad porque días atrás la municipalidad había promulgado una ordenanza prohibiendo los faroles. Tiempo después se enterará el motivo real de dicha política. La oscuridad, entonces, completaba el bello cuadro en el cielo. Aprovechó la situación para demorarse y observar. Sin darse cuenta formó la constelación de un cangrejo gigante. Pese a ser escéptico, la coincidencia de estar caminando para atrás, haber nacido en julio y este nuevo hallazgo en el universo lo envolvieron de un esotérico entusiasmo, que le dio fuerza para escapar de sus cazadores y seguir cargando al animal muerto. “Algo debe significar este triángulo canceriano”, se dijo. Traspasó la calle Don Bosco, siguió por un camino de tierra y llegó a la laguna Don Tomás. Cruzó un espacio donde abundaban parrillas, huesos masticados de animales o humanos no identificados se apilaban en cada una de ellas. La temperatura era cálida con lo cual llegó a la conclusión de que había gente cerca. Se apresuró pero siempre mantuvo su posición agazapada. El bolso Rebook se hizo más pesado, los cuádriceps le empezaron a doler, temblar; esto le recordó a cuando era chico, tenía diez años y entrenaba fervorosamente. Entrenaba como un loco, subía y bajaba médanos sin descanso para ser un atleta. Recordó que cuando tenía diez años y subía y bajaba médanos sin descanso para ser un atleta, se imaginaba que estaba escapando de sujetos que lo querían devorar, después de una explosión, en una sociedad post apocalíptica. Siempre que corría para entrenar y ser atleta se imaginaba que todo a su alrededor era post apocalíptico.

Llegó a un puente verde que unía a una isla dentro de la laguna, y decidió que era un buen lugar para descansar, por lo menos para esconderse momentáneamente. Lo cruzó en puntas de pie pues el puente era de chapa suelta. En su interior había una fuente seca, árboles y rastros de un bar destruido. Se tiró en el pasto, cerca del agua que avanzaba suave como una lengua fétida, y observó los miles de peces muertos en la orilla. Miles de pejerreyes muertos cubriendo toda la isla en lo que Juan consideró un gran collar baboso. Más adelante, una pequeñísima isla con un solo árbol seco, pelado, desgarbado, repleto de patos negros, parecían atemorizados. Juan, sentado, con las piernas entrecruzadas, agarró el bolso y sacó a Drako, su ex mejor amigo. Lo recostó boca arriba. Le acarició melancólicamente la panza y se asustó cuando creyó que estaba moviendo la pata. Pero no. “Debe ser el exceso de hierro que me marea”, pensó. Sacó de su bolsillo izquierdo la lapicera bic y empezó a pincharlo en el pecho. Sus puntadas eran un ir y venir libidinoso, mientras colaba sus garfios en los tajos para estirarlos, y la sangre salía a borbotones. Lo abrió desde el pecho hasta los testículos, en una obra digna si se tiene en cuenta la herramienta en cuestión. Desalojó sus órganos hasta dejar solamente un cascarón de Boyero de Berna. Al finalizar, recogió las tripas del árido suelo y las metió dentro del bolso junto al arma homicida. Todo esto le dio un poco de asco. Tomó envión y lanzó la evidencia incriminatoria por los aires con destino a las profundidades de la laguna. Cuando el bolso impactó con el líquido de la laguna, el sonido que provocó fue el mismo que el de una hamburguesa sobre una sartén caliente. Extrañamente, los peces de la orilla se empezaron a mover viscosamente, como se mueve la lengua de un entrenador cuando finaliza la práctica y los jugadores ingresan a las duchas en un vestuario del club Mac Allister. Juan recordó que dejó la hamburguesa sobre la sartén y la hornalla prendida, y comprendió que sus cazadores lo estaban buscando, y que podían estar cerca. Retomó su camino, con la piel de Boyero de Berna enrollada debajo del brazo. Corrió. Corrió con trancos largos, ágiles y silenciosos. Se deslizó por distintas calles rotas. Siempre por las sombras. “La ciudad es un monitor sin brillo”. Llegó a la Av. Luro y  encontró una de las famosísimas cuchas públicas, herramienta política fundamental del último intendente de Santa Rosa para ganar las elecciones. Le rezó al triángulo canceriano que esté vacía y el cangrejo gigante respondió positivamente. Ingresó, se tapó con la piel de Boyero para camuflarse y pensó: “Este colchón es más cómodo que el mío”.

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