Lo esencial es invisible

Por Nicolás Jozami

Las páginas amarillentas se arrugaban aún más en el bolsillo del saco cada vez que metía la mano y las palpaba con angustia. Las corridas líneas negras parecían quebrarse cuando las repasaba en algún bar, con dos o tres copas de por medio. Yo era de andar errabundo con algún librito extraño en mis manos, pero esta vez, vagabundeaba por las calles y los bares con una enorme soledad. Y por culpa mía. Sandra no era el tipo de mujer que saboreaba con placer en las historias del absurdo o en las trilogías policiales. Tal vez le pedía algo que ella no podría ser. La rutina me había cansado. Ella era siempre la misma, y la imagen falsa de la mujer que amaba rondaba en mi cabeza, alimentándose con esos libros que a uno lo dejan perplejo, y que en mi caso buscaba con ansiedad.

La separación me significó mucho y poco. Poco desgaste de sentimientos, porque no sentía ganas de estar con ella, quererla, cuidarla. Y mucho, ya que me costó dos años separarme; mejor dicho, decírselo a mi manera. Mientras tanto yo seguía acá, rondando los bares, con esos libritos, y ni siquiera me animo a intimar –cuando estoy sobrio- con alguna mujer que no tenga las mínimas cualidades que aparecen en las historias que leo. Mi hija no se siente sola pero sufre lo nuestro. Claro que no le cuento esto que ahora ustedes leen porque creerá que estoy loco. Y tendría razón. El colegio de pupilos la tiene bastante aislada de lo de sus padres.

Ya lo dije. Me emborracho y salgo dando vueltas, sin ayuda de nadie, por vergüenza, o tal vez para que vean que puedo solo, no lo sé. La cuestión es que no recuerdo los nombres de los lugares donde bebo, por lo que siempre termino en bares diferentes. Los bancos de las plazas me atraen a la hora de almorzar. Allí leo detenidamente y escucho la sinfonía de las aves que me acompañan en cada frase que trato de memorizar.

En una mañana húmeda, esas en las que el calor deja blandas hasta las suelas de los zapatos, al volver a mi departamento, me topé con una calle sin salida. Era corta y decidí caminarla, ya que creí no haberlo hecho nunca, y al final de ese pasillo de asfalto me sorprendió un pequeño cartel. Decía libros raros, y lo primero que me llamó la atención fue que estaba escrito en minúsculas. Una escalera caracol me intrigó aún más.

Me lancé por ella hasta que sentí un olorcito a libro antiguo que me sedó por segundos. Una especie de sótano gigante con anaqueles rebosantes de libros me impactó de inmediato. Nunca había dado con ese lugar. Un hombre casi pelado, robusto, estaba sentado de espaldas a mí leyendo detenidamente. Ni se inmutó al sentir mis pasos por ese lugar. Llegué a él, me puse de frente e hice que levantara la vista de El Principito, en una edición que jamás había visto: -¿Cómo le va?- me dijo mostrando sus dientes desparejos y unos anteojos semi oscuros. -Bien- dije sin poder dejar de mirar la cantidad de ejemplares que allí había. -Mire señor, entré simplemente por la inscripción que hay afuera ya que me interesan mucho los libros que no son comunes, los que no son fáciles de conseguir-. El hombre se adelantó y dijo entusiasmado: -Bueno, me parece muy bien que haya entrado. Elija lo que le gusta, pues le diré que nadie salió de acá nunca sin llevarse un libro-. Sus palabras me sonaron a imposición, y más todavía cuando el hombre dio vuelta una página y se paró para observar cómo me introducía entre los estantes. Lo raro era que no había nadie, sólo él y yo, tal vez por el calor que hacía.

El hombre se sentó nuevamente y siguió con lo que había interrumpido. La impresión mía fue más grande en aquel momento, al mirar los libros. ¡Todos eran el mismo libro! Distintas ediciones con diferentes colores, tamaños y formas de El Principito, justo el que estaba leyendo el hombre, con la vista baja y ambas manos sobre su mentón. Tomé uno y lo abrí. Tenía los dibujos propios del autor y el texto en letra gótica. Lo volví a dejar en su lugar y me di vuelta hacia el concentrado librero. –Señor, discúlpeme pero acá tiene un sólo libro, esto no es una librería sino un museo de colección de El Principito. Le diría que cambie el nombre del cartel de entrada porque confunde. Si quiere vender tendrá que desalojar mucho esto para poner otros libros-. Sin sonreír esta vez, y con tranquilidad, el hombre, de piel blanca y algunos pelos enrulados, me dijo: -Mire señor, yo no voy a cambiar nada, no tengo que cambiar nada. Ya le dije que elija su libro, que nadie se va sin un libro, me pague y se retire-. No comprendiendo sus palabras y con cierta insolencia le respondí: -Y cuál puedo escoger, si todos son el mismo. Como colección me parece fantástica, pero como librería no. Además, ya leí ese libro de chico varias veces. Realmente buscaba otra cosa-. El hombre tomó el ejemplar de la mesa y se acercó a mí lentamente:

-Usted no sabe lo que contiene este libro, y si lo leyó se ve que no encontró el verdadero sentido, porque es grandioso-. -¿Qué le hace pensar que no entendí correctamente?- dije con soberbia. Él me respondió: -Atienda por ejemplo en este pasaje, donde el Principito llega al tercer planeta en el cuál interroga a un bebedor, y aquel le contesta que “bebía por la vergüenza que le daba el ser un bebedor entonces bebiendo se olvidaba de dicha vergüenza, aunque se sentía un cobarde”. ¡Usted no sabe lo que significa esa frase! Creo que no lo entendió como debía ser. Exupéry está para solucionar nuestros problemas- dijo el hombre en un tono teatral que pocas veces había escuchado en alguien. Pasó varias páginas y me dijo nuevamente: -O esta otra en la que se encierran seguramente muchas de nuestras dificultades: –“Es muy simple, no se ve bien sino con el corazón: lo esencial es invisible a los ojos”. Ahí se encuentran las verdaderas satisfacciones y el sabor de la vida- agregó el obeso hombre con los ojos vidriosos detrás de los lentes, a punto de explotar. En un acto reflejo le palmeé el hombro y comprendí que había caído en su trampa; le compraría un ejemplar, para dejarlo tranquilo, aunque sentía que había algo más en esa adquisición. Le pagué y salí de allí, rumbo al bar más cercano.

Medité unos minutos y pedí esta vez un agua mineral. Sentía que la gente quemaba mi piel con sus miradas. El infierno son los ojos de los demás, había dicho Sartre. Saqué seguidamente el libro que daba vida a mis inmortales mujeres. Lo apoyé a un costado de la mesita de chapa y, enfrente de mi vista, en línea vertical a mi cara, abrí El Principito. Era de tapa blanda, y en una edición desconocida por mí, que tenía una columna de rombos amarillos en el lomo. Allí sentado, elegí algunos párrafos al azar y comencé a leer. Página 21:“Pero yo, desgraciadamente no se ver corderos a través de las cajas. Soy quizá un poco como las personas grandes”. Pasé a la página 30: Si alguien ama a una flor de la que no existe más que un ejemplar entre los millones  y millones de estrellas, es bastante para que sea feliz cuando mira a las estrellas”. Adelanté algunas hojas y me detuve en la 68: “Para mí no eres todavía más que un muchachito semejante a cien mil muchachitos. Y no te necesito. Y tú tampoco me necesitas. No soy para ti más que un zorro semejante a cien mil zorros. Pero, si me domesticas, tendremos necesidad el uno del otro. Serías para mí único en el mundo. Seré para ti único en el mundo…”. Frené mi salteada lectura un momento y recordé con pudor algunos hechos de mi pasado. Llené el vaso de agua, lo bebí de un sorbo, pagué y salí con el ejemplar bajo el brazo, dejando el otro, el arrugado, sobre la mesa.

Caminé las cuadras que me separaban del callejón donde estaba ese lugar que no sabía cómo llamar y bajé con prisa las escaleras.

El hombre seguía en el mismo lugar, con otro ejemplar del mismo libro, el único. Se le dibujó una gran sonrisa al verme volver. -¿Viene a comprar algún otro libro señor?- me dijo elocuentemente. –No- respondí, siguiendo su juego. -Este libro, además de haberlo leído y de que sea el único que tiene acá, posee, pareciera, voz propia. Tiene respuestas a lo que me pasa. O es sugestión o es una casualidad haberlo hallado ahora-. El obeso librero olfateó como un canino la página que estaba leyendo y me dijo que escuchara algunos fragmentos de El Principito. –“No era más que un zorro semejante a cien mil otros. Pero yo lo hice mi amigo y ahora es el único en el mundo”. “Sin duda que un transeúnte común creerá que mi rosa se os parece. Pero ella sola es más importante que todas vosotras, puesto que es ella la rosa a quien he regado. Puesto bajo un globo. Puesto que es ella la rosa a quién abrigué con el biombo. Puesto que es ella la rosa a quien escuché quejarse, o alabarse, o aún, algunas veces, callarse. Puesto que ella es mi rosa”. “El tiempo que perdiste por tu rosa hace que tu rosa sea tan importante”-. Su lectura había hecho eco en el lugar. Adelantó dos hojas e irguiéndose leyó otro pedazo: -“Eres responsable para siempre de lo que has domesticado. Eres responsable de tu rosa…”-. Y, enajenado, buscó el diálogo del Principito con el piloto de la carilla 81 en esa edición: “En tu Tierra – dijo el Principito- los hombres cultivan cinco mil rosas en un mismo jardín… y no encuentran lo que buscan…

– No lo encuentran… – respondí.

– Y, sin embargo, lo que buscan podría encontrarse en una sola rosa o en un poco de agua…

     – Seguramente- respondí. Y el Principito agregó:

     – Pero los ojos están ciegos. Es necesario buscar con el corazón”.

El hombre terminó de pronunciar ese diálogo y se tapó la cara. Realmente, y no exagero, lo leía como si fuera la primera vez que lo hiciera, como si nunca se hubiera topado con ese fragmento. ¡Y pensar que tenía miles y miles de los mismos y en varios idiomas! Yo no entendía mucho. Tampoco deseaba entender. En un gesto de piedad, abracé al hombre, que mantenía la cara tapada con ambas manos. Le dije que me mirara. El hombre lo hizo y me dijo: -No sabe usted el valor que tiene lo que le he leído. La fuerza que nadie comprende. Es maravilloso-. Yo creía que el tipo no estaba del todo bien, aunque la situación también me hizo descreer de mi propio raciocinio, ya que tomé antes de irme tres libros más de El Principito. Le quise pagar y el hombre no aceptó. Pero antes de subir las escaleras, con la voz cortada me sentenció: -Le dije que nadie salió jamás de aquí sin un libro-. Terminó de articular esa frase, lo miré, sonrió, y salí de allí, con los cuatro ejemplares.

Al rato, llegó hasta el cartel una mujer alta y hermosa. Observó unos minutos y decidió bajar. En el sótano inmenso encontró a un hombre subido a una escalera que estaba limpiando con un plumero el polvillo de unos tomos viejos. La mujer se quedó sorprendida al ver la imponente cantidad de ejemplares que había en ese lugar. Comenzó a dispersar su vista por sobre los lomos de los libros y una curiosidad la inquietó hasta el desconcierto. Había miles de ejemplares de Contrapunto, de Aldous Huxley. Mejor dicho, todos eran el mismo libro. De toda editorial, idioma, color y volumen. La mujer en ese instante fue interrumpida por la voz del hombre obeso que con una sonrisa de satisfacción le dijo desde la escalera: -Elija con tranquilidad el que quiera. No sé si usted sabe que nunca nadie salió de aquí sin llevarse un ejemplar-.

cuento extraído del libro “La quimera”, Ciprés ediciones, 2009.

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