La isla de los patos negros

Por León Nicanoff

Se encuentra más o menos en la mitad de la laguna, a unos pocos metros de la orilla. El mejor lugar para observarla es desde otra isla, una más grande, donde historias se evaporan cuando uno evoca el recuerdo del bar que estuvo atrás. La islita tiene aproximadamente doce metros de largo y cinco de ancho. En algún momento tuvo una superficie prolija, cortada al ras sobre una capa verde clara. Incluso existió, entre los dos árboles secos que subsisten, desamparados por el tiempo, una casita de madera, un pequeño hogar de patos para encerrar ideas. Como contención, troncos de menor tamaño cubrieron el contorno de la islita, y en cada uno de ellos era habitual que un ave se instale. Ahora, el pastizal destrozó la casita, la devoró, como también al resto de la superficie. La circunferencia no está contenida, está expuesta a la erosión del viento y del agua. Y los pájaros no se chocan más para ocupar el mejor lugar. Solo un puñado de misteriosas aves, mayormente patos, persisten. No sabemos si estuvieron desde siempre, o si arribaron cuando la cultura se desprendió de este lugar.

Durante una hora cuatro patos negros estuvieron en el mismo sitio. Tres de ellos en un tronco, y el restante en el otro. Uno se ubicaba en lo alto, distanciándose de sus pares, que a su vez también mantenían una relación diferencial entre sí, pero más corta: su organización es piramidal, aunque no se sabe bien el motivo por el cual cada uno ocupa ese lugar. Hay otros seres vivos revoloteando en la islita, otros patos y diversas aves se aproximaron en el transcurso de los 60 minutos. Estos cuatro, creo, no se percataron de la existencia del resto, o por lo menos no se desconcentraron por el revoloteo. Estuvieron firmes, casi impolutos. Según se observa, son los más grandes de la muchedumbre, con el porte decididamente oscuro.

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Lo que más impresiona de la presencia de estas aves es su capacidad para quedarse quietas. La quietud constituye sus plumas. Miran en diferentes posiciones, y si sus ojos trazaran una línea, conformarían un mapa de la isla. Su porte, como se dijo, es decididamente oscuro, dos de los cuales se encuentran erguidos, con el cuello más estirado. El resto, si bien tienen una silueta ligeramente oblicua, están afirmados en sus ramas.

En todo este tiempo, dos ráfagas alternativas se presentaron, duraron cinco segundos cada una. Ocurre que hay un punto muerto a mi izquierda, a metros de mí, entre el puente verde de chapa desgastada y la terminación de esta isla grande donde estoy sentado. Es un pequeño sector estancado, sin circulación, ni siquiera el viento provoca movimiento. Pareciera que el tiempo, allí, se hubiese detenido.

Seis patos, pero de menor contextura, con el pico amarillo bien amarillo, dieron cuatro vueltas alrededor de la isla, cuatro retornos a lo mismo. Pero dos de ellos siguieron más allá de la hora.

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Estoy escuchando Los Espíritus: “No es mi tarea elegir si la marea lleva o trae”. Hay una suave brisa que provoca un movimiento en el agua, en la orilla. Me tranquiliza. Como una marea que lleva y trae, como una lengua que viene y va, una lengua que no me importa de dónde viene ni hacia dónde va.

Bajo la mirada para tomar nota. Hace exactamente 60 minutos estoy sentado. Levanto la mirada y tres de los cuatro patos no están. Solo quedó uno, en la rama más alta. En este momento se está acicalando.

En el costado derecho de la isla hay dos aves, de otra especie, parecen garzas, con el pico prepotentemente largo. Todo este rato estuvieron metiéndolo y sacándolo del agua, una y otra vez, sobre sus patas largas, sin detenerse. O son increíblemente curiosas, o están profundamente desesperadas, porque ya conocieron todo y no encontraron nada.

Cuando vuelvo a mirar el papel y nuevamente levantar la mirada, tres pajaritos diminutos se posan en el mismo lugar que los anteriores. Me pregunto si son ellos, si son los mismos. Me pregunto si decidieron sacarse el traje muerto de la adultez para volver a lo que, seguramente, nunca quisieron dejar de ser, pichones. Se van. El pato que antes se acicalaba, ahora solamente mira hacia algún lugar. Espera. Volvió el silencio de la quietud de la espera.

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Me acerco más, bien a la orilla para sacarle una foto. La saco, pero se da cuenta y se va. Yo también le doy la espalda. Me voy a dar la vuelta a la isla. Dos parejas, seis palmeras, una baranda verde. La recorro. Una montaña de tierra, dos cuadrúpedos, un bar que no está. Regreso. El pato también. Está en el mismo tronco, la misma rama. Sigue de espadas a mí.

Son las 19:30. La Tierra cayó, nosotros con ella también. El sol está, pero no lo puedo ver. Apenas queda el resplandor de algo que no sé qué es, moviéndose en el horizonte, como luces tardías, llegando siempre tarde. Un brillo que ya no existe. El espectáculo me lo perdí, sucedió a mis espaldas. Acá no hay nada más que hacer, no hay nada más que ver.

Me voy.

Me fui.

Porque en realidad nunca estuve,

sino en esos patos.

 

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