Domingo señuelo

Por Nicolás Jozami

Lo mandaron a cambiarse porque saldrían apenas terminaran de lavar los platos. Irá con su hermano, su mamá y un amigo a la laguna Don Tomás, en Santa Rosa, a sacar mojarritas, como cada vez, pero para Franco se materializa una aventura alternativa: pasar por el kiosco y comprar el cómic que disfrutaría en el auto cuando se cansara de estar en la orilla, con el viento persistente que corre ese domingo.

Franco siempre ayuda a desanudar y a pasar la tanza o el hilo para elaborar los repetidos señuelos, garantes del éxito. Son botellas de plástico agujereadas en la base, cada una con la parte de arriba cortada y metida en embudo hacia adentro.

Su hermano se pone la campera nueva, pero la madre le dice que se la cambie, que la puede ensuciar. Suena el timbre, y ya está el amigo listo, peinado, con una mueca de futura complacencia. Huele a colonia Pibe’s, aunque el buzo marrón que lleva tiene algunas manchas de lavandina. Ese timbrazo del vecino, a esa hora cada domingo, es el inicio del ritual, recuerda Franco. El dominó que comienza en la presión del botón, y que culminará en la taza de chocolatada caliente a la tardecita, en su casa o en la del amigo, con las botellas llenas de mojarritas expuestas en la mesada de la cocina adonde se decidiera la merienda. Esos trofeos que cada lunes, mañana mismo, se ensancharían hasta desaparecer, como la miga de pan que sirve de carnada para los pequeños peces.

  Lo que no cambia, recuerda Franco, lo que no cambió nunca, es el sonido del timbre de su casa. Que suena ahora cuando llega alguien a la siesta, algún menonita a ofrecer quesos, las revistas Despertad o La Atalaya de los Testigos de Jehová, los Mormones, o alguien que Franco no conoce. El sonido es el señuelo; una trampa que lo arrastra años atrás a esos días en la laguna Don Tomás, con su hermano, su mamá y su amigo.

Cuando ese domingo ya había algunas botellas inundadas de mojarritas, Franco se volvía al auto y abría el cómic. Dejaba la puerta abierta para que entrara un chicotazo de aire, y se internaba en las viñetas de Spider-man. El superhéroe subía por los edificios, mientras su hermano se metía descalzo en la laguna; Franco oía los retos que le daba su madre, por esa temeridad inocente que lo caracterizaba y que perdería con el tiempo. En ese capítulo, el arácnido se enfrentaba al Lagarto, un científico admirador y estudioso de la genética regenerativa de ciertos reptiles. Notaba que el delantal nunca se le rompía completo en cada transformación, como si el personaje no pudiera entregarse a una total irracionalidad.

Su vecino y su hermano cargan las botellas. “En el baúl”, dice su madre. Los tres largan ese olor a actividad acuática con que bautiza la laguna. Franco observa que su hermano y su amigo están abstraídos con la experiencia de la pesca; no hablan de otra cosa, mientras su madre escucha. En un momento, en un semáforo, gira la cabeza hacia él: “¿Y, qué tal la revista esta vez?”. Franco le comenta que no la ha terminado de ver, pero que parece buena. Van a ser las 6 de la tarde.

El vecino invita a tomar la chocolatada. “Primero se cambian, y después podrán ir”, responde la madre. Franco ha ayudado a armar las botellas, ha estado en la laguna mirando, lanzando y trayendo algunas, y por eso se incluye en la aventura dominical. Sabe también, que las mojarritas en las trampas y su cómic tendrán otro color mañana, indiferenciado, al comenzar la semana. Sabe hoy que la laguna Don Tomás se los ha llevado a todos.

 

Extraído del libro Cuentos y poemas. Lo mejor de Rumbos. Rumbos Libros. Clarín. 2016

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