La fiesta del procreador

Por León Nicanoff

Supongamos que un embrión o un feto es una persona, el primer interrogante que me hago es ¿por qué tanto alboroto cuando uno quiere asesinarlo, si en definitiva existe una arbitrariedad espantosa a la hora de darle vida? Si nadie le pregunta si quiere nacer, ¿por qué tanto escándalo si tampoco se le consulta si quiere ser asesinado? Me parece que si nos manejamos en esos términos, debería haber por lo menos igualdad, es decir arbitrariedad, de los dos lados. Teniendo en cuenta que muchas veces (para no decir “la mayoría de las veces”) los bebitos llegan a este mundo inhóspito porque otras personas están aburridas, se sienten solas, quieren tener algo “propio”, que les pertenezca como una propiedad privada, quieren darle un sentido a su vida, o lo peor: “salvar la pareja”. Si se produce un sinceramiento en este sentido, creo que todos estaríamos más tranquilos a la hora de pincharlos con las agujas. Personalmente, siempre tuve un tema no resuelto con mi madre, que provocaba relacionarme no con toda la naturalidad que un hijo debe tener con su progenitora. Pensé que era algo vinculado al Complejo de Edipo, pero no. Un día le pregunté, “¿vieja vos me quisiste tener?”, y me respondió “la verdad que no fuiste deseado, fuiste un accidente y nada, te tuve igual”. Automáticamente nos abrazamos, yo la perdoné y ahora somos amigos, porque por lo menos había sido sin querer.

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Feto asfixiándose dentro de un profiláctico inflado  

Ayer 25 de marzo se llevó a cabo la “Marcha por la vida” en el marco del “Día del Niño por Nacer”. Argentina fue el primer país en el mundo en declarar este día a través de un decreto, el 7 de diciembre de 1998. No es un dato menor, ya que habla mucho de la idiosincrasia del país. Esto refleja una euforia por querer vivir, que después en la práctica no se demuestra. Y con razón: existir es hermoso, vivir es imposible.

La marcha en Santa Rosa no fue multitudinaria, porque tampoco da malgastar la preciada modorra dominguera, pero sí asistió un gran sector de la sociedad. Siempre es muy interesante observar la composición de las marchas y sus comportamientos, sobre todo si se trata de gente que reclama por gente que no está, o por lo menos no está en este planeta. Lo característico de la marcha, más allá de los carteles con consignas clásicas y aburridas que se reprodujeron en todo el país, fue la bandera de Argentina. Muchos incluso llevaban la remera de la selección de fútbol, y cuando el locutor o animador habló arriba del escenario, dijo “esto parece un mundial, señoras y señores, pero no, es la Argentina a favor de la vida”. Vi mujeres con sus remeras levantadas, la panza embarazada al viento, e intenté hacer una analogía con una pelota de fútbol para entender el comportamiento, pero no. Me pareció una reflexión muy boluda y tirada de los pelos, entonces me acerqué y le pregunté a una mujer de unos 45 años por qué llevaba la remera de Argentina y la de la selección. Me respondió: “Tiene que ver con la vida, con el territorio, con la vida en nuestro territorio, porque es donde nacemos, es donde nos dan la vida y donde la vivimos, es lo que nos identifica, como un mundial de Argentina”. Qué bonito nacionalismo, pensé.

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Exaltación nacionalista y euforia por un cacho de tierra

Habían mujeres, muchos chicos y chicas, también hombres, marchaban monjas, payasos, gente del campo, paisanos, ancianos, adolescentes, vecinos y familias. Lo más tenebroso de la marcha fue un payaso caminando entre medio de todos, con los ojos profundamente hundidos en el cráneo, y abrazando a un nene de unos 10 años. Los payasos son coloridos y aparecen con cara de horror en lugares como bosques, túneles, cementerios o marchas por la vida. Es de vieja data el lugar que ocupan en los distintos consumos culturales (la más conocida es “It” de Stephen King) como personajes siniestros, pero también en la vida real se visten así como disfraz de un asesino o un depravado sexual. El miedo a los payasos se llama “coulrofobia” pero ¿qué vemos cuando vemos a un payaso? Podemos ver a un bromista o a un asesino, a un viejo o a un joven, alguien que se manifiesta sin una identidad, escondido detrás de un disfraz perversamente colorido. Esa inseguridad, o “ambigüedad”, diría Sebastián Robles en “Payasadas”, nos llena de temor. Un payaso abrazando a un niño, saludando impunemente en una “Marcha por la Vida”, redobla la apuesta de aquel payaso con un globo en la alcantarilla.

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Niño hasta ahora inocente y payaso perverso que se acerca

En la marcha también había un bebé gigante, que no se compara con la hermosura de beba de 6 metros de largo y de color piel cremita como corresponde, que construyeron en Buenos Aires, aunque este también provoca escalofríos. Era un bebé de, aproximadamente, 12 semanas de gestación, con la cabeza prepotentemente grande y los brazos decididamente cortos, como un Tiranosaurio Rex. Fue diseñado en la ciudad, por artistas o personas entusiasmadas con dudosa habilidad manual, y parecía también un alien.

Marcha en contra del aborto y a favor de la vida

Beba gigante en Capital, llamada Alma

Esto me hizo recordar al final de la película “2001: Odisea en el espacio” de Stanley Kubrick (spoiler), cuando el viejo decrépito de pronto se transforma en un bebé refulgente y cabezón, y desde algún lugar del cosmos, migra a la Tierra, como si fuera un nuevo hombre, el último de las metamorfosis del espíritu, como el hombre nuevo que aterriza para enterrar de una vez y para siempre a la raza vigente que está entre el simio y el super hombre. El final de la película es musicalizado por Richard Strauss y suena “Así habló Zaratustra”. Me imaginé que el bebé que cargaban en la marcha con mucho orgullo de repente cobra vida, su piel se vuelve brillante, y con Strauss de fondo, empieza a pisotear y aplastar a cada una de las personas de la marcha, que antes de ser asesinadas, le agradecen al bebé por ser quien se imponga en el orden natural de la vida. Si el payaso fue el momento más siniestro, este fue el más emotivo.

Sigo caminando por la Av. San Martín. Vengo de la plaza, y estamos yendo a la Casa de Gobierno. En el ínterin, aparecen dos ráfagas nauseabundas que inundan mi cara compungida. Son los olores típicos de Santa Rosa. Observo a mi alrededor, y creo detectar en una esquina una cloaca que rebalsa de agua servida. Sin embargo, le pregunto a mi acompañante “¿de dónde viene ese olor”. Me responde: “Es el olor a la vida”. Llegamos a la Casa de Gobierno, y automáticamente volvemos por la Avenida San Martín con destino a la Plaza. Esto ya lo viví, pienso. Entonces, le pregunto a una monja de edad avanzada que caminaba junto a mí, ¿por qué volvemos a hacer lo mismo? Me responde: “Porque nos espera en la Plaza un espectáculo, y porque la vida también se trata de eso, de volver a hacer una y otra vez lo mismo, porque para eso estamos acá, pero antes tenemos que existir, nos tienen que dejar el derecho a vivir. El destino es la muerte, pero la vida tiene que tener una unidad de sentido”. Sigo caminando orgullosamente al lado de la monja y veo a una adolescente con un cartel que dice “sí a la vida, el aborto es muerte”. Me acerco y le pregunto por qué considera que el aborto es muerte, me responde “porque es una persona”, le pregunto si los anticonceptivos no son una manera de obstruir la vida, y me responde “yo no tomo anticonceptivos”. Pienso “ésta es la cultura del hacerse cargo, del tenemos lo que tenemos por algo”. Vuelvo con mi monja. Llegamos a la Plaza.

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Monjas heideggerianas 

Hay un escenario en la calle Gil, frente a la Universidad, una gran cantidad de personas y cada vez más banderas celestes y blancas. En un momento coreamos “Argentina, Argentina, Argentina”, mientras de fondo se escucha “Una noche más” de Jennifer López. Mientras saltamos, y agitamos los brazos se escucha a López decir “necesito más, de lo que me das, me dejé llevar, por un beso más, una noche más y sentir junto a ti la pasión”. Pienso: “qué buena noche para dejarse llevar y luego abortar”. Termina el tema que contradice todo lo que proclama la gente que está presente, y un locutor o animador se sube al escenario, con la misma histeria que Mariano Iúdica, y empieza a agitar a las masas. Y dice: “Qué bueno es ver todo esto, que todos estén con la vida, que no hayan ideologías, ni banderas políticas ni religiosas”. Y automáticamente, como borrando con el codo todo lo que acababa de decir, desenfunda una biblia negra, la abre y con los parlantes a todo lo que da, dice sonriendo, picarón: “Porque a nuestro Dios creador no lo puedo dejar afuera de esta fiesta”, y empieza a leer.

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