El refinamiento del mangazo en los hijos millonarios de Caín

Por León Nicanoff

– Es una u otra viejo. No podés suscribir a la cultura del mangazo si sos millonario. O vivís el día a día a los ponchazos, o te quedás tranqui con el confort de la seguridad de aquel… (y los tres giran la cabeza) Mercedes Benz.- les dice Ernesto a los gitanos, en un rapto de seriedad, ¿acaso moral?, como si supiera, en realidad, de qué se trataba todo esto.

Ríen, cínicos, impunes; o quizás ríen por la chorrera etnocéntrica que les acaba de largar, por no entender la cultura, su cultura, por no comprender que el mangazo, gitanos, el mangazo va más allá de una frívola situación económica. Claro, va mucho más allá. Se remonta al siglo X cuando migran por primera vez, o a la región de Panyab, entre India y Pakistán, de donde se supone que son oriundos, o antes, del noreste de India. Qué digo, muchísimo antes: se remonta al momento del mismísimo Caín, primogénito de Adán y Eva, el primer hombre fuera del aletargado paraíso que funda un asentamiento humano. Imaginen, saquen la cuenta del acumulamiento de mangazos que llevan sobre sus espaldas.

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Fuente: Clarín. Foto: Esteban Widnicky

Ese día, templado y despejado como su psique, Ernesto caminaba firme. Minutos antes había concluido con la mudanza, finalmente el día había llegado; llevaba unos cuántos mangos en el bolsillo, una música que solamente él creía estaba escuchando, incontables proyectos que crepitaban en su cabeza, ¿cómo no iba a ir disfrutando de un tabaco armado? De pronto se le apaga, su encendedor por inercia hace “click” y al mismo tiempo desde un auto lo chistan. Se acerca, con la euforia momentánea de aquel que se desvela por no privarse de nada, que quiere aprovechar todo (“acumular experiencias”). Pero cuando observa al interior del “carro” y pestañea, tiene diez años y está viviendo una estafa en la cantina del club Estudiantes, con una sola Coca-Cola en la mano, a pesar de haber pagado dos; vuelve a pestañar, y se topa con un ojo grande, verde y gitano. “¿Drako”, pregunta. “¿Ernesto?, ¡Ernesto!”, exclama y se saludan después de 10, 15 años, quién sabe. Eran tres.

  • ¿Eso es fasín?-, le pregunta Drako a Ernesto, señalando el cigarro artesanal.
  • No viejo, es tabaco.- dice y desconfían (o se desilusionan). Sin embargo, de inmediato Ernesto percibe el inconfundible olor a porro, un enérgico paraguayo rancio. –Pero eso que tenés ahí es un paragua de acá a la China- dice Ernesto tirándole un talonario de facturas por la cabeza. Ellos ríen y lo invitan a pasar.

Si Ernesto estaba bien,  conforme con su vida, ahora sentía un frenesí en el espíritu: extraña sensación de manipular la circunstancia, de moldearla, de andar por un camino no trillado. Ocurre que Ernesto, además de seguir su día “bien mambeado” (beneficiado por el cannabis), con una divertida dispersión que brotaba de su cuerpo, había saldado en menos de 10 minutos una cuenta que tenía hace 15 años. Porque cuando Ernesto entró, le ofrecieron “un par de secas”, este se acomodó, dijo “mirá que caripelas”, dijo “lo que hace el tiempo”, agarró el elemento tercermundista y le dio dos secas, lo miró y le dio una más, luego otra, rió, tosió, habló, y por último después de una eternidad le propinó una larga y prolongada pitada dejando a Latinoamérica disminuida en una pieza ardiente, difícil de manipular, casi extinta. En ese momento Ernesto pensó “¡uno a uno romaníes!”.

Como dijimos, el pueblo gitano se remonta al Génesis, porque muchos suponen que son descendientes de Caín. Conocerán la historia de Caín y Abel. Abel era el alcahuete de Dios que le daba de ofrenda grasa, producto que curiosamente le interesaba a Dios. Caín le obsequiaba “los dones de los frutos del campo” pero era reiteradamente ninguneado. Entonces, Caín asesina a su hermano. Cuando Dios le pregunta dónde está Abel, Caín responde con una memorable pregunta: “¿Acaso soy yo el custodio de mi hermano?”. Esto me recordó a una vivencia de Ernesto. Aquí la paso a contar.

Días después, Ernesto iba caminando por la vereda cuando lo vuelven a llamar. Se acerca al auto, y sin dar vueltas le ofrecen una “movida de flores que tiene un amigo de un amigo”, a determinado precio. Ernesto titubea, mira para los costados, muerde la lengua, mmm, piensa que tiene ganas de ver películas en su nuevo smarth, considera el precio razonable, entonces acepta. Al día siguiente, Ernesto estaba con el efectivo en sus bolsillos encaminado para concretar la transacción, cuando de repente el precio aumentó “misteriosamente” un 20 por ciento. Desconcertado, lo interroga al conductor por el incremento. Este gira la cabeza, mira a su hermano y entonces, como si el tiempo desde el Génesis hasta acá no hubiera pasado, le pregunta: “¿Acaso miento yo cuando digo que el frasco sale tanto?”, su hermano: “no, por supuesto que no”. Y lo miran a Ernesto. Ernesto piensa que es viernes y no tiene nada que hacer. Lo embocan. Iban dos a uno.

mov migratorio gitanos

Movimientos migratorios de los gitanos

El pueblo gitano tiene una procedencia misteriosa. Ellos mismos se encargaron de que así sea. Cuentan, los conocedores del tema, que en la antigüedad se rodeaban de una atmósfera enigmática y legendaria como medida de protección frente a una población que podía ser hostil. Pero en realidad, descubrieron que sus actividades y espectáculos eran más redituables si estaban cargadas de misticidad. He aquí la sofisticación del mangazo.

El mangazo es un deporte, como cualquier otro. Requiere de astucia y disciplina para lograr un refinamiento. Significa, para quien lleva a cabo su cometido con prolijidad, es decir, quien combina la experiencia con la improvisación en un súbito hechizo, un deleite enorgullecedor; alimenta el espíritu. Un gran escritor supo decir “quien curra no está muerto. El curro, al igual que la poesía es una manera de vivir, una opción”. Con el mangazo sucede lo mismo. En Argentina los gitanos se dividen en dos grandes grupos: el “Rom” y el “Ludár”, que se dedican especialmente al comercio de artesanías, joyas y “carros”. Se desconoce la procedencia de estas personas que conoció Ernesto. Tal vez no pertenecen a ningún grupo, tal vez al que más les convenga, no se sabe. Lo que es cierto es que se dedican a la venta de carros, y que son particularmente ricos. ¿Cómo era posible, entonces, que mangueen, si a esa práctica recurrían los humildes justamente por necesidad? Ernesto posteriormente entendió. Sucede, además, que no hay una definición estrictamente étnica acerca de quién es gitano y quién no, sino más bien está vinculado a una condición socioeconómica: hay que ser ontológicamente humilde (aunque conserves unos cuantos frívolos millones de pesos, claro). Se puede decir, en este sentido, que son tradicionalistas y románticos. Los más cursis afirman: “Mientras haya una estrella en el cielo, habrá gitanos en el mundo”.

Una noche Ernesto quiso aparecer en PampaRevista. Estaba acostado en su sillón, y consideró que tenía buen material para ser publicado. Sin embargo, se dijo, hacía falta más información para cubrir las supuestas “exigencias” de dicha revista. Media hora estuvo, entre porros y soliloquios; hasta que finalmente comprendió que la respuesta estaba con él. Más precisamente en su mano izquierda: un canuto humeante, que serviría de carnada para redondear la data. Tenía flores y paragua: eligió el paragua y lo redujo a un 50% con tabaco. “Algo aprendí. No, si voy a ser un perpetuo mandao hacer”, pensó Ernesto. Eran aproximadamente las 10 de la noche, salió de su casa y vio a tres gitanos, de los casi un millón y medio que hay en Latinoamérica. Dijo “qué linda noche” y se acercó, dijo “cuántas estrellas, aparentemente hay gitanos”, se hacía el canchero Ernesto porque algo había leído. “Tengo unas florcitas”, confirmó e inmediatamente entraron al “carro”. Le contaron a Ernesto que sus días muchas veces se hacen monótonos por eso cada tanto hacen la “sesión” en el “carro”, pero en definitiva viven “pedaleanto”, le contaron cómo fueron formando el negocio, y que nacieron aquí mismo. “¿Y qué hacen con la guita” se le pregunta y le muestran videos del Turismo Carretera donde algunos compiten, le muestran videos tirándose champang, ríen, le muestran videos de maratónicos cumpleaños a los que le mienten que “te vamos a invitar”, y ríen más. De repente, Ernesto se pone oscuro, quiere “pincharlos”, quiere que reaccionen, les dice: “¿Ustedes saben que hace 70 años nada más los hubieran mandado a la cámara de gas?”. Hay un mínimo silencio que se rompe de inmediato con una fuerte carcajada. “Estos son ratas y felices”, piensa Ernesto. Luego se enterará que la cultura gitana es fundamentalmente ágrafa, no dejan casi registro, y en definitiva les importa tres pepinos la historia. “Y uno perpetuamente haciendo revisionismo histórico”, piensa. Casi que les pregunta si son felices, pero justo el elemento lúdico se agotó y fue entonces cuando uno convalidó: “Uh qué ricas florcitas”. Rodolfo rió por dentro y tuvo ganas de decirles “y encima, con esto, se hace un artículo para pamparevista”. ¡Dos a dos romaníes!

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Viejas gitanas con todo su trayecto a cuestas

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