Vano Éxodo

Por Nicolás Jozami

“Los egipcios los persiguieron, y toda la caballería del faraón, sus carros y sus guerreros, entraron detrás de ellos en medio del mar”. Éxodo, 14, 23

 

Moisés desoyó su destino para salvar a su pueblo. Erguido y a paso lento, pesado, resumió la cima del monte para consultar al Señor. Allí acrecentó su desasosiego al oír el mensaje que desde el fondo de las tinieblas surgía y se levantaba como una anticipada derrota:

“Tu limitación se ahogará en el espeso Mar Rojo, cercado por cristalinas láminas. No sabes de dónde provienes y este será el error en tu misión”.

Deslizándose con el bastón de caña hueca, creyó comprender la posible imposibilidad. Pero su maltratado pueblo era la obsesión del infame faraón egipcio. Caminó hacia el Norte de Madián, junto a su portavoz y hermano Aarón, que seguía de cerca a la muchedumbre. Las explicaciones de El Señor se habían tornado tan irrelevantes para el Faraón, que ni la falta de ganado ni la plaga de langostas habían podido disminuir su ambición. Era así que el poder de Moisés se convertía en la única salida para su pueblo. (El Señor había hecho énfasis en el propio origen del héroe). El Mar Rojo estaba lejos, y la arcillosa arena ya no era impedimento para los hinchados pies del pueblo hebreo que seguía al líder. Aarón vigilaba atentamente y alentaba a la muchedumbre que respiraba libertad.

Tras el anuncio de la décima peste, la muerte de los primogénitos, los egipcios urgieron al propio pueblo para obligarlo a salir del país lo antes posible. En tanto, los hebreos acumulaban días. De Ramsés a Sucot el camino era llano pero tedioso. Panes ácimos y ganado les permitieron soportar el tiempo en que se mantuvieron recorriendo Egipto.

Luego de las prescripciones de El Señor, Moisés preparó finalmente la liberación. Acamparon en el desierto de Etam para luego caminar interminables jornadas que fueron coronadas por el eco estridente del Mar Rojo. Una nube oscura guió a la muchedumbre y dio luz en las noches. En el ápice del viaje, Moisés combinó sin éxito estrategias para despistar al ya cercano ejército faraónico que no toleraba admitirse privado de los servicios de la esclavitud.

Cuando los carros egipcios levantaron polvo visible, los perseguidos recriminaron el viaje al hombre que les había prometido salvación, pues la muerte era inminente. Pero unas palabras del héroe calmaron a su pueblo: A esos egipcios que están viendo hoy, nunca más los volverán a ver. Seguidamente extendió su bastón, y con un tenue balbuceo, intentó dividir el imponente mar, infesto de ranas y mosquitos. Sólo se oyó su voz, y nada sucedió. Los repiqueteos de los caballos enemigos se presentían más cerca. Moisés recordó el mensaje de El Señor, pero su voluntad intentó una nueva maniobra. Corrió su túnica y alzó nuevamente el bastón, cerrando en silencio sus ojos; lentamente, el milagro sucedía. El Mar Rojo fue abriéndose, dejando seco el camino en el centro. El hombre abrió los ojos con lágrimas y cruzó la llanura con sus protegidos. El estridor de las colgantes aguas sostenidas en cada extremo no frenó a más de algún niño que, con admiración imprudente, contemplaba el prodigio. Luego de cruzar, Moisés dirigió su bastón nuevamente y extendió su mano al irreconciliable mar para que las aguas se volvieran contra los enemigos.

Al finalizar la exitosa travesía, en la llanura, el pueblo peregrino se topó en la arena con una enorme edificación. Era un gigante cubo de vidrio que yacía a metros de donde Moisés y su pueblo oraban y agradecían. El fortín poseía una circunferencia vacía en el techo. Dentro del cubo estaba sentado el faraón. Tenía una gruesa y puntiaguda espada ajustada a  su cintura. Moisés, que había comprendido la señal, golpeó el bastón contra el suelo, y así como en algún momento se había convertido en una serpiente, ahora adquiría la brillante forma de una espada. La muchedumbre gritó al ver a su héroe acercarse a la fortaleza. Trepó y se metió por el hueco. Una furtiva mirada de Moisés recorrió al faraón en gesto de derrota y de sendas armas llovieron chispas de civilizaciones. El pueblo ansioso observaba cómo su héroe combatía con seguros movimientos. Un preciso y frío corte pegado al vientre inmovilizó al faraón. La sangre espesa brotó de la incisión a borbotones. Moisés soltó el arma y observó agonizar al contrincante, que no tendía a tapar su herida sino todo lo contrario; dejaba que su sangre cayera y salpicara el transparente suelo.

Allí Moisés se sintió un impostor. El pueblo daba golpes desde fuera del fortín y gritaba a su héroe. La sangre bajaba constantemente de la herida faraónica, roja como un intenso mar. Moisés sintió unírsele al vello de su barba la espesura de la sangre. Sin ayuda, el salvador murió ahogado. En el espeso Mar Rojo, cercado por cristalinas láminas. Agonizante, el héroe nunca supo ni llegó a saber que la orden de la hija del faraón egipcio que lo “sacó de las aguas y salvó de su muerte[1]”, lo había transformado en un ingrato hijastro, pues su anhelo de liberación del pueblo hebreo fue entendido por el designio divino como la traición de un entenado a su verdadera estirpe.

Cuento extraído del libro La quimera. Ciprés ediciones. 2009

[1]  De esta acción deriva la denominación del héroe, a quien su madre había colocado de pequeño en un moisés y tirado al agua para evitar que fuera sacrificado, luego de escuchar la orden faraónica de asesinar a los niños hebreos.

 

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