El joven de las tres ciudades

Por José Tévez

Cerca de las 20:30, esperaba a Nicolás Lippoli en un departamento en la calle Edison. Era un 28 de diciembre, el último jueves del 2017. La tarde comenzaba a esfumarse lentamente. Recuerdo que las calles ardían en medio de una temperatura infernal; no había refugio o alivio ni en las sombras. Nicolás fue puntual: estaba parado en una esquina provocando al sol vestido de negro casi en su totalidad y comiendo un pebete. Bajé para abrirle, nos saludamos, subimos pesadamente por las escaleras, hasta que finalmente nos sentamos en el balcón de un primer piso, mientras abríamos una cerveza bien fría para hidratar el cuerpo; ya que no había hielo que romper. Después de un pequeño intercambio de palabras, comenzamos la entrevista.

Santa Rosa

La ciudad para Nicolás Lippoli es una especie de válvula de escape: huir –aunque ya no por mucho tiempo- del ruido, la locura, “de la gilada”, que abunda frecuentemente como virus en las grandes ciudades. Son esos “agentes externos”, que están ahí, al acecho, tentando a sus víctimas con  modelos seductores de éxito a seguir o repetir. Nicolás “baja unos cambios”: sobre todo cuando vuelve a casa de sus padres; y vuelve a la ciudad que supo recorrer hace una década atrás. Por aquellos años, el rock santaroseño estaba siendo invadido por una nueva generación de jóvenes que venían a renovar la escena local. Nicolás, recuerda que tenía unos 14 años cuando formó su primera banda de rock, Valkyria, junto a Manuel Fernández en batería (actual compañero en las sombras) y Lucía, en el bajo. “Siempre toqué con amigos”, dice Lippoli. Las primeras tocatas las hacían en intercolegiales como El Barda Rock, que organizaba Javier Villagra. Esas primeras experiencias “eran un poco traumáticas, ya que tenían que tocar con bandas que la rompían” y Nicolás sentía una sensación de frustración que, sin embargo, se fue deshaciendo a medida que la fuerza de la necesidad de tocar crecía como una ola gigante.

***

Una nostálgica brisa se despierta en la calurosa tarde. A Nicolás le gusta recordar aquellos inicios en Santa Rosa. Una ciudad con sus vicios y prejuicios; de esos tan incrustados en la vida de los pueblos y que pocas veces cambian a pesar del tiempo. Era la época de “los raritos” caminando por  las calles, con sus instrumentos, vestidos con gorros coyas combinado con un estilo que iba de hippie a punky hardcore. Son las imágenes de las frías noches en aquellos pequeños ciclos en Frida o en Dragón Verde. De  los amplificadores chiquitos, los tickets a 3 pesos, los afiches, los cajones. “Lo recuerdo como una de las mejores experiencias que he tenido”, dice Nicolás, con la mirada desorbitada que a veces suele conducir el ejercicio de la memoria. A los “raritos” les gustaba el bardo: muchas veces los terminaban sacando de los bares porque rompían todo. Lippoli cuenta sobre algún que otro viaje: el día en que participó de un Guatraché Music Festival con unos covers de Sex Pistols o Queens of the Stone Age, que preparaban en ensayos urgentes. Era la etapa de su segunda banda, New Dots, inspirados en The clash, Joy División, The Strokes, entre otras. “Éramos un desastre”, dice Lippoli.

La tarde agoniza y las luces del alumbrado público amenazan con prenderse. Nicolás Lippoli habla de sus amigos y el comienzo de Knei, su actual banda junto a Las Sombras. Había conocido a Mauro López (el ruso, actual bajista de Knei) en básquet. Se hicieron amigos rápidamente. La relación con Roberto Figueroa era más “reservada”. Roberto tocaba la batería en Medular; una banda de new metal hardcore de Santa Rosa. Sin embargo, la aparición de Figueroa en la vida de Lippoli fue muy enriquecedora. “Con él aprendí un montón” ya que era un “batero virtuoso y mucho más versátil” dijo.

Así fueron los primeros años de Nicolás Lippoli en su ciudad, una etapa de mucho aprendizaje y amistades. Entre Nuevos Puntos (ex New Dots) y Knei: entre el pospunk y el punk duro. Ensayando en un altillo en casa de Mauro, y tejiendo junto a Roberto Figueroa  una larga amistad de futuras convivencias, deseos y giras. Santa Rosa, un joven pasado que había quedado atrás.

Miernes, Radio Colmena. YouTube.

La plata

Ya es de noche en la ciudad y los vasos de cerveza reposan sobre una mesita transpirados. Las noches frías de La Plata. Aquellas noches eran una remake de lo vivido en Santa Rosa: había que salir a patear de vuelta; arrojarse al infinito de posibilidades que yacen allí afuera. La noche. El sonido de Knei esta en un nivel ascendente. Nicolás estudia música y trabaja en gastronomía. Las cosas no salen  y muchas veces invierten la poca guita que tienen en la banda.

La noche platense coincidía con un movimiento emergente de bandas Indie como El mató a un policía motorizado, La Patrulla espacial, Norma o Atrás hay truenos. Los Knei se habían mudado a vivir juntos en un mismo techo; esa convivencia reforzó la amistad. Nicolás Lippoli encontró nuevas coordenadas en el rock de los 70. Bandas como Black Sabbath, Almendra, Pappo, Pink Floyd y Pescado Rabioso entre otras. El deseo de Nicolás, y Knei, era el de meterse sí o sí en la escena platense.

Una fecha con Los Natas en el teatro Sala Opera había iluminado el camino como un trueno. Esa noche un productor que los escuchó los invitó a trabajar juntos para el sello independiente Caracol Rojo. Nicolás dice que a partir de allí empezaron a conocer a gente nueva, bandas amigas, como Los Alamos, Norma y Aeronautas. Knei había abandonado los antros marginales del heavy metal platense en donde tocaban los primeros años. Nico recuerda las fechas en el bar Pura vida. Y así, impulsados por la fuerza de la necesidad, Knei conquista La Plata, y más tarde Chile.

Para Nicolás Knei es una banda más para “entendidos”: “te transporta desde un ritmo heavy metalero, a una cosa latina, al Jazz, y termina algo medio blusero”. Las canciones las hacen entre los tres: “Si las hiciera yo solo, serian una mierda”, dice. Las canciones hablan de amor siempre que se cruza alguna chica; pero también sobre ese mensaje que esta generación quiere dejar: cómo vive esa juventud inmersa en el humo gris  que se que respira en la gran ciudad.

Buenos Aires

Nicolás Lippoli parece distendido. Tonalidad rápida, movimientos inquietos, solo de a ratos agarra su vaso. La locura de Buenos Aires llegó y La Plata es un joven pasado que comiemza a quedar atrás. A Nico mucho no le caben los “porteños”: cada vez que giraban por capital terminaban peleando con algún bolichero. Pero en la gran ciudad “estaban pasando cosas”, y tuvo que mudarse. Con viejos amigos como Julián Pico, Manuel Fernández y Mauro López comenzaron a formar parte de Las Sombras. Influenciados por bandas como Los Espiritus, Prietto viaja al cosmo con Mariano o Banda de Turistas. “Comenzaron a traer canciones hermosas”, dice Nicolás sobre las canciones de Pico y Fernández. Las Sombras reviven el rock de los 70; un cocktail de pop psicodélico, blues, soul, y canciones incitando a mover el cuerpo.

***

Buenos Aires es un conjunto de ciudades superpuestas, amontonadas; son todas las ciudades en una. Es la cabeza de Goliat, una cárcel, como solía decir Ezequiel Martínez Estrada. Capital es la síntesis de Santa Rosa y de La Plata: con todo lo malo y con todo lo bueno. Una síntesis extrema.

Nicolás cree ver esos tentáculos del engaño por todos lados; esos demonios que merodean las calles a la luz de la ciudad; con largos rostros amenazantes y con propuestas seductoras. “No me interesa el éxito”, repite Lippoli, claramente marcando una postura, a lo largo de la entrevista. Por eso prefiere seguir esas coordenadas que lo acompañaron en cada ciudad que le tocó caminar, en cada ruta: escapar de la “gilada” y de esos “agentes externos” que esperan devorarte. Ve en Maximiliano Prietto (Los Espíritus) un ejemplo a seguir.  Un músico “que no se come ninguna”.

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Foto de Facebook de Nicolás.

Las sombras comenzaron a caer, y solo unas pequeñas lucecitas navideñas alcanzan para vernos las caras. La noche se nos vino encima. Nicolás ve cómo muchas bandas son corrompidas por ese deseo de buscar el éxito que inoculan los agentes externos; muchas veces disfrazados de productores. La esencia, ese espíritu que a veces remolinea peligrosamente es lo que Nicolás piensa defender hasta el final. “Si nos va bien, es porque nos rompimos el culo”, dice. Lo que le importa es este instante. El ruido, las sirenas, el humo gris; las sombras detrás, todo está ahí. La noche de vuelta. La forma de no perderte en esa vorágine oscura es seguir a tus amigos; ese amor-que según Lippoli,-nadie va a poder destruir.

La muerte de un amigo músico hace poco tiempo abrió una herida profunda en Nicolás y en el resto de las bandas. Una perdida que no deja de ser dolorosa y oscura; pero que Nicolás transita como si surgiera en medio de la tragedia, un “mensaje de unión” muy fuerte.  La vida vuelve a ser finita; las cosas se llenan de sentido si realmente las sentís; o valoras mucho más a las personas que te siguen en el camino.

Son cerca de las 22 horas. Nicolás ve un futuro jodido. Un poco por la sociedad, cada vez más violenta, paranoica y dominada por la locura: “no quiero ver a mi generación violentada o atrapada por la gilada”. El dinero va y viene: “el motor de nuestro futuro va a depender de la salud y el amor que nos tengamos”, dice Nico. En definitiva, Nicolás Lippoli, quiere seguir tocando hasta los 70 años como Mick Jagger o Iggy pop; recorrer las nuevas rutas argentinas y “zafar de todos los quilombos”.

 

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