El día que Santa Rosa ardió

Por Matías Gomez

Está bien, entiendo la mala prensa de los días lunes. Es el principio de la semana y el fin de esa cuota semanal de ocio. Pero también es ese día con el que todos se comprometen: el gimnasio, la limpieza, un libro, las clases de pintura, la dieta, la vida. Siempre es el principio de algo. Este lunes fue peor porque era un lunes de enero. La primera quincena. Este año hasta el mundo mismo comenzó su giro alrededor del sol un día lunes. El lunes fue entonces un indicio.

***

La noche del domingo hizo calor y no faltó cerveza. Había comido mucho y estaba rodeado de amigos. Unas pizzas caseras eran la mejor versión de una última cena. Me dormí temprano mientras el jolgorio aun sonaba en mi casa. Ahí sentí lo extraño del calor. Ya era intolerable. Era una de esas noches de enero que te agarran desprevenido. Cuarenta grados sobre mi cama, quieto y con un ventilador de piso prendido. Me desperté repetidas veces preocupado por algo que nunca supe que era. Cuando finalmente me levante un amigo estaba dormido en el sillón y parecía el apocalipsis. Latas, botellas, guitarras y restos de comida que ahora parecía incomible.

***

Con Coca cola y Netflix nos sumergimos en una sci-fi fantasmagórica sobre el curso de una humanidad en la que todos saben cuándo se terminan las cosas. Al terminarse la Coca cola la TV se apagó sola; el aire acondicionado me recuerda a un R2-D2 que se apaga forzosamente.

-Pueden ser diez minutos o una eternidad- digo por lo bajo, mientras prendo un cigarrillo.

-Enseguida vuelve – me responde mi amigo.

Minutos después el calor estaba adentro. El monitor era un espejo negro en el que nos veíamos los dos transpirando sentados. Estuvimos en silencio por horas. Empezaron los bocinazos en el mundo exterior. Salimos a la vereda y las personas hablaban entre ellas sobre el corte de luz. Algunos estaban en sus autos buscando el confort del frio aire acondicionado. Los que estaban afuera, expuestos al sol, se empezaron a pelear irritados por el contexto. Volvimos adentro intercambiando miradas preocupadas.

***

Más tarde los bocinazos llegaron a mi cuadra, me asome a la ventana y vi un Volkswagen Gol con siete personas adentro y otras 14 afuera golpeando los vidrios y la carrocería pidiendo entrar. El aire se veía subir cálido desde el asfalto. Volví adentro y ubique con la vista un cuchillo y una navaja. No dije nada. Algo cambiaba. El golpeteo afuera era cada vez más intenso. Las bocinas volvían locos a los perros y gastaban más rápido las baterías de los autos. Las personas afuera sucumbían ante la rabia del sol y los de adentro transpiraban igual por los nervios. Algunos se calmaban con notebooks o celulares. Pero toda electricidad almacenada tiene un límite.

De a poco algunos se quedaban sin batería y procedían a salir a la calle a exponerse al sol. Los que golpeaban los autos se habían sacado la ropa esperando aliviar un poco el calor. Ahora parecían bestias rojas que golpeaban autos y le gritaban a personas que no la pasaban mejor. En mi cuadra el primero en dejarse llevar totalmente fue Juan Carlos, mi vecino de enfrente. En su Volkswagen cargado de familia tomo la decisión de poner primera y sacar a pasear a las bestias. Lo piso fuerte. Mónica, Raúl y Esteban no sintieron nada. El auto fue directo hacia un camión que estaba a cuarenta metros más adelante. Los cuerpos reventaron del impacto y del calor.

***

Lo primero en irse junto con la cordura fue la noción de comunidad. Empezaron a entrar a todas las casas que podían destruir. La rabia ya era la protagonista. Parecían zombis, pero con malas intenciones. Me fui afuera y cerré la reja con llave. Al entrar agarre mi cuchillo y le di la navaja a mi amigo.

-¿Y si son muchos? ¿O muy fuertes? – pregunto mi amigo con gotas cayéndole por el pecho.

-Les damos- respondí, tranquilamente. Por la puerta pueden entrar de a uno o dos.

Atrincherados y muertos de calor nos miramos sin confiar ni entender del todo. Ir afuera era un riesgo demasiado alto. “Él tiene la navaja, seguro que si intenta algo contra mí lo puedo despachar fácil, soy más pesado”pensé. Note que me relojeaba seguido y se secaba la mano hábil, la de la navaja. Dude e hice lo mismo. Afuera los autos pasaban a toda velocidad con parabrisas rotos y personas -o lo que quedaba de ellas- colgando de las ventanas o el paragolpes. Otros corrían desesperados de personas armadas con armas blancas o contundentes. Mis vecinos policías corrían desnudos con las cachiporras y les cruzara. Los gritos de dolor iban el alza. La rabia estaba disfrazada de calor y se manifestaba en insolación instantánea. La sensacióntérmica superaba cualquier otra sensación o pensamiento.

***

Atrincherados todavía tras la puerta y abajo de la ventana, llegaron los primeros a las rejas de mi casa. Ninguno de nosotros se animó a mirar por la ventana. De un momento al otro golpeaban la puerta con violencia y cuerpos vivos, rojos y enfurecidos volaban a través del vidrio de la ventana. Mi primera baja fue Eduardo, un vecino que me caía mal. Fue duro, pero la primera puñalada en el estómago desato algo más y las siguientes cuatro fueron fáciles. Después con el siguiente. Eran ellos o nosotros. Mi amigo la tuvo más difícil, la primera víctima de su navaja fue la vieja Estela. Una vieja de mierda que era mucho más fuerte de lo que parecía. La carnicería siguió un rato. Lo único que se buscaba purgar era el calor, pero la sangre estaba caliente por todos lados. Las hojas medio afiladas en nuestras manos entraban y salían viciosamente. En un punto no alcanzaba solo con matarlos sino que la temperatura obligaba a despellejar y destripar violentamente todo lo que entraba a la casa.

***

La cuenta final fue de doce. Seis por lado. Quedamos sentados en paredes opuestas de la casa con la ropa desgarrada y bañados en sangre vecinal. Estos yacían en el suelo: desnudos, muertos y desparramados en mil partes. La lujuria de la violencia había sido el motor. Los vecinos desmembrados y destripados estaban ahí, algunas caras todavía nos miraban desde abajo de una pierna o un brazo. Ya habíamos empezado y quedábamos solo dos. Afuera los autos seguían chocando y se oían armas de fuego. Adentro éramos los cowboys del infierno y no dejábamos de mirarnos con los rostros pintados con sangre que se limpiaba sola con la transpiración que emanaba de los poros.

-¿Querés agua? – le dije – Hay en la heladera.

-Debe estar caliente, no hay luz. – respondió.

-Es verdad, te voy a matar amigo. –

 La tentación se sentía en el aire.

-No creo que puedas – dijo mientras se afirmaba el grip de la navaja.

Al ponernos de pie mi amigo se resbalo con un intestino y un charco de sangre. Me abalance esquivando órganos y cuerpos; hice un paso al costado y agite mi cuchillo contra su brazo izquierdo. Apenas un rasguño. Ahora los dos de pie y determinados nos quedamos quietos unos segundos. Al embestir pude poner mi mano en el camino de la navaja y acertar una puñalada en el costado del torso de mi amigo. Cayó al suelo y perdió su navaja entre los vecinos. Me arrodille frente a él y levante mi chuchillo sobre mi cabeza. Justo antes de bajarla con fuerza sobre su pecho, para conjugar así la incisión que me permitiera extirparle los órganos y desparramarlos por el living, escuche clics en el aire. Sonidos de crujir y parpadear. El motor de la heladera empezó a ronronear: el aire acondicionado hizo bip, la televisiónprendió la pantalla y se puso azul, el disco duro de la pc empezó a susurrar.

***

Deje caer mi cuchillo al suelo y levante a mi amigo. Lo lleve hasta el sillón, le lleve agua y un sándwich. Curar las heridas ya era al pedo. Me senté en otro sillón a su lado y volví a poner Netflix, a retomar el capítulo trunco de la serie que estábamos viendo. Mientras el caos afuera se calmaba, mi amigo se moría y la temperatura bajaba el desenlace del fantasmagórico sci-fi que era tan patético y optimista como el de este lunes. Había comenzado con ganas de apocalipsis y hasta se había puesto el outfit correcto, pero así como los momentos previos a ir al gimnasio devienen en quedarse a ver por enésima vez alguna peli vieja, este lunes hizo la del vago y dejo toda la tramoya del apocalipsis para la semana próxima.

 

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