¿Quién es afortunado?

Por Bob Chow

No es infrecuente creer que el mero hecho de existir sea un beneficio neto y, en un número importante de los casos, algo por lo que uno debiera estar agradecido. En el sur de Sudán, y en particular en Darfur, esta creencia cruje. Los únicos afortunados parecieran solo ser los que nunca nacieron.

        Esperando el tren en Wadi Halfa, pleno desierto nubiano, cuna de la civilización, sí, el norte de Sudán alegre sin objeto. La estación es definitivamente rústica. Mougzub Hassan, el amigo local, tiene que estar entre los sobreestiman sus condiciones de vida. Pisando el suelo con sus ojotas hechas con botellas de plástico, señala el horizonte para anunciar, con alegría:

            —Coming! Train is coming!

      Giro levemente el cuello para mirar una vez más aquel parche de desierto. Es verdad… en cierto sentido el tren está viniendo. Estamos así, desde hace una semana, en fin, bastante menos que un parpadeo en términos geológicos.

                                                                                ¢

¿Y por qué hablamos como si fuéramos muchos? ¿Será una gracia del despiadado sol africano o tal vez porque tenemos más bacterias que células en el cuerpo? 3.72 × 1013 microorganismos es un número importante hasta desde el punto de vista cultural. We are only numbers! A los efectos prácticos, por ejemplo al reservar una habitación, mejor pensarse como uno para abaratar costos. Una mujer viene en el tren para el rendez-vous en Wadi Halfa. Con ella sumaremos dos y, si se dan las condiciones ideales de luz y temperatura, traeremos un tercero al infierno del existir.

            Somos solo números que se escriben, se borran y nada significan.

          En One Flew Over the Cuckoo’s Nest, un jefe sioux invertía su tiempo en explicarle a un curioso el sistema tradicional para bautizar a los recién nacidos. Si al nacer el niño, el Gran Jefe veía un águila surcar el cielo, el niño se llamaría Águila Solitaria. Si era una intrépida nube lo que osaba atravesar la bóveda celeste, el niño o la niña pasarían a llamarse Nube Voladora.

¿Pero por qué tanta curiosidad Dos Perros Cogiendo? —pregunta el Gran Jefe al interesado, cuando concluye el relato.

Bajo las altas temperaturas de Wadi Halfa, he llegado a delirar un nombre para este hijo que llega. Vi una máquina, el cerebro. Vi una segunda máquina, el corazón, y dije:

            —Te llamarás Dos Máquinas.

                                                                             ¢

La máquina china que empuja vagones medievales a través del desierto no quiere mostrar su sucia nariz en el horizonte. En cuanto a la primera máquina de carne, el corazón, ¿podría considerarse un artefacto cuántico como la segunda, el cerebro? Corazón y cerebro, dos máquinas cuánticas singularmente abrazadas. Afortunado sería aquel que las supiese hacer trabajar en su máximo esplendor aunque broten como hongos los filósofos que argumentan que «lo mejor hubiera sido nunca haber nacido». La conclusión no solo aplica para las conciencias de carne. Un tal Thomas Metzinger extiende el antinatalismo a las futuras conciencias de silicona.

       Metzinger supone que los programas de computación conscientes traerán más sufrimiento al mundo. Quien haya pasado un tiempo en Darfur —donde los hombres les roban granos a las termitas— no sabrá cómo imaginar que más sufrimiento sea posible. Con todo, en el literal culo del mundo, el arenero llamado Wadi Halfa, esperando un tren que nunca llega, las toneladas de sufrimiento que asuelan el mundo no me hacen necesariamente concluir que no existir supere a existir.

            —China is taking over! —grita Mougzub, siempre alegre, al estilo sudanés, un estilo, muy poco escandinavo.

            —¿Cómo lo ves? ¿Llega el tren hoy? —le pregunto al amigo.

            —Yes! Train is coming! Look! —dice Mougzub.

            Avanzo con los ojos sobre las vías hasta el punto de fuga que se pierde en el infinito. Nada cambia en este horizonte.

            —¿Tienes miedo de quedarte aquí para siempre? —pregunta Mougzub. Podría tratarse de una pregunta retórica. El sudanés se aleja riéndose y uno ya empieza a sentir envidia.

                                                                            ¢

Las palabras que usó Mougzub para hacerse el gracioso fueron in perpetuity. Perrine, la madre prospectiva, viene en el tren desde El Cairo con dos amigos. Egipto no es el mejor lugar para que una turista blanca ande sola. A la noche, en el lokanda, el albergue de piezas compartidas —tres o cuatro camas (marcos de hierro con sogas cruzadas, sin sábanas)—solo, en calidad de único turista, tengo un sueño desconcertante. Estoy volando como un dron sobre la cabeza de este hijo posible, Dos Máquinas, quien me mira con ojos un poco asustados. Le digo:

            —Dos Máquinas, soy tu madre, ayudame.

        Desconcertante, muy desconcertante porque, en el mejor de los casos, seré solo padre. Pienso en Perrine, la madre del futuro que viene en el tren, y si pudo haber tenido algún problema. Además, ¿por qué vuela uno en los sueños?

                                                                              ¢

Seremos tres tres tres. Perrine, Dos Máquinas y el que ahora almuerza koftas con queso La vache qui rit vencido. La botella de plástico con agua siempre cerca como un satélite. Mirar el reloj es una pérdida de tiempo. Me viene a la mente otro sueño con Perrine, un mes atrás, en otro lugar. Ella estaba desnuda, encerrada en una pieza vacía, vigilada por una cobra. Sugestivo, muy sugestivo. Pienso en que pronto, en unas horas, será Nochebuena. Y en que Papa Noel intenta llegar a todos lados menos a Wadi Halfa.

            Papa Noel podrá estar en Nebraska. Lo que aquí llega como un regalo es el tren del desierto.

            —Train is coming!

         El tren, el acontecimiento de hierro oxidado, frena en la estación Wadi Halfa. Los pasajeros saltan del techo y de las ventanas. Busco los vagones de «primera clase», hasta encontrar a Perrine y a sus dos amigos. Ella tiene el pelo recogido, ropa holgada y al besarnos, ni siquiera en la boca, siento un frío incómodo. Algo ha cambiado en la distancia. Cargo su valija. Vamos al lokanda a pie. Ella pide hablar «más tarde», a solas.

4f1415da6 (1)           Se va el sol sin esa charla íntima y esclarecedora. Somos cuatro y, contra mis expectativas, pasaremos la noche en la misma pieza cada uno en su camita de hierro. El aire se ha enrarecido.

            —¿Qué pasó? —le pregunto a Perrine.

         Como no es posible conseguir alcohol en Sudán, será la primera Nochebuena que pase sobrio. Como Perrine no dice qué le ocurre, esta Nochebuena será mala. Pasadas las doce, tras los brindis con agua mineral, abrimos la puerta de una pieza contigua donde no hay más que un colchón de gomaespuma sin sábanas, en el piso, contra una pared. ¿Será este nuestro nidito de amor?

            —Fue un error haber venido hasta aquí —dice Perrine.

            Me tomo la cabeza y pregunto: —¿Por qué?

            Inexplicablemente, ella pega un grito. Miro a mis espaldas. ¡La cobra!

            Una cobra inmensa despliega su capucha infernal en un rincón de la pieza. Instintivamente, protejo a Perrine con mis brazos. Y siento frío.

                                                                          ¢

El dueño del lokanda nos reprende levemente por haber entrado en aquella pieza. A esa cobra, que usa en un show de encantador de serpientes para turistas, le ha extraído el veneno. Convendría averiguar cuándo ocurrió aquello, ya que las cobras viven produciendo veneno.

            —Do you want to see? —dice, con entusiasmo sudanés.

            Su sonrisa no tiene dientes. Su voz parece salir de la laringe computarizada de Stephen Hawking.

            ¿Queremos ver el show? Sé que a las cobras les gusta escupir el veneno directamente a los ojos para que el prójimo muera ciego con máximo efecto.

            Tendremos que pasar la noche en el lokanda a una pared de distancia de la cobra. Conciliamos un sueño liviano, cada extranjero dando vueltas en su cama africana. Me despierto con el sol. A esta hora no hay pajarraco que cante. Salgo a caminar por las calles vacías como una oruga mecánica cuya cabecita solo transporta signos deformes y malentendidos. El desierto empieza a la vuelta de la esquina. Imagino el día en que la arena lo cubra todo y los habitantes pasen a ser granos sin propósito, sin conciencia y sin nadie que los recuerde. Seremos números. ¿Y cuál, entre todos ellos, es afortunado?

 

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

w

Conectando a %s