La calle Corrientes no es la misma sin manteros

Por León Nicanoff

Uno va caminando por Pueyrredón hasta que de pronto atraviesa una esquina, gira levemente y frena. Acto seguido, inhala fuerte, infla el pecho hasta cubrir de aire  el último recoveco de la caja torácica, exhala tranquilamente con mucha satisfacción, observa el panorama y piensa “¡ah! el quilombo, la vida”. Entonces empieza a vagar por avenida Corrientes, barrio Once. O por lo menos eso sucedía cuando los manteros eran parte fundamental del engranaje y la circulación de esta misteriosa calle, repleta de animales, de marcianos, de individuos con tres ojos, de tipas prepotentes, envalentonadas, decididas, de tipos busca vidas con exquisita facilidad de palabra, también estaban los intelectuales, los que se hacen los intelectuales, los que llevan tres, cuatro, cinco negocios a cuestas y un celular para preparar otro más, expertas negociadoras de medias o de remeras mientras de sus tetas alimentan una vida nueva. Gente de color, gente sin color, miradas profundamente encriptadas, miradas sinceras; chicos con autoridad, prepotentes, que te encajan un reloj, adultos que supieron asimilar la experiencia de su vida y se desenvuelven sutilmente, viejos arrugados en cuyas rayas de la cara asoma la tristeza de un duende hastiado. Quilombo, fascinante quilombo. Y ganas de salvarse. Sobre todo, ganas de pasar adelante.

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Foto: Triste calle Corrientes sin manteros

Los manteros, mayormente personas extranjeras que provienen de Angola, de Mozambique, del Congo, como dijimos, cumplían un rol importantísimo en el funcionamiento de la calle Corrientes, porque, con su presencia y sus productos, estratégicamente generaban epicentros humanos donde emanaban historias de los propios poros de sus frazadas. Se concentraban vendedores, pedaleros, sujetos comunes, sicoanalizados, sujetos de la rosca, arbolitos, que te vendo que te cambio, que dos por 100, que redondeamos en 200, que ya viene la mercadería, que ahora rajamos pa allá, que estoy dos horas más. Alguna que otra pelea, gente con calle, pasajera, y de nuevo al rodeo: esto es darwinismo puro, no se permite flaquear, no está permitido trastabillar.

 

Navidad, la prepotencia por salvarse

Veinticuatro de diciembre, a las dos de la tarde acontece un sol que raja la tierra, y de las mismas grietas emergen vapores calientes que convierten la atmósfera en una doble desesperación: la propia desesperación del calor, y la desesperación de hacer un mango más. Si hay un momento dulce, si realmente persiste la posibilidad de hacer una pequeña diferencia, realizar un gustito más, concretar algún regalo más, o bien zafar de la malaria de fin de mes; es este. Los manteros, los vendedores, los buscavidas, los inventores de su existencia, se arrojan a la calle Corrientes, como antes, cuando eran protagonistas, en busca de su tajada, de su legítima tajada. Pero media hora después, la Policía de la Capital Federal despliega sus ruidosos patrulleros por un tramo de la avenida, más o menos desde Pueyrredón hasta Callao, y diluyen toda posibilidad de recaudación. Los echan como perros (o mejor dicho, los perros en la Capital Federal, en la Cuna Oficial, son tratados, por lejos, con excesiva consideración). Hay alguna que otra protesta, algún que otro reclamo, la policía se lleva algún que otro negro, y se roba alguna que otra mercadería. Los comerciantes, me refiero a los que pagan impuestos, es decir lo que hicieron de botones en esta ocasión, miran desde sus mostradores con satisfacción. Nadie se pone a pensar que, como siempre, se apunta al último eslabón de la cadena de comercialización. En general, todos se van, disparan. El día, por ahora es joven. Queda mucha rosca por realizar.

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Ocurre que el alcalde de la Ciudad, en enero pasado, limpió las calles de manteros y creó un galpón, o dos, para que se concentren allí de lunes a sábados de 9 a 19 horas. El tema, justamente hoy, día dulce en épocas amargas, es que es domingo y los domingos el módico galpón no abre. Es decir, los laburantes ni siquiera tenían a su disposición el lugar al que obligatoriamente habían sido mandados; que, dicho sea de paso, brilla por la escasa circulación de almas consumistas.

Se fueron, entonces, a la calle Pueyrredón, desde Corrientes hasta la Plaza Miserere. Poco a poco llegaron, siempre alertas, se instalaron, y nuevamente comenzó la rosca: que las gafas, las remeras, los envoltorios de regalos, los juguitos, los palitos, los pantalones cortos, chasquibunes, los relojes. Negros en abundancia, también colombianos, argentinos, paraguayos. Todos queriéndose salvar, jugando limpiamente a vender sus productos. Hasta que de pronto, llegó de nuevo la metropolitana. Más celosa, más virulenta, más sediciosa. Llevaron detenidos unos cuantos comerciantes ambulantes, más que nada negros, “por qué no se van a sus países, negros de mierda”, robaron mercadería y dejaron en pelotas unas cuantas personas. Incluso, el humilde cronista filmó un suceso donde un negro le pedía por favor que no se lleven sus productos, y casi se lo llevan a él. Amenazó que era un periodista prestigioso de un diario importante y que con gusto iba a ir detenido así después lo sacaban en los diarios, y el policía retobó. El cronista escondió bien el cagazo, pegó media vuelta y siguió. Luego, le agradecieron porque gracias a esa escasa intervención no le había llevado la mercadería. El cronista se sintió orgulloso.

La metropolitana seguía sacando, a los gritos y con las latentes cachiporras, a los manteros. “Negros de mierda, por qué no se van”, “remeraaas, dos por cien”, “yo soy argentina, tengo acá la celeste y blanca y no me voy”, “anteojos de sol, pantalones cortos, todo por cien pesos”. Insistía la gente, el quilombo persistía. La metropolitana más cansada, iba y venía, amenazaba y gritaba, los manteros retrocedían, cuidaban la mercadería como hijos la abrazaban, y se reincorporaban. Esperaban como linces el momento indicado, y cuando ya no había canas en la costa, se reintegraban. El tiempo pasaba, cada vez era más abreviada la capacidad de compra de los caminantes, y la noche buena se acercaba. A esta altura ya no importa nada, cuando se corre o se vive contra reloj, no interesa ir en cana. Hay que apurarse, porque todos quieren salvarse, todos quieren su tajada.

 

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