Una metáfora perfecta

Por Nicolás Jozami

Con el misterio entre los dientes

La palabra texto participa de una etimología cuya metáfora es perfecta. Texto, desde el latín, proviene de textus, que significa tejido. Ahora detengámonos. ¿Qué tiene que ver un texto con una bufanda, un pantalón o una campera? ¿Y si invierto la pregunta? ¿Qué sucede si a una novela policial, pongamos por caso de Georges Simenon, le faltaran las últimas tres páginas? ¿O simplemente, si al libro completo se le agrega un asesino al final que jamás apareció en la trama, y que viene del espacio exterior? Eso podría tener sentido si la atmósfera de la novela, si los indicios, llevan al lector a intuir o a barajar la posibilidad de un criminal con tales características, pero si nada indica que la solución puede venir por ahí, estamos fritos, en el aceite de la decepción.

Del mismo modo, ¿qué sucede con una bufanda a la que le faltaran puntos y se descorriera, abriera, o no nos tapara? ¿Saldríamos con una campera a la intemperie con agujeros en la espalda? Roland Barthes habló de la moda, y acá me atajo: hay novedades que proponen pantalones rotos, remeras también, pero justamente es algo que llama la atención y se utiliza como dispositivo normalizador, que no se define por lo excéntrico, y que de antemano no tiene en cuenta la función de la prenda. De ahí podemos decir que César Aira -y disculpen los airanos furiosos- se cansa a veces de las tramas de sus novelas y las corta donde se le da la gana. Un costurero que las amputa como se corta un pedazo de tela. Es así que el texto también se teje; un texto literario es una urdimbre que debe alcanzar los puntos en su doble acepción: como signos para separar y dividir las frases, y como trama que no deje agujeros en su progresiva constitución.

Los romanos, en esto, la tenían clara, o si quieren, alcanzaron una comparación insustituible: leer, e ir comprendiendo sin fisuras, sin vacíos indiscretos (debe haber de los otros, los necesarios para que nazca el lector activo) se produce cuando el texto que tenemos enfrente está correctamente tejido. Es cierto que somos más proclives a la intolerancia en la indumentaria; podemos pasar y leer textos que no cumplan con el proceso que la metáfora del tejido pide, pero seguramente no dudaríamos en ir a lanzarle nuestros improperios al vendedor de la campera en cuestión, (para que nos la cambie, para que vuelva a tejernos y/o a escribirnos la prenda).

Cuando se aprende a leer, y accedemos a textos literarios más sinceros en su complejidad, notamos en ellos un gesto de arrobo, notamos que esos textos se postulan con una honestidad que está por encima de cualquier trampa. Una historia bien escrita es un regalo al que nunca terminamos de sacarle el papel.

Imagino -porque jamás lo he hecho- que tejer en forma manual debe carecer de dos condiciones: la rapidez y la imprecisión. No puede acelerarse el proceso porque cada cruce de agujas debe necesariamente suceder para que cada punto logre su unión con el anterior y el siguiente; por su parte, la precisión es la atención para saber qué prenda se está tejiendo, dónde concluirla, cómo demarcar sus límites.

Volvamos un momento a la novela policial. Decíamos de Georges Simenon. Hay un breve argumento de una novela suya, llamada El perro canelo, que podemos resumir del siguiente modo: tras un intento de asesinato a uno de los llamados hombres ejemplares del pueblo, el inspector Maigret (detective icónico de Simenon) se hace presente para investigar quién le ha disparado a la víctima, desde un portal oscuro de una casa abandonada. La cosa se complica cuando, llegado Maigret, empiezan a sucederse crímenes tras ese primer intento, que recaen sobre gente conocida del primer afectado; lo único que hilvana (como un tejido) el argumento de la novela, es un perro de pelaje marrón claro que nadie había visto antes y que, cada vez que aparece en el vecindario (una localidad francesa de Concarneau) presagia desgracias y muertes. Maigret tendrá el método irreverente de no tener método; solo escuchar y observar a la gente para resolver el caso.

Bien, ¿qué pasaría si a ese tejido argumental le faltase el perro, o se le corriese el punto y careciera de los tres párrafos en donde se indican las motivaciones del delincuente para cometer su acto?

Tomemos un caso de nuestras tierras, una novela también policial que se configura como un sobrio tejido de colores, pero con los puntos y la urdimbre ceñida y apretadita. La novela (que se recomienda) se llama Las ratas, y es de José Bianco. La trama es sencilla, directa, de una prosa límpida aunque elusiva. La voz de quien narra -Delfín- cuenta la vida familiar en un intento por explicar y explicarse el suicidio por envenenamiento de Julio, -un medio hermano suyo- en un trasfondo sórdido. Pero el tejido que construye Bianco nos aguarda sorpresas, porque es una urdimbre que nos mueve hacia un lado o hacia al otro para descubrir cómo se ha planeado y llevado adelante la cosa. Bianco mueve la tela de la escritura como las hondonadas y las montañas (precisas, armoniosas) que deja un pulóver cuando queda arropado en la cama luego de revolearlo al entrar a casa. Esos sobresaltos, esos efectos en la prenda conclusa, sin fisuras, son los que producen los buenos textos, aquellos que no muestran la aguja, pero que han sido hechos por plumas precisas, generosas, que respetan al lector, lo llevan -y esta es una paradoja-, a una intemperie que resguarda la imaginación, la cubre, la nutre. No les cantaré el final de Las ratas, pero hay que leerlo con broches que sostengan los párpados, porque si parpadean, se pueden perder algo esencial para la conclusión del caso. Solo adelantaré que el personaje muerto, Julio, era un científico al que le gustaba experimentar con ratas.

Texto, tejido, ambos configurando una superficie, una frontera textual, movible, cuyo descubrimiento hace merecedor -a quien lo haya entrevisto- de un lugarcito privilegiado (si no en las enciclopedias), al menos en esta nota.

Italo Calvino, en su Ciudades invisibles describe a Ottavia, ciudad construida con una telaraña que comunica las dos partes de la ciudad. Dice Calvino: “Hay un precipicio entre dos montañas abruptas: la ciudad está en el vacío, atada a las dos crestas con cuerdas y cadenas y pasarelas”. Y más adelante: “Suspendida en el abismo, la vida de los habitantes de Ottavia es menos incierta que en otras ciudades. Sabes que la red no sostiene más que eso”. Un texto es una ciudad-telaraña tejida con una ternura bifronte: cubre y cobija, pero deja puntos invisibles y vacíos para que respire el cuerpo, la imaginación, para que cada lector lo complete o incomplete como mejor lo disponga.

Tengo para mí que quienes inventaron o asociaron la metáfora textual con el tejido, confiaban en que cada lector poseía dentro suyo la paciencia y la pericia para tejer y destejer la prenda con las agujas de su propia fantasía. Cada lector de un buen texto es, de este modo, una Penélope impoluta, que arma y desarma tantas veces a su Ulises, hasta darle la forma perfecta.

 

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