Militantes heridos

Por León Nicanoff

-Me engrupieron-, confirma una primera fuente, aparentemente un nostálgico, no solo del peronismo, sino también de las palabras.

-Yo estoy re caliente-, afirma el segundo, un millennial, recién iniciado, más adecuado a la blableta actual.

-Y ahora muchachos, cómo sigue la cosa-.

 -No sé, explicame vos la cara de otario (y uno piensa: “cortala tangueta”) que me va a quedar a mí cuando vuelva pa’ los barrios-.

-Qué le vas a decir a los vecinos, imagino que tenés un discurso preparadito-, pregunto.

 -Estuve pensando algunas cosas, pero la verdad te digo, todavía no sé-. (Traga saliva)

 -Vas a tener que ampliar las bases de tu conciencia, hermano, inyectarte una dosis grande de creatividad-, digo, y a uno simpáticamente lo putean.

 El cronista le hablaba a uno de esos militantes territoriales, celosamente territoriales que, con el paso lento del tiempo y a través de diversas roscas y rosquetas, formuladas con implacable rigurosidad en circunstancias oníricas, había construido, a costa de cabezas que rodaron, en definitiva, su humilde quintita, su gente, su base territorial; y que ahora la miraba, desde la distancia, como quien mira un castillo de cartas esperando que no corra la brisa final.

Mientras tanto en el cielo acontecía un movimiento de nubes pequeñas, blancas y grises. Una tapó moderadamente el sol.

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Espero que vuelva (como buen militante del cinismo) el dardo que lancé. Que se tome el tiempo necesario, que recobre fuerzas, que tome la primer curva que encuentre, y que finalmente…

-Y vos alcachofa-.

-Para tangueta, yo no me quejo. Si yo fui a hacerles la croqueta allá, a la Don Bosco, al asilo. Me cargué de esas malditas cartas, las repartí módicamente, tanto no me dio la jeta; advertí el recorte que se avecinaba, y que veníamos a pararle la mano, con una mano. Lo que no dije fue que con la otra mano, con la fuerte, lo íbamos a propulsar. Una señora me preguntó si el domingo iba a haber auto para que la llevemos. Me preguntó, seis veces en tres minutos-.

Reímos, pero lastimosamente.

El millennial, curiosamente millennial y peronista, de los pocos, acaso el único en esta tierra infértil, pasivamente déspota, estaba parado, con sus prepotentes granos en la frente, algún punto negro en la nariz, mirando el suelo, sumamente aburrido, tal vez buscando en las baldosas rotas de la calle San Martín, algo del tiempo que con vergüenza había perdido, porque el tiempo, el tiempo, señores, como dijo el tío “transcurre con una celeridad…”.

Agarra el celular.

-No te vas a poner a eliminar las fotos que te etiquetaron con la boletita estampada en el pecho, ¿no?- Se le pregunta al millennial.

Este ríe forzosamente y no responde.

En lo alto aún se podía apreciar el vacío de agujeros, algunos más pronunciados que otros, por donde ingresaba apenas un poco de luz.

El millennial se queda parado, con apariencia destartalada. Mira el piso tal vez buscando una identidad, sin saber que allí se concentran las desgracias, tal vez preguntándose qué hace acá.

Se le pregunta: -¿Y vos qué haces acá?- No hay respuesta, solamente un movimiento de hombros.

Entonces retoma el de la experiencia, el hombre de la territorialidad tenue, el del cerco de hilo de chorizo parrillero, el que tiene por ahora una corta “carrera”, perdón militancia política, pero ya se siente capacitado para acaparar el grueso de las decisiones: porque yo ya no estoy para intermediarios.

-Acá hubo una traición, el que recorta a los jubilados es miserable y no es peronista, tiene que renunciar-, sentencia el compañero.

-Pero por qué no decís nada del autor de todo esto, que es quien firmó… no te habrás hecho ver…

Interrumpe: -¡No! Yo suscribo a las palabras del conductor, cuando dice que parece que da lo mismo que alguien muera a ahorrar diez pesos-.

-Y qué pensás cuando dice que una serie de dirigentes que tendrían que dar espacio prefieren sus egos personales…-, le pregunto, conociendo la respuesta.

-¡Totalmente de acuerdo!-, exclama al cielo, y sigue: –no dan lugar, no generan espacio. Ocurre que prevalece el ego por sobre el interés colectivo-, dice categóricamente, él, que emana ego hasta de sus tobillos.

-Tranquilo, viejo, ahora seguro van a dar lugares, algún espacio vas a encontrar, vas a ver. Ahora, que dejaron todo descuajeringado, ¡tomá la papa, ojo que quema!-, le digo con profunda malicia, libre de todo interés constructivo. No hay respuesta, de ningún tipo, solamente esperamos, no sabemos qué, parados en la calle San Martín.

Finalmente las nubes grises se materializaron en el cielo. Empezó a llover. Próximamente la ciudad será cubierta por una gran capa invisible, cuyos poros liberarán un aroma que no es, precisamente, el aroma que liberan las flores, los jazmines, los eucaliptos.

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