Constructores de fracasos

 

Por León Nicanoff

Hay hombres que construyen su fracaso día a día, lo diseñan rigurosamente para transitar por la curva descendente de la vida. Son obreros de la debacle, el proletariado del descalabro. Pero por qué, preguntarán algunos sicoanalizados, porque en sus almas conservan un componente autodestructivo, responderán otros sicoanalistas. Ocurre que hay gente que le resulta dolorosamente calmo caminar por la vereda acolchonada de su existencia.

El que piense que el fracaso es cosa de perdedores está equivocado. Es una tarea ardua, que requiere de astucia y obsesiva minuciosidad para tropezar en los momentos justos, para retirarse a tiempo, con proverbial elegancia, cuando uno detecta, olfatea, que está por ingresar a la puerta frívola donde la gente se palmea, se marcan un camino interminable a seguir, construido por individuos que hace mucho tiempo se cansaron de correr, siempre desde atrás, a su propia vida.

Los protagonistas de este relato son especialistas en el retrorunning, incisivos autoboicoteadores, profesionales de llegar tarde a todos lados. Conocen, porque conocen las reglas del juego -para fracasar primero hay que conocer las leyes del éxito-, las sutilezas que demandan las relaciones públicas. Pero no las comprenden, esa diplomacia berreta que encubre una lucha de vanidades. Entonces llegan tarde, conspiran contra sus relaciones: los piantadores de votos. No son terminantemente inadaptados, no son exagerados ni sobreactuados (los que se comportan así, en realidad, no son genuinos constructores de fracasos, sino más bien adoptan la postura esnob del fracasado por haber querido ser célebre en algún momento pero por sus propios temores y debilidades la vida, como una topadora, los llevó por delante).

Ellos plantean estrategias para desenvolverse. Ocultan el fracaso. Porque se cree que es contagioso, los que creen que el fracaso se hereda. Ellos saben que no, que no se hereda, que el fracaso se construye. Los más perversos llegan hasta las últimas consecuencias, casi que se creen su propia mentira, su estabilidad, saborean por un tiempo prolongado el jugo de una vida satisfecha. Y en el momento menos esperado por las incomprensibles cabezas de su entorno, caen, de nuevo, por la espiral hacia abajo. Y desde el piso, se levantan, con panoramas inciertos, caminos inhallables. Sucede que el único frustrado es aquel que lo vuelve a intentar.

Estos sujetos son despojados, inevitablemente solitarios, algunos brillantes, otros no tanto, divagadores incansables, profesionales del pedal. Conocieron la tristeza y la abrazaron, algunos muy de prisa, algunos no la aguantaron y se estancaron para todo el viaje en su primer fracaso, porque absorbieron el buzón de la buena reputación. Los que no, los que se superaron, me refiero a los soñadores, los militantes del cinismo, los que se derrumban sin salvación pero quieren salvarse, llegaron a comprender que todo en el fondo es una joda que puede ser divertida, que, en definitiva, la vida no es más que una sucesión de roscas; se dan manija, se manijean, reproducen manijas incontables, y así van, trastabillando, los accidentados, los sobrevivientes, los soñadores, los fracasados. Tipos enormes.

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