El mundo es una mierda

 

Por W.R Fouler

Imagen: Agostina López

El mundo es una mierda, desde siempre lo fue. No tengo esperanza alguna que mejore, ni siquiera en un futuro ajeno a mí.

Debo a eso mi despreocupación por todo, me considero un hombre libre de responsabilidades.

Esto tiene sus contras, llevo carnet de loco, lo que restringe mi libre albedrío.

A fuerza de berrinches he logrado sin embargo ciertos permisos; dar vueltas por la plaza en las siestas o pararme al borde de la laguna los miércoles a la mañana. Desde allí observo con mis ojos de rayos x la danza de los peces bajo el agua. Puedo los sábados a la noche acodarme en la barra del bar y divertirme con las charlas de los borrachos.

El domingo que pasó a las seis de la mañana o cinco y media, un borracho llamado Luca Trenti rompió la armonía en mi vida gritándome hipócrita, porque digo cosas de borrachos sin estarlo.

Yo le respondí:-No hace falta estar borracho para conocer lo que es sufrir.-

Podría haber dicho: “No hace falta estar borracho para saber sufrir”, o “no hace falta haber sufrido para ser borracho”, pero dije lo primero.

Un rato antes charlábamos amigablemente, Luca Trenti numeró todas las especies de ratones. Cuando acabó de nombrar todas las especies conocidas, continué su numeración nombrando ratones de biblioteca. Nombre al bibliotecario, al escriba, al literato, al historiador, a los investigadores, a los miembros de la Real academia, al archivólogo, al filósofo, al crítico literario, al lector compulsivo, al profesor jubilado.

Luca Trenti disgustado dijo que estábamos hablando del reino animal, le respondí que los humanos somos humanamente animales. Como no le agradó mi comentario pidió otro trago y giró su cuerpo sobre el taburete dándome la espalda. Al rato volvió a girar regresando al tema, y dijo:

-Los ratones son ratones y los hombres somos hombres.-

-Dentro de la fauna de los hombres también existen los ratones, pero no quiero hablar más del asunto.-respondí

Giró de nuevo e hizo de cuenta que yo no existía. Por un par de horas no me miró, ni respondió a mis preguntas. Pero al final de la noche prendiéndose el saco, después de avisar que se iba a dormir y de que mañana sería otro día, me llamó hipócrita.

Por mí que digan lo que quieran, tal vez no pueda definir quién soy pero sé lo que no soy y eso me hace lo contrario a un hipócrita: sincero, ingenuo, autentico.

Yo sé que nunca seré un hombre respetado, ni una persona madura, ni solemne, ni capaz de interpretar las sutilezas de los pensadores. Nunca seré un guerrero, ni un héroe, ni un brujo.

Las mujeres jamás suspirarán por mi y menos según pasen los años. Las madres no me confiarían el cuidado de sus hijos, ni el comerciante el de su capital. Nunca seré del todo feliz, solo relativamente en algunos momentos.

Mi sonrisa franca de dientes podridos no agradará nunca, ni el olor de mi cuerpo  desacostumbrado al agua.

Mi forma de hablar es la de los borrachos y los locos, por eso me entiendo con ellos, a medias, dentro de nuestra excentricidad.

Ser considerado un loco me libera sin embargo de las pesadas cargas del hombre medio, todo lo que digo es tomado con una sonrisa piadosa por ellos y esto me agrada porque sé que el mundo no depende de mí. Entonces puedo retozar ocioso como cualquier otro animal de la tierra y dejar los importantes asuntos, creados por la estupidez humana, confiadamente en manos de los estúpidos humanos que quieren dirigir el mundo.

Yo sé que moriré al igual que el resto, tal vez antes, y que me enterraran en el fondo del cementerio bajo una cruz de madera, si creen que soy cristiano. En un lugar poco transitado. Lejos de las grandes tumbas de los que creyeron moldear el mundo.

Creen moldearlo y lo arruinan, pero esto dura un tiempo tan pequeño que es imposible de medir dentro de la eternidad. Nada quedará de su esfuerzo; eso es a lo que me refiero cuando digo estupidez.

Tengo un perro que duerme conmigo porque no se quiere bajar de la cama, lo echo pero vuelve. Hace tanto que duerme conmigo que las pulgas ya no me pican.

Los dos sabemos que somos pasajeros de una roca que viaja por el cosmos y que no se puede pilotear. Sin embargo no sentimos el vértigo, ni dejamos que la desesperación nos inunde. A esto los borrachos no lo entienden, por eso son borrachos, pretenden estar adormecidos en caso de una colisión.

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