Banderitas y globos

Por Matías Gómez

La política de la re significación o la re significación de la política.

El acto del pasado 12 de Octubre no fue la gran cosa desde lo noticiable. Un galpón con algo así como mil personas, además de unos 20 periodistas y algunos infiltrados seguro también hicieron presencia. La gran multitud, los que estaban sentados en lo que sería la proximidad del lugar donde hablaría Macri eran arduos fans del “Si, se puede” y lo coreaban sin ningún problema y era absoluto e inmediato. Como los “ole” en la cancha cuando el equipo toca sin parar. Las palabras de presidente fueron breves, después de esperar cerca de dos horas el muy gato –para bien o para mal- habló solo 15 minutos. Si era más, se le saca más jugo, si era menos había que seguir tolerando ese caldo PRO.

Cuando comenzó a hablar, después que Maquieyra terminara con su speech, comenzó nombrando a Antonia, que había cumplido años el día de Argentina-Perú, y siguió con el partido. Habló de silencio en el país en ese momento y de que gritó los goles como un loco. Luego prosiguió a dar consignas y a alentar a La Pampa, dijo que nos extrañaba. Más tierno este Mugri. Un militante mapuche lo quiso interrumpir pero no pudo. Tampoco lo interrumpió la seguridad que se quiso llevar al militante foráneo ni el hecho de que toda la audiencia le cantara a este el “Si, se puede” más cargado de odio de la historia. En ese momento sentí la violencia y el fascismo en la ideología del cambio. Algunas de las gradas y una buena parte de los del público alzaron sus puños al aire siguiendo el tempo de ¡SI-SE-PUEDE! ¡SI-SE-PUEDE! Sentí que temblaba el lugar, me olvidé que el Presidente de la Nación se dirigía a nosotros. Más tarde, en videos, escuché que mientras lo callaban y lo agredían coralmente al militante mapuche, el gato mantuvo la línea de su discurso, no perdió el tono y no hizo pausas inesperadas. Se cambia así. No de otra manera. Así. Agarrá un globo y cállate la boca.

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Este pequeño hecho, opacado ya por la detención del huevón Prina, demostró algo en lo que hay que reparar. El aparato. ¿Por qué de repente a Cambiemos le va tan bien en La Pampa? La semana próxima habrá un texto en este mismo medio hablando particularmente del peronismo en la provincia, pero por ahora adelantemos un poco la pelota del lado del Frente Cambiemos. A diferencia de otros frentes -la alianza, el frente para la victoria, frente por la lealtad, coalición cívica- este es específico: Cambiemos. Para poder cambiar hay que venir de algo. Durante la campaña se tirotearon con de todo –simbólicamente-. Cuando asumieron pareció que se iban a cansar de hablar de la pesada herencia. Pero su premisa nominal indica que no lo dejarían de hacer. Una vez quedó claro el tema de la pesada herencia le cambiaron las palabras. Ahora son mas contundentes, hablan todavía de la misma herencia pero con consignas puntuales.

“Nos dijeron condenados al fracaso, que los políticos son todos iguales, que solo nos pueden gobernar los mismos de siempre, nos dijeron que somos el país del sálvese quien pueda, que el problema de Argentina son los argentinos.”

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Eso es un extracto textual del discurso del presidente, que con otras palabras ya había dicho Maquieyra. Y que con las mismas palabras y la misma voz están armados los videos de propaganda del Frente. Se refiere a lo mismo, el enemigo no cambió, eso es lo único que se mantiene, Cristina hace poco fue entrevistada y el evento tuvo trascendencia nacional –a pesar de que la entrevista fue un embole-. Esto a los del cambio los ayuda. Les mantiene la herida del pasado mas viva. Su tratamiento semántico de las palabras es verdaderamente fantástico. Mauri –que también es Macri- fue breve, pero Martín –que también es Maquieyra- habló cerca de media hora y no dijo absolutamente nada. Pero para cualquiera que no le importa, o que va a apoyar no se da cuenta. Ese distraído escucho treinta consignas, cuando en verdad fue lo mismo con diferente orden en las palabras, con sinónimos, con artilugios del lenguaje que les permiten ser mas penetrantes.

Como estudiante de comunicación y consumidor de House of Cards me quedé conforme con el trabajo de Marcos Peña –que vendría a ser Mark Usher en la ficción de Netflix-. El lugar, el formato, el ambiente previo, la espera. Todo fríamente calculado, familiar y perfecto. Hay que entender que si ganan por tanto en La Pampa –la que fuera la provincia con más de treinta años de peronismo ininterrumpido- algo habrán hecho. Y lo hicieron bien. ¿El salón? Depende quién lo mirara podría haber sido el escenario de una pelea de boxeo, una cancha de futbol, un espectáculo de circo callejero, un cumpleaños infantil, un cumpleaños de quince, un monton de cosas. No faltaban globos ni niños jugando con ellos, no faltaba nada, ni siquiera opositores o grises.

Por último y quizás menos relevante la música, por buena parte del tiempo que todos pasaron en ese salón caluroso hubo música. Y si algo es importante en una sala de espera, es la música. No vi, ni conocí al DJ –diciendo DJ doy mérito a alguien, cuando posiblemente era una lista en automático-. Estoy seguro que si a este DJ le preguntábamos hoy o en su pasado noventoso ¿Qué música escuchas? Hubiera respondido con algo en los términos de ¿de todo, cualquier cosa bien arriba? Ahora hago un ejercicio por placer, me lo imagino. Es un adulto millenial, ronda los 35, en los noventa la pasó bien yendo a los boliches de la época –mi edad me impide nombrarlos con precisión- y todavía hoy va a v8 o a kryon. Fue horrible. Un pastiche de hits aleatorios sin ningún hilo conductor más que un imaginario ¡Que no decaiga! Sonaba Carlos Vives junto a Shakira entre un tema de IKV que recitaba “a mover el culo” sin parar. Después venia despacito, se cortaba por un video promocional de los slogans del frente, un fade-in y un fade-out grotesco separaba el video del estribillo de Get Lucky de Daft Punk y durante todo este tiempo las gradas visiblemente se movían de lado a lado. Ahí la pegaron con todos. De a ratos hasta conmigo.

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