La quimera

Por Nicolás Jozami

“El metafísico: es mucha enredada fantasmagoría de personajes, lector, autor. Y no es que finjan enredarse; no saben qué son. Esto se resuelve todo así: son todos reales; cualquier imagen en una mente es realidad; vive; el mundo, la realidad es toda mera imagen de una mente. Lo que no es imagen es la Afección: placer, dolor. El existir no es pre-deseable; en el pre-deseo de ser ya hay ser; lo que no hay es el comenzar, el no haber sido, en el cual situaríamos el deseo de ser”.

Macedonio Fernández. Museo de la Novela de la Eterna. Capítulo X.

 

Era una noche fresca de otoño con luna refulgente. Estaba en la habitación del departamento, en Córdoba, escribiéndole una carta a un amigo que suele detenerse como yo en los goces y en las desventuras de la lectura y la escritura.1

Antes de comenzar a redactar, había leído una antología de poesía y prosa alemana (me conmoví con algunos versos e imágenes de Hölderlin y con un relato fundacional de Von Hofmannsthal) que estaba con su lomo hacia abajo, descansando en el extremo superior izquierdo del escritorio. Lo acompañaba un libro sereno (e inverosímil por el tesón desmedido del viejo Santiago para sacar el enorme pez) de Hemingway, sobre el que apoyaba la pava del mate junto a una Biblia, obsequio de mi madre antes de mi llegada a esta ciudad para desarrollar mis estudios.

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Solo en mi habitación, desmenuzaba mentalmente con paciencia algunos avatares y los escribía para hacerle llegar a mi amigo algo de mi existencia. Una de las cortinas se ondulaba reiteradamente simulando vientres hinchados, debido a la brisa que entraba por la ventana.

Había llenado la tercera página cuando decidí soltar la lapicera un momento. Corrí la silla unos centímetros hacia atrás apoyándome en el respaldar, me aferré de las hojas y comencé a releer, ya que cuando uno escribe, lee, en forma circuncisa e interrumpida, pero lee.

A las veinte líneas respiré profundamente, cebé un mate y lo sorbí de un tirón. Repasé los temas de la carta: mi incredulidad respecto al argumento ontológico de San Anselmo, que Rodrigo conocía muy bien; mi temporario trabajo en un diario cordobés; mi posición respecto al desenlace de un escrito de Henry James; la idea de escribir algo juntos sobre el mito del precoz Rimbaud, y algunas vivencias con mujeres, de las que muchos hablan pero pocos conocen.

Algunos pasajes me acercaron mucho a mi amigo, y resolví leer la carta otra vez, como forma de recrear un fugaz encuentro. Tomé el último mate mientras que, a modo de fútil movimiento, extendí mi brazo izquierdo por sobre la silla en dirección a la ventana, deslicé con el pulgar el anillo de plata de mi anular hasta sacarlo, y lo puse en el inicio del mismo dedo pero de la mano derecha. El pequeño objeto tenía grabado unos nudos que dividían reiteradamente la figura de un animal mitológico. Dándole vueltas en el dedo, el anillo parecía la víctima de un verdugo que se mofaba de su poder y capacidad de subordinación.

Mientras leía, jugaba con el anillo. Hacía piruetas que se repetían pero siempre parecían diferentes. Y aunque recordaba varias ideas que teníamos con Rodrigo y que pensábamos ejecutar, mi mente se detuvo en una, que a su vez se bifurca: la de que cada objeto que conforma el universo posee partículas de todos, y por inferencia, la de que cada cosa es capaz de convertirse en lo que queremos. Sencillamente lo que hace la imaginación, me dije enseguida, sacándole solemnidad a la hipótesis. Uniendo las dos ideas buscábamos con mi amigo ejemplos de ello, pero llegábamos a la conclusión de que eso no sucedía debido a la pereza con que nuestra precaria conciencia se ha concebido y educado. Dedujimos que estos casos sólo se daban en “actos inconscientes o preconscientes de alta fuerza”, de los que algunos han sido testigos. ¿Acaso Blake no había escrito ya en el siglo XVIII que las puertas de la percepción (los sentidos) nos ocultan el universo y que si pudiéramos cerrarlas, lo veríamos tal como es, infinito y eterno?2 ¿No era acaso lema del surrealismo el fin de las oposiciones captadas por el espíritu? ¿No aparece ya en el primer monólogo fáustico de Goethe la frase “todo se entreteje en el todo y que lo uno obra y vive en lo otro”?

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Todo objeto tiene partículas de todos los elementos del universo, pudiendo entonces cada uno mutar en su composición. Esta idea negaba las leyes físicas (y las otras), a las que admitíamos como convenciones engañosas que guiaban nuestro pensar. Íbamos más allá de lo propuesto por el griego Anaxágoras, que, si bien no aceptaba que un elemento pudiera convertirse en todo lo existente en la naturaleza (eso sí creía Empédocles a partir de los cuatro elementos, Tierra, Agua, Aire y Fuego, y los dos principios dinámicos Amor-Discordia que componen el universo y que nuestros ojos perciben mezclados en cada mirar), planteaba que todo objeto posee elementos de la totalidad de lo existente, y que cada parte contiene el todo. De esta manera, en una cruz de metal, por ejemplo, coexisten todos los elementos posibles, y a su vez las mismas partículas están tanto en el centro como en su extremo. Recordé a Plotino, quien en sus Enéadas (V, 8, 4) declaró la extensión total del principio de identidad: “Todo, en el cielo inteligible, está en todas partes, cualquier cosa es todas las cosas. El sol es todas las estrellas y cada estrella es todas las estrellas y el sol”.

Esas ideas vinieron a mi mente luego de leer el cuarto párrafo de la segunda página de la carta cuando percibí que el anillo, que bailaba en la punta de mi dedo, se desprendía como un trozo de mármol de un balcón, o como un frágil cristal de excesivo valor e incalculable belleza. El anillo sonó al caer y oí, en una aguda melodía, la desintegración de su unidad en cientos de minúsculos pedazos. Solté las hojas de la inconclusa carta y volví mi cabeza al suelo. Deformados e incoherentes trocitos plateados quedaron dispersos por toda la habitación. Parecían piezas de un gran rompecabezas color gris. Había decidido imaginar que el anillo fuese de cristal a fin de sostenerlo en mi mano y tratar de que no se cayera mientras leía la carta. Era una idea lúdica y piadosa, como para que mi conciencia estuviera atenta a las dos situaciones (la lectura de la carta y el equilibrio del anillo). Si hubiese fabulado que el anillo no se rompería al caer (como debió ser), no hubiera maniobrado esa idea de rotarlo en la punta del dedo. Al momento de su caída, le estaba otorgando atributos del cristal, y por ello se hizo añicos contra el suelo (que si por otra parte hubiera imaginado como una ancha alfombra nada le hubiera ocurrido al objeto, que estaba siendo de cristal en ese instante).

Allí, solo en mi habitación, fui espectador privilegiado de aquel acontecimiento. Los trozos del anillo efectivamente volvieron a ser de plata, pero en el instante que medió entre que se desprendió de mi dedo y estalló contra el piso fueron, formando el objeto, de delgado cristal. Quise creer que cada cosa es potencial arcilla; sólo bastaba con que el denominado acto aristotélico (una especie de alquimia mental) lo hiciera posible.

Antes de recoger los pedazos del anillo que ya he tirado, decidí anexar a la carta que envié a mi amigo este hecho que he relatado, haciéndolo partícipe también a él de lo que me sucedió. En la carta lo mencioné como El incidente del anillo o la Puerta a la Verdad.

1 Ese amigo del que soy benefactor y prodigador de sus ideas es Rodrigo Muñoz.

2 Recordé el proverbio de Blake: “Ningún pájaro se eleva demasiado alto, si vuela con sus propias alas”.

 

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