Horda vecinal y justicia por mano propia

Por favor, ¡difundir!

El Joven Católico, quien supo escribir una carta con mucha virulencia al señor ministro de Seguridad Juan Carlos Tierno, reapareció pero se encuentra en problemas. Graves problemas. Y necesita ayuda. Escúchenlo.

Por Joven Católico

Tengo miedo. Hace pocos días robaron en el “complejo” en donde vivo. Alguien entró y robó. Se llevó algo y se las tomó. Y ahora estoy sentado en el piso, en un rincón de mi departamento, en silencio, en la oscuridad, con mi computadora que le saqué casi todo el brillo para que nadie sospeche que estoy acá. Estoy en el ángulo más alejado de la puerta de mi departamento, por las dudas. Pero estoy abajo de la ventana, la puta, pueden entrar por acá. No sé qué hacer. En fin, quiero dejar testimonio, solo eso. No sabía que las cosas se iban a complicar así. Eso me pasa por no tomarlas en serio, por reírme, por no entender al vecino, al estado del ser del vecino en comunidad. El vecino es comunidad, existe en relación a otro, sino no sería vecino. Pero el vecino organizado… ¡mamita! me quiero ir. Ahora estoy leyendo “La comunidad total” de Nicolás Jozami para entender qué está pasando, pero es tarde, muy tarde ¡Nico atendeme! Qué hago. No responde. Estoy solo y escucho ruidos, pasos. Y ya agoté todas las alternativas. Incluso, hace 10 minutos, en el momento de mayor desesperación, cuando solo respiraba tormentos y nada más veía sombras, traicioné la única convicción que alguna vez tuve: no llamar a la cana bajo ninguna circunstancia. Llamé, a través de un amigo, y les conté mi situación, pero no quisieron venir. No vamos a entrar ahí, me dijeron, estás loco, tengo familia. Y cortaron.

El pasado cinco a eso de las seis y media de la tarde, yo estaba acá, donde estoy ahora pero más tranquilo, tomando mate y haciendo huevo. Aparentemente entre esa hora y las 7 de la tarde, dos personas entraron con mucha habilidad al “complejo” y cruzaron (me los imagino) alegremente por el pasillo sin que nadie los registre. Como decía, yo estaba tomando unos mates, y ellos estaban a unos metros de mí, ya que la casa que habían seleccionado era estrictamente la de mi vecino, vive al lado mío. Entonces abrieron las persianas, se deslizaron por la ventana, y lo despojaron de uno de sus televisores (el de 30 pulgadas), del control remoto, e irónicamente de un tenedor largo (todavía no logro decodificar la ironía pero sé que hay una). Hay que destacar la silenciosa hazaña de las que fueron protagonistas, como bailarinas en punta de pie. Bueno, a los 30 minutos, quilombazo: sirenas, patrulleros, puteadas, pataleos, perros, vecinos, hay que matarlos a todos, tortugas, chicos, más patrulleros, y me golpean la puerta. No atiendo. Me tocan el timbre, me levanto embolado y abro dos puertas: la puerta de mi departamento, y la puerta de mi condena: pensé que jugaba river que estabas tanto a las puteadas jaja, le digo a mi vecino. Abre los ojos los abre más, abre los orificios de su nariz los abre más, arruga su cara la arruga más, y finalmente por último después de una eternidad me dice “no viste nada, no escuchaste nada”. No, le digo, qué pasó. Y me dice bla bla bla, y yo le digo uuuh bla bla bla y me dice bla hay que matarlos bla a todos bla encima un tenedor se llevaron. Y yo naturalmente me reí, pero piadosamente, tampoco tanto, y finalizo: bueno viejo, quevaserle, mala leche, y cierro la puerta. Grave error.

Al día siguiente, cuando vuelvo a mi casa a eso de las 2 de la tarde, me trago el portón porque ya estaba cerrado con doble triple cuádruple vuelta. Después de 15 minutos de buscar la llave, entro, y pienso que un petiso de pera exagerada, con granos como borbotones en la cara, se tropieza pero en realidad me estaba saludando con la cabeza. Estoy empapelando el complejo, me dice con la misma euforia que tenían los Viet Cong antes de luchar contra los yanquis. Efectivamente, todo el lugar había sido inundado con la consigna “no dejen entrar a cualquiera”. Y le digo, y quién vendría a ser cualquiera. El petiso deja de encintar la pared y mira al suelo, no responde. Entonces le digo, claro porque alguien que para vos es cualquiera para mí no y viceversa. El petiso se da vuelta con toda su pera y me dice “se entiende, se entiende quien es cualquiera, se sabe, se sobre entiende”, y toda la euforia se concentra en la pera. Bueno… le digo, y me voy metiendo a mi departamento en cámara lenta.

21769171_10214109522196303_1847468365_o

Pasan dos días y me entero que se estaba coordinando una asamblea en el centro del “complejo” a las 11 de la noche, ¿a las 11 de la noche? No fui, ¿quién se organiza por la pérdida de un tenedor largo? Esa noche me acosté temprano. Cuando desperté y salí, note que mi puerta había sido empapelada con tres carteles. Los saqué pero cuando volví después de unas horas, no solo mi puerta sino también la pared estaban atestadas de consignas que advertían “no dejen entrar a cualquiera”. Titubee, miré para los costados y entré rápidamente a mi casa, lo admito. Pero no le di la importancia que realmente debería haberle dado. Seguí con mis días y la gente, que antes ni siquiera se miraba, ahora se empezaba a saludar, a la distancia, con abrazos, besos. Entre ellos se sentían cómodos, aunque tenían cara seria, excesivamente seria, la frente estrujada y la postura, que adoptaban a la hora de cuchichear, era unánimemente fruncida. Existía un lazo invisible que los envolvía y los unía, y lo unía cada vez más. Y cada vez más.

El día después de la segunda asamblea a la que nuevamente no asistí, comprendí la gravedad de mi situación. Muy tarde me enteré que aquella noche los vecinos, excitados de sobremanera, crearon una rama armada, una organización paravecinal. Cuando volví a mi casa, cerca de las 20 horas, me crucé con la chica del sexto que se estaba yendo sin cerrar el portón con llave. Cuando me vio, su cara se desfiguró y se tornó pálida como un cadáver: ¡perdón perdón, no me di cuenta, no encuentro la llave, perdóname, no digas nada! Y salió corriendo desesperada hasta perderse entre los autos. Entré al complejo, desconcertado, y un vecino, el único aliado que me quedaba, me informó que me estaban buscando, que me consideraban un traidor por la doble inasistencia, y que el castigo era la muerte. Ingresé rápidamente al departamento porque en el fondo observaba que se estaban juntando en el portón, con cuchillos largos, palos puntiagudos y cascotes en las manos.

Y por eso estoy acá, encerrado. Me están buscando. Y creo que se dieron cuenta que estoy adentro, ¿me habrá buchoneado Juan? Ese hijo de puta. Sí, ¡me vieron por la persiana!, están golpean la puerta. Quieren entrar. Ahora pararon. No, ¡tienen llave! ¡Están entrando! Que sea lo que Dios quiera. Donde estés, porque en algún lado debes estar, Dios, en el fondo siempre creí en vos. Por favor, tené consideración y perdonáme por todo.

Si no vuelvo a escribir, imaginarán el desenlace.

 

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

w

Conectando a %s