Morir a destiempo

Por León Nicanoff

Una tranquila ciudad de casas prolijas y plazas hermosas comienza a desperezarse cerca de las seis de la tarde cuando los comercios abren. No tan alejado del centro, en un edificio sobrio como el cielo gris, precisamente en el piso tres, un hombre seguía acostado, tapado hasta la nariz, contando las manchitas de humedad de su techo. Hacía unos cuantos años y pese a las intensas lluvias de la última semana -que lo obligaron a quedarse encerrado- llevaba contando 36, ni una manchita más ni una manchita menos. Esta característica -la de la permanencia- se expandía por todo su departamento: la misma biblioteca de siempre con polvillo en los estantes al costado del sillón blanco, el mismo cepillo de dientes en el vaso transparente, las zapatillas atadas al pie de la cama, su frazada azul y cálida siempre arrugada, y sus dos almohadas: una en la que acostaba su cabeza y otra intacta en la que su soledad descansaba. Más allá de su habitación, pasando por la sala de estar donde una taza de café reposaba fría sobre una mesa ratona, dos cortinas doradas eran empujadas por el viento que provenía de un balcón amplio. El hombre, cansado de la cama, siguió este camino y tomando aire fresco, observó la ciudad. Mientras se apoyaba sobre el tapial angosto en las extremidades del balcón, pensó: “qué época ésta en la que nunca pasa nada”. “Que aburrimiento, todo está quieto y nadie provoca nada”. Entonces, dio una vuelta sobre sí, un pasito para el costado y otra vuelta sobre sí y, mientras el sol empezaba a caer, dijo bajito: “me muevo y no pasa nada, todo sigue igual, el tiempo pasa y no cambia nada”. Ahora, bastante molesto, ya con el sol a punto de desaparecer, pegó un salto y subió al tapial angosto. Desafiando el presente, caminó haciendo equilibrio. Redoblando la apuesta, y abrumado por la estabilidad, se quedó en una pierna,  pero al tercer saltito cayó al vacío. Una semana estuvo en coma, dos semanas, seis meses, varios años; hasta que los médicos perdieron toda esperanza y, a modo de experimento, decidieron congelarlo.

Cien años después fue hallado por una familia curiosa que, con la aparatología pertinente, poco a poco lo descongeló. Diez días más tardó en despertar de su eterno sueño y diez días más le llevó entender que no era un sueño. Abrió los ojos finalmente cuando escuchó  ruidos y gritos del otro lado de su habitación. Entonces desconcertado se acercó sigilosamente: un hombre y una mujer peleando, al parecer la familia se estaba separando. Aprovechó y miro a su alrededor. A su derecha, un portaretrato electrónico cuyas fotos siempre distintas aparecían y se iban, aparecían y se iban. A su izquierda, un enorme televisor que cambiaba de color, emitiendo sonidos que se mezclaban con el tránsito y la música de otro aparato. Frente a él, niños atolondrados prendiendo y apagando luces blancas y amarillas. Más adelante, un anciano sentado solo en el sillón, engullendo comida separada en pequeñas unidades descartables de plástico. El hombre, muy preocupado, se escapó del edificio mientras los semáforos cambiaban, los negocios abrían y cerraban y las personas desconocidas lo pasaban. Sin darse cuenta, caminaba dando pasos largos, fuertes y ligeros. Como si fuese chupado por un embudo, se acomodó a esa rápida actitud moderna. Hasta que, haciendo un gran esfuerzo, tomó envión y salió del túnel que lo empujaba. Cansado, muy cansado, se apoyó contra una columna de cemento; pero antes de recuperarse se agitó nuevamente al reconocer un balcón de tapial angosto. Detuvo a una muchacha, que iba con un celular escribiendo con una mano y con su otra mano hablando por teléfono, para preguntarle sobre aquel edificio. La muchacha le respondió que hace mucho tiempo vivía un viejo loco según le habían informado, que luego se convirtió en un restorán, después en un comercio de ropa, por último en un salón de fiestas, y que ahora solo era un edificio sucio y abandonado. Entonces, asombrado, se acercó al edificio, forzó la puerta y subió rápidamente por las escaleras. Entró al departamento, luego al balcón, subió al tapial angosto, se quedó en una pierna y, contemplando la ciudad, dijo: “Qué época ésta, cuánta vorágine ¡tanto movimiento me paraliza!” y saltó una vez. “Cuánta conciencia de lo transitorio, qué tradicionalistas del cambio, ¡les encanta la novedad!” miró con desprecio a las personas que pasaban y saltó por segunda vez. “Qué rápido es el tiempo, ¡tan inmediato y fugaz!, no llego nunca a hacer nada, no llego nunca a concretar nada, ¡todo es tan efímero e irreal!”. Y saltó por tercera y última vez.

 

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