Freddy ha vuelto

Por José Córdoba

El muchacho pensaba que todo había pasado. Pero el pasado deja huellas que son difíciles de borrar. Es así que una madrugada de ensueños, volvió ese personaje que solo se había presentado en sus pesadillas de niñez. Pero esta vez sabe que no solo le había dejado una marca somnolienta. “Pensé que nunca más ibas a volver”, le dijo. Lo miró directamente a los ojos, sonriéndole. Freddy siempre vuelve. Nunca se fue. Es omnipresente en varias generaciones. El muchacho no había vendido el alma al Diablo, pero… “Yo te hice lo que sos. No podes olvidarte de mi”, respondió.

El sacrificio del pibe fue en un resbaladero. De a poquito, casi sin darse cuenta. La entrega y el esfuerzo fueron sus bases para ser quién es hoy. Pero algo de Freddy tenía. Algo hacia ruido en su inconsciente. Una música acerada, rasposa, de violines eternos y agudos se escuchaba en su mente. No quiere volver a dormir. El surrealismo lo invade y no distingue lo real de lo ficticio, ni imágenes atemorizantes de las sexuales. Ya no distingue. Su nuevo-viejo amigo mayor lo ayuda. Lo alienta. Lo desgarra. Lo muerde. Lo encorna. Le enseña la filosofía que esconden los secretos del dolor.

En su infancia, como todo pibe, quiso imitar la acción de andar. Creó la rueda, pero no se parece a una pierna. Del mismo modo ha creado, inconscientemente, un escenario que no se parece a la vida que representa más que una rueda a una pierna. Apollinaire, lo habría interpretado así. Siempre tuvo dinero, juguetes u otros regalos sin motivo alguno. Siempre Fredi estuvo allí. Él ayudo a borrar todos sus horribles recuerdos de la niñez.

Ahora, en su madurez, el problema es otro: sacarlo a Kruber de sus sueños. Hacerlo hombre. Hacerlo real y poner una bomba en su pecho, para que el despedazamiento sea real. Para que las pesadillas sangren y mueran. Que esa muerte sea palpable. Que lo salpique. Que grite. Que pueda enrojecer lo que rodea a ambos. Que se oscurezca. Que se los lleve a los dos, en lo posible. Y ahí sí. La sonrisa se dibujaría con sus dientes apretándose. La mirada se achicaría con las cejas arrugándose. Y por fin los sueños ya no serán pesadillas. Serán sueños de paz eternos.

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