No me llamo Forrest Gump

 

Por W.R.Fouler

 

Este no es un manifiesto antiliterario anticosa ni una burla a los admiradores de lo correcto.

No soy un negador, desde la cuna niego ser hasta lo que soy, aunque se dan cuenta tampoco no soy.

No Me Llamo Forrest Gump así fui bautizado y ese es mi nombre. Así no me llaman cuando me llaman.

Después de haber pasado tantos veranos sólo, al fin conseguí una no-vía.

Menos no soy. Me alegra su compañía. Los negadores nos alegramos; somos tristes no somos tristes, siempre se oscila. La armonía es el centro de la tabla y yo estoy en un extremo.

Camino entre una calle y otra se llama cuadra, ahí sucedió una historia que no me contaron porque soy protagonista.

Ahora estoy en tratamiento porque me sobran electrones, me han convencido los profesionales de la mente: soy una rareza de la naturaleza.

Anteriormente una gitana, nombrando también a la naturaleza había dicho que yo era un concentrado segregado por natura para luego consumirme como antídoto antipasto anticuerpo en un momento de debilidad o de intoxicación o de aceleración. Porque a veces hace falta parar.

Estábamos con mi no-vía y la cuadra. En realidad  mi no-vía no es mi no-vía. No estoy enamorado ni me gusta, pero nadie más que ella se ha acercado.

Y la cuadra es una cuadra de cien metros donde a ambos lados de la calle viven malos y rateros. Pasar por allí es un acto de osadía, de locura, de inconsciencia, ignorancia, es negarlos.

A las cinco de la tarde del verano todos estaban afuera. Parados en su parcela o de a grupos en la calle. Por edades se juntaban era lógico, aunque había mezcla.

Niego ser un buscapleitos no fue lo que pareció ser, todos los que no son de la cuadra lo vieron de otra manera.

Tengo la mala costumbre de abusar demasiado de la fortuna y de la pelea que se armó esa tarde puede ser motivo. Cuando la mano de un chulo en camiseta se movió sobre la cola de mi no-vía que no es mi no-vía pero es mía, ella pidió que ejerciera presión defendiendo el dominio sobre tal posesión que alegraba mis días. No lo niego, piensen lo que deban pensar.

Siempre a la cintura llevo la afilada bayoneta sin fusil, que levanté una vez en otra cuadra.

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No negué estar en un extremo. La hice golpear con furia. La mano cayó al suelo, hubo un momento sin sangre en el muñón abierto y luego todo revuelo: gritos saltos estocadas. Yo, mí no-vía detrás, paso atrás planchaba golpes paso adelante tiraba.

El más poronga dormía la siesta hasta que llegó con el murmullo y con su corte de rufianes.

El tiempo se detuvo en ese instante todo quedó en silencio.

-En este-oeste sólo uno es el que sale-

Paso adelante y la bayoneta busco sola entre las costillas, pinchó, salió. Paso atrás.

-Ya sos historia Poronga- Yo lo dije pero no lo dije, lo pensé, tal vez lo dije en voz baja.

Fue fortuna o fue destino; ¿soy el veneno o el antídoto?

Estoy en un extremo porque se necesita el equilibrio.

Pasó el verano, mí no-vía ya no me ve. No lo niego, fui lo que fui, hice lo que hice. No fue por amor, no fue por dinero, no sé porque fue. En la cuadra nadie me mira cuando paso. No soy. . .

Del libro Cuentos sobre santos y héroes

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