La noche de los muertos vivos

Por Matías Gómez

César Aira (Coronel Pringles, 1949) es un escritor, ensayista y dramaturgo que antes de volverse compulsivo, con algo así como una novela cada cuatro meses, fue durante 30 años traductor literario del francés y el inglés. Ganador de premios KONEX en 1994 y 2004, también recibió una beca Guggenheim en 1996. En la última edición de los Premios Nobel, cuando ganó el outsider Bob Dylan, en algunas listas de apuestas Aira ocupaba el octavo lugar. Pero antes de eso, en 2006, publicó La cena, una nouvelle que propone un collage que combina un pueblo del interior de Buenos Aires como Pringles con una invasión zombi. En la casa de un albañil “que provenía de lo más craso del proletariado” y que “había hecho una larga y gradual carrera de refinamiento gracias al contacto con sus clientes ricos”, cenan una noche una señora mayor y su hijo. Ese hijo es un hombre “casi viejo”, fracasado, que se tuvo que mudar con su madre, célibe por resignación, y que busca en esa cena restablecer una relación que quizás salve su vida laboral. La cena transcurre en paz mientras la señora y el anfitrión congenian en charlas que tienen sus cimientos en la mención de los nombres de los vecinos. “Las historias se disgregaban en un granizado de nombres, y quedaban sin resolver, como habían quedado sin resolver los viejos crímenes o estafas o traiciones o escándalos familiares que trataban las historias”, escribe Aira. Las historias, hasta ahí, se describen en tonos sepia impulsados por la enfermedad, la vejez y la muerte.

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Cuando llega la sobremesa, el postre incluye la demostración de las antigüedades coleccionadas por el anfitrión que espantan a la pobre señora, en la que “había ido creciendo, desde el momento de entrar a esa casa, un sentimiento hostil”. Y un poco más tarde, mientras el protagonista mira el canal de TV local se encuentra con la transmisión en vivo de una invasión zombi. La anestesiada noche de sábado de Pringles da un giro inesperado. Un cambio radical que, aplicado por Aira con sutileza, marca también un quiebre: cuando el primer zombi sale del cementerio, la incertidumbre y la incredulidad empiezan a rodear al lector. Pero, ¿por qué los muertos del cementerio de Coronel Pringles deciden regresar al mundo un sábado a la noche y devorar los jugos cerebrales de sus familiares y amigos?

Aquel tour a través de las antigüedades termina con la madre ya harta ante el dueño de la casa, quien “nos acompañó hasta afuera y se ofreció a llevarnos en auto. Yo prefería caminar (vivíamos muy cerca), y mi mamá dijo lo mismo; el aire frío de la noche la había reanimado”. Y esa es la primera reanimación de la noche: no violenta, pero metafórica. De un momento al siguiente, “el pueblo había sido ocupado por las huestes del Mas Allá”. Una horda de exvecinos que avanza devorando endorfinas por las calles de Pringles. Como caminantes en un paseo fatal de sábado a la noche, los cuerpos aletargados del cementerio salieron. Venían como de un barrio marginado, solo visitado los domingos por algunos pringlenses que iban a hacer gala de sus endorfinas en un día soleado, o a buscar alguna que otra endorfina en la nostalgia, o solamente una caminata. Celosos y voraces, los vecinos olvidados hacen una aparición que de nostalgia tiene tan poco como de conversación. Con sus cuerdas vocales ya podridas, no les queda más que succionar cerebros.

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Sin embargo, La cena también sugiere que todo esto puede no haber sucedido. Al fin y al cabo, si algo sucede pero nadie se percata, ¿sucedió? De un protagonista aburrido que mira tele en el sillón, ¿qué se puede creer? ¿Nos enteramos de lo que pasó en el pueblo o en realidad el protagonista se durmió y nos contó una película de zombis? La única certeza que nos llevamos es que al llamar por su nombre a una harapienta bola de piel violeta, esta vuelve a su tumba sin chistar. Algo que este espectador, fascinado ante el televisor, no podría hacer, ya que no tiene ni nombre. De ahí que a las únicas conclusiones a las que llega este sesentón fracasado, “que nunca sería protagonista de ninguna historia”, son que “si era un muestreo sociológico, estaba mal hecho; si querían mostrar cómo se divertían los ricos y famosos, iban mal porque en Pringles no los había” y “lo único que podían esperar era que algún pariente trasnochara para ver ese bodrio y al día siguiente les dijera: «te vi»”.

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