El origen del pantano

 

Texto: José Tévez

 

 

La tráfic había llegado. Sebastián Freire se subió acompañado de Laura Montiel y Ana Miguens; representantes de organismos gubernamentales. La primera del centro de investigación de medio ambiente del Instituto Nacional de Eco Tecnología (INET) y la segunda, investigadora del Departamento de Epidemiologia Nacional (DEN). Además formaba parte de la comitiva, el ministro de seguridad de La Pampa, Luis Torres.

El cielo en Santa Rosa se iba cubriendo en un cerrazón y un leve vientito milonguero comenzaba a sacudir las hojas caídas de los arboles. Las calles estaban vacías. De a ratos los móviles policiales se paseaban estrenando las cámaras Here Maps para monitorear los barrios; mientras un camión automático recolector de basura se detenía en cada esquina, y un hombre se bajaba para recoger las bolsas. Esa fue la última imagen de la ciudad en la retina de Sebastián Freire.

*

El grupo de investigadores había llegado al refugio alrededor de las 21 hs del jueves. Los esperaba el jefe del operativo de gendarmería Álvaro Rodríguez y la joven especialista en infectología, Marina Soto. El refugio se encontraba en un descampado sólido y alto, a unos kilómetros de los bañados del Atuel.

Sebastián escuchaba el rugido del pantano: eran como pequeñas explosiones de un volcán. Los dronocop de Google recorrían el extenso pulmón del pantano que cubría la totalidad de la ruta 143 buscando imágenes. Ambos pueblos quedaron atrapados en el barro. Gendarmería custodiaba el refugio con ametralladoras AK- 47 y lentes de visión nocturna. Los especialistas se habían sentado en una mesa mientras Rodríguez y Soto se referían sobre los hechos ocurridos:

Según los especialistas las lluvias hicieron crecer el río Atuel. Algo que no sucedía desde 1949, cuando se inundó la zona. Esta vez había sido peor.

Entre ellos, se produjo un breve intercambio de palabras:

  • Estamos tapados de barro- dijo Soto.
  • ¿La contaminación proviene de los desechos tóxicos de Mendoza?- preguntó Freire. Álvaro Rodríguez, le respondió que podría venir de Chile.

El grupo Luksic, de la minera “Desarrollo y comunidad”, hacía años que venía derramando desechos tóxicos en la cordillera de los Andes.

Rodríguez decía que Mendoza cerró las compuertas para que no pase el agua contaminada de esta zona. Habían encontrado mucha gente muerta y a los sobrevivientes los tenían internados en Victorica.

  •  Tuvimos que evacuar a medio pueblo- argumentó Rodríguez, mientras revisaba unos documentos en una carpeta.

Ana Miguens antes de viajar había revisado los primeros diagnósticos de gendarmería: los síntomas de los pacientes se remitían a un tipo de virus altamente contagioso. Hasta el momento los especialistas tenían la hipótesis de que los sobrevivientes padecían de una especie de rabia.

  • Es una enfermedad que probablemente se reactivó a través de la bacteria de un animal muerto- argumentaba Miguens, angustiada por la situación.

*

Sebastián Freire, era biólogo de la Universidad Nacional de La Pampa y pertenecía a un equipo de investigación llamado “Eco-capitalismo verde”; que realizaba estudios de impacto ambiental para las empresas petroleras de la zona. Freire estuvo siempre interesado sobre las actividades eco–tecnológicas que se desarrollaban en la zona del oeste.

*

El biólogo fue invitado al viaje para supervisar posibles contaminaciones de las aguas del río Atuel. Los lugareños se habían infectado de un virus proveniente de una bacteria milenaria, enterrada en las profundidades de los bañados.

*

Aquella noche, Freire sentía que el problema era más grave de lo que suponía. Una extraña sensación de ansiedad e inquietud fue apoderándose de sus sentidos. Sus músculos comenzaron a tensarse. No podía racionalizar sus pensamientos al escuchar ese pantano de allí afuera que gemía como un estómago descompuesto.

*

Ana Miguens y Laura Montiel, fueron acompañas al lugar donde iban a descansar hasta el día siguiente. El ministro le pidió a Álvaro Rodríguez permiso para ir a la recorrida nocturna junto con el equipo especial de gendarmería:

  • Sí. El comando sale después de la cena- respondió el gendarme.

*

Los cocineros de gendarmería nacional habían servido en la mesa un plato simpático: carne de chivo asado con zapallos hervido acompañados por un vino malbec. Los investigadores se preparaban para un fin de semana de mucho trabajo. Ana Miguens, estaba preocupada por la salud de los sobrevivientes.

  • Temo que puede ser cólera- decía mientras llevaba una porción de carne a su boca.

Laura y Sebastián, hablaban de los trabajos que habían hecho en la zona. Muchos de ellos, referidos a bases nucleares y, sobre todo, a las actividades que llevaban adelante en Rio Negro. Industrias como Silicon Valley. Laura decía que la llegada de las transnacionales había reactivado la economía generando más trabajo especializado, mientras tomaba una copa de vino y miraba la pantalla de su celular. Sebastián la observaba y  de pronto cambio rápidamente de tema:

  • El oeste, allí nació mi abuela a principios del Siglo XX- le decía a Laura y ella lo escuchaba tiernamente.

La  abuela de Freire había nacido en Santa Isabel. De chico le contaba historias de cómo la policía del territorio asesinaba a los aborígenes.

  • Si supiera mi abuelita que su pueblo ha desaparecido bajo el agua- pensaba Sebastián, mientras veía el despliegue de un grupo de gendarmes preparando sus AK-47.

*

Las lluvias habían durado siete días. Antes del flagelo climático,  la zona del río Atuel oeste era gobernada por un paisaje monótono que adormecía en un ensueño lisérgico a sus viajantes esporádicos. La mitología decía que los conductores de los vehículos terminaban volcando ante semejante espectáculo del aburrimiento. Era una imagen estática y naturalizada del oeste, que ocultaba una realidad que yacía enterrada y prohibida debido al bloqueo histórico de sus ríos. Una panorámica superficial mostraba un antiguo mar muerto: caracoles gigantes, restos de una fragata hundida y fragmentos óseos de todo tipo de animales.

Los fuertes vientos cada tanto desenterraban restos de fósiles extraños, como si hubieran sido mutilados en un enfrentamiento cruel hace miles de años. Muchos geólogos interesados por ese pasado enterrado manejaban la hipótesis de que una especie de contaminación en las aguas exterminó a todo ser vivo, dejando nada más que sus huesos.

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Torres decía que el gobierno quería realizar una inspección sobre los trabajos de búsqueda y rescate que realizaba gendarmería en territorio pampeano.

  • ¡Vamos a defender la soberanía pampeana, como siempre lo hemos hecho!-, decía el ministro Torres mirando a los investigadores a la cara. -Hemos pedido a la justicia federal la habilitación de la expedición con nuestros especialistas, por eso están aquí- justificaba con dureza.

Gendarmería decidió clasificar su información. Es la política que tenían desde que se hacían cargo de los desastres naturales.

Las únicas imágenes o videos que llegaban a la prensa gráfica y que circulaban por las redes sociales, eran las que capturaban las cámaras Here Maps de los dronocop de Google para desastres naturales. La tragedia en alta definición.

Los dronocop mostraban un gran pantano marrón y espeso de unos 5 metros de profundidad. Las casas no se veían desde arriba. Los gendarmes que habían participado de los operativos de rescate describían un panorama horroroso. El olor era insoportable y de cerca se podían ver restos de animales muertos envueltos en ramas y espinas de caldén. Todo había sido arrasado ante la embestida de un alud divinamente monstruoso.

*

Las nubes grises iban tapando el inmenso espejismo a cielo abierto que cubría la llanura pampeana. La cena había terminado. Sebastián Freire, estaba en la habitación del refugio preparándose para la recorrida nocturna. Mientras se ponía el camuflaje especial de gendarmería, quería encontrarle significados a la tragedia.

  • Una inundación en un desierto- reflexionaba Freire.

Era el destino de un pueblo que había sido condenado a la sequedad crónica de los cuerpos, a la imposibilidad de toda cosecha y a los diques perpetuos del lamento. La terrible inundación que había sufrido aquella zona desértica, infecunda y arrojada a la intrascendencia, engendró el sentimiento de una monstruosidad divina; y Freire parecía comprenderlo.

*

El biólogo sentía una poderosa sensación de angustia que estrangulaba las extremidades de su cuerpo. Aquella zona, objeto de estudio de investigadores y poetas, se había convertido en un pantano contaminado y rabioso: la podredura se podía olfatear a cientos de kilómetros.

  • Sr: Freire, ¿todo listo? – pregunta el ministro de seguridad, equipado como si fueran a encontrarse con bestias ancestrales.
  • Si, ministro- responde tartamudeando el biólogo.
  • Hay que ponerse las gafas nocturnas. No se ve nada allá afuera- dice Luis Torres.

Sebastián Freire, Luis Torres y un equipo de 5 gendarmes se preparaban para salir a la segunda recorrida nocturna desde las inundaciones días atrás. Sebastián no comprendía por qué gendarmería salía a buscar sobrevivientes o cuerpos con ametralladoras AK-47.                                                             19265137_1364018063634941_299169320_n.jpg

Lo único que se veía en aquel cielo oscuro e inmenso, eran los dronocop de Google. Parecían pequeños ovnis registrando la imagen de un pantano agonizando. Sebastián Freire, caminaba lentamente con sus lentes nocturnos en medio de la oscuridad.

  • Veo todo verde- pensaba Freire.

Aquella percepción virtual ocultaba la verdadera esencia de un panorama abominable. Las AK-47 apuntaban ante cualquier movimiento o sonido. El equipo se dirigía hacia la zona del pantano que cubría los bañados del Atuel.

En un momento de la caminata, Sebastián Freire comenzó a escuchar el sonido de una especie de milonga melancólica. El extrañamiento iba instalándose en las partículas de su cuerpo. Sentía un agotamiento insoportable; como si sus piernas fueran hundiéndose en aquella gran masa de barro espeso, que respiraba soplando burbujas contaminadas. El biólogo se encontraba inmóvil.

  • Freire, ¿se encuentra bien?- le preguntó el ministro.

Freire había detenido la caminata durante unos minutos.

  • Tenemos que meternos en el pantano. Creo que hay personas vivas, tocando la guitarra, cantando – responde el biólogo dominado por un estado superior y paranoico.
  • ¿Qué dice?- pregunta el ministro asombrado -¿Freire, quiere regresar al refugio?

El ministro no comprendía la conducta del biólogo. Los gendarmes seguían su marcha apuntando con sus ametralladoras, en medio de una noche fría y sombría capturada por el visor de los dronocop.

*

El grupo había llegado al pantano. El estado emocional de Sebastián Freire había colapsado. Estaba poseído por una angustia que lo adormecía. Afuera, el pantano seguía gimiendo roncamente y burbujeando como lava de volcán. El biólogo se había sacado los anteojos de visión nocturna y se dejo llevar por aquella extraña sensación de anestesia corporal y sentidos alterados. El ministro Torres animaba a Freire en la marcha. Los gendarmes seguían metros más adelante apuntando con el láser nervioso de sus ametralladoras AK47.

*

El barro tapaba las rodillas del equipo. Los gendarmes ya no podían avanzar: la masa espesa que configuraba al gran pantano fue ganando centímetros en sus cuerpos. Los anteojos revelaban una panorámica desolada. Estaban inmersos cada vez más en un engrudo impenetrable que los comenzaba a dejar inmóviles.

El ministro de seguridad había comenzado a vomitar una baba verde desde su boca. Sentía un dolor agobiante en todo su ser y cayó sumergido en aquel barro. En menos de diez minutos, el ministro estaba enterrado allí.

Sebastián Freire, había comenzado a los gritos y corrió desesperadamente hacia el interior del pantano.

  • ¡Ahhh, ahhh! – gritaba Freire- mientras se hundía cada vez más en aquel barro.

Los láseres nerviosos que se desprendían de una AK-47, apuntaron y dispararon a la cabeza de Sebastián Freire: sus sesos desparramados se hundían en el barro.

Una exaltación extraña se impregnaba en aquel ambiente. Los gendarmes  comenzaron a desesperarse al no poder alejarse del pantano: sus piernas estaban entumecidas y el barro parecía tragarse a sí mismo. Los láseres comenzaron a disparar a los dronocop de Google. Todo era confusión.

*

 Los cinco gendarmes se hundían lentamente en aquel barro espeso.

  • ¡Mis piernas, mis piernas!- decía uno de los gendarmes.

Se había sacado los anteojos de visión nocturna y cuando metió su mano debajo del agua descubrió que sus piernas estaban carcomidas. El extraño virus había penetrado el camuflaje del equipo. Aquella devastadora contaminación milenaria que suponían los geólogos había vuelto a la vida.

Una bacteria zombie había revivido en medio de la inundación, el entierro y la quietud histórica.

*

Las cámaras  rotas de los dronocop no pudieron capturar la imagen de la desaparición del comando de las 00. Rutina habitual de gendarmería a pocos días de la inesperable crecida del río Atuel.

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