Lastimaduras

 

Por Nicolás Jozami

Una mirada a la serie 13 razones porque…

I

Intro: se viene la segunda. Éxito significa intentar mantener el éxito. Pero hablaremos de la primera temporada de 13 razones porque. Ya sabemos que, con este estallido de la denominada posverdad, nadie se inquieta o previene de lo que sucede fuera ante sus ojos, razón o corazón, porque eso que sucede lo acomoda a sus preconceptos, nociones y esquemas internos de “verdad”, para, en la mayoría de los casos, no transigir o negociar ciertas búsquedas de lo “verdadero” que pueda estar fuera nuestro. En ese marco, el diálogo se hace imposible, ese dejarse invadir por lo que el interlocutor pueda mostrar, iluminar esas zonas que un otro puede iluminar. Ante este panorama, Sócrates y la mayéutica deben llorar tendidos en un sillón. No se descubre la verdad por uno mismo, sino que se crea esa verdad como un bloque inamovible desde cada uno.
La plataforma y empresa Netflix trabaja buscando esa verdad que de antemano tenemos formada nosotros y que la dictamina, por ejemplo en este mundo virtualizado, las búsquedas digitales de cada uno de los usuarios. Se cruzan los algoritmos en los motores de búsqueda de los usuarios y, en base a esa información, la plataforma audiovisual genera, crea, lanza series que se sumergen en lo que sus usuarios empatizan. La ecuación es simple: como saben lo que te gusta por lo que buscás en la web, (y nos gusta a escala masiva generalmente ciertas cosas, ya que hay estructuras del sentimiento) se arman productos que son atendibles de antemano. Un caso es el trabajo con la nostalgia, los años ’80, ’90, según la franja etaria a la que vaya dirigido y envasado ese producto, por muy bien que pueda estar armado. Y la nostalgia garpa.

II

Vamos a la serie 13 razones porque. Antes que nada: le doy 6 puntos de diez, pero no quiero hacer acá precisamente una crítica cinéfila o de construcción argumental; lo que me interesa es otra cuestión ¿Será que ha atraído a tantos espectadores (adolescentes, pero también en la franja 30-45 años) porque nos hemos colocado o hemos estado en algún momento en el lugar de la protagonista principal, Hannah, que es la voz que hilvana todo el argumento? Hay aditamentos que convierten a la serie en una moda; se trata -me parece- de saltar la valla del maquillaje social para volver a problematizar la cuestión del hostigamiento en cada ámbito -en este caso educativo- y, a veces, con resultados completamente devastadores.
Veamos un poco la conducta. Acá arriesgo y no tanto: en los grupos escolares, se establece cierta dinámica que es una homeostasis que pretende permanecer; así, cada diferencia de cada miembro del grupo es tomada por los demás integrantes en ciertos momentos para atacarlo, burlarse, hasta agredirlo. Pero el grupo va moviendo sus blancos de ataque. Si se le dice con intención burlona a un compañerito “mano grande”, se lo aísla momentáneamente para hacerlo blanco de ataque. Luego, cuando “mano grande” se suma al grupo para decirle a otro miembro “cuatro ojos” o “anteojudo”, se cambia el disparo, el objetivo, pero la homeostasis grupal de erosión permanece. La cuestión, tema profundo de resiliencias, es ver quién y cuál de los miembros del grupo sale airoso de eso. O no. El granujiento, el tonto para el deporte, el nerd, el anteojudo, el tímido, el bruto. Y lo digo de los jóvenes, adolescentes o niños, pero eso es algo que se repite y reitera, casi como en círculos concéntricos de la sociedad, en sus instituciones: el trabajo, la oficina, el club, las reuniones, el boliche, etc.

III

En la serie, hay un recorrido, una telaraña (dibujada por la protagonista suicida) que recubre a cada uno de los compañeros de escuela, algunos docentes, directivos. Toda la historia es reconstruida a su vez por el personaje de Clay Jensen, quien encuentra al inicio en su casa un paquete con los 7 casetes de Hanna Baker; en ellos, Hanna contará cómo y por qué llegó a su drástica decisión. Cada cinta irá contando la vida de los compañeros de escuela, incluido Clay mismo.
Puntos flojos, ahora sí voy al relato, pero también a lo verosímil vital: hay una unión o un engarce pareciese que natural entre la ¿susceptibilidad? epidérmica inmediata de Hannah y su capacidad y lucidez (también vital) para la venganza. Una contradicción, que es, al mismo tiempo, trama principal. Aclaro un poco más: un derrumbado no puede vengarse de una manera tan precisa. Un suicida no podría darle vida a una venganza tan humana. Pero bueno, eso sucede, esa programática didáctica se convierte (al menos a mí me pasó como espectador) en un bullying justiciero desde el más allá. Podemos como espectadores compadecernos de alguno de los otros personajes (incluidos algunos directivos del colegio, o hasta de Jessica Davis, quien también lleva y descubrirá una verdad horrorosa), pero no desconocemos que Hannah “sabe” cómo pegar. Una ley del talión analógica.
Sigamos con Clay. Es quien escucha y persigue la historia y busca redimirla, pero está aislado al mismo tiempo con los auriculares, es decir, no ve lo que le pasa alrededor, y reconstruye todo porque quiere saber, y obviamente, quiere ayudar. Empatizamos con él, esperando lo que de él se dirá y ¡caramba!: el propio Clay ha hecho parte del castigo con sus sentimientos difusos, por su timidez amorosa. Hannah lo coloca como alguien que la comprendió, pero no se animó a más. Hay en el trasfondo de la serie una culpa casi adánica. El lema de que en cada relación habrá sometimiento. Clay sufre algunas injusticias, y logra vengar a su amiga (perdón spoilers), pero se dice en varios episodios lo fuerte y entero que es ese chico para soportar lo que sucede alrededor. Lo dice Hannah, es cierto, pero al mismo tiempo sabemos que lo piensan los demás compañeros de la escuela, su familia.

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Las lastimaduras nos marcan cuando sacamos la cascarita indefinidamente y queda esa cicatriz entre difusa e invisible, pero queda. Clay practica la contradicción argumental del estar separado (metido en ese mundo con los auriculares) para entender. No puede reunir a la gente para explicar las cosas o buscar ayuda; la telaraña es premeditada, precisa y cada baldosa esconde un charco sucio. Por eso lo hace en solitario; porque es el diferente. Se asume que una comunidad entera participó para que Hannah llegara a esa decisión y luego quieren limpiarse. Pero en eso aparecen los ángeles que con sus alas medio quebradas devuelven el golpe vengativo con una furia que quizás no cuestionamos del todo. Lo entiendo desde el aspecto de la adrenalina fílmico-argumental; no sé si tanto desde el aspecto de una justicia pedagógica.

IV

Una sociedad cambiará cuando cambien sus chistes, eso que se dispone y que nos hace reír: en el colectivo, en nuestra casa, en reuniones de amistades. Y lo que nos hacer reír es lo frecuente, lo considerado habitual, lo común pero cierta y explícitamente alterado, para generar el efecto; por eso un chiste, democratiza la carcajada: todos forman parte y asumen la reacción provocada sin cuestionar su origen. Algo tan imperceptible pero tan profundo a la vez.

 

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