Sobre el que cuelga de una cascarita

Por León Nicanoff

Hay un tipo de hombre -si se pudiera llamar así- una calaña de hombre que, con tal de no desprender la cascarita por la que se encuentra colgado, es capaz de vender hasta a  su abuelita. Este espécimen de ser humano es como un monito sucio que va saltando de liana en liana, siempre a punto de caer pero nunca cayendo del todo, se cuelga y se hamaca, con muy poca elegancia, hasta que se corta una liana, entonces con poco esfuerzo se cuelga de otra, hasta que se corta de nuevo, y así sucesivamente, anda por la vida, sin-vida. Es como una sanguijuela de pocos dientes que chupa y mama líquidos de todo tipo. Decía que hay una cascarita media salida, por la que se encuentra colgado. Esta cascarita contiene ríos anchos de pus, que fluyen interminables por sus venas amarillas, que a veces asoman en la superficie y cobardemente  se esconden nuevamente. Para sobrevivir vale chupar vidas ajenas, familiares y hasta humillarse o ridiculizarse ante distintos círculos y universos de personas (aquí aparece otro espécimen humano que frecuenta con este para sentirse, naturalmente, mejor)

Hay una razón por la que no se arranca de un tirón la cascarita, y esa es la Pereza. Uno podría decir, “Ah! pero la pereza, esa bella dama que con sus suaves cabellos acaricia esta vida sacrificada y absurda, que te sumerge a las nubes de la nada, para esperar justamente nada y abrirse al universo para que lleguen tranquilamente los misterios de la vida”. Pero no, no es ese tipo de pereza; esta es una pereza a medio termino, una pereza que no termina de ser, una pereza cobarde que te mantiene en la superficie colgado de una liana ajena. Y ahí es donde radica la mayor de todas sus miserias: en ser un despreciador de la vida. Una vida que no se vive. Una vida que en el fondo se odia. Pero uno podría decir “pero como no odiar la vida, si la vida es una Mierda, si nacimos para morir, entonces nada tiene sentido, y en el transcurso para subsistir nos tenemos que adaptar a mecanismos forzosos de adaptación”. Pero no, no es ese odio existencialista, ese odio hermoso a la vida y por lo tanto ardiente. Ese odio que te propulsa como una bola ardiente de una catapulta hacia el paredón estrellado de la vida. No, no es ese odio. Este odio miserable radica en hacer pequeñas malicias cada tanto por la vida, como un conejito que con sus dientecitos amarillos va a saltitos dejando pequeñas bolitas de caquita.

A ese hombre que no quiere vivir una vida adaptada a la estructura básica del sistema, pero tampoco se atreve a caerse, hundirse en los vértigos más profundos de la mente para construir su propio fracaso, que poco a poco tiene más pus acumulado, a ese hombre con poco talento pero con uno en especial: su ingenio y astucia para vivir a costa del resto, es que le dedicamos con mucho cariño esta columna dominical.

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