La sombra del éxtasis

Por Nicolás Jozami

La luz está asociada a la sombra por un proceso inmediato, racional, de opuestos, que en la ciencia física ha traído demasiados problemas, al intentar doblegar la idea de que esa zona oscura no es solamente la proyección de un cuerpo debido a la luz que incide sobre él. Esa silueta tranquila y persistente, gozó de un tratado inconcluso realizado por Leonardo Da Vinci, del que quedaron esbozos e ilustraciones en la serie del Panneggio (pañería). Da Vinci estudiaba porque quería saber cómo aplicar la sombra a sus dibujos y figuras de manera veraz.

El interesarnos por algo, el desear conocerlo, tiene su correlato en el tiempo y en las oportunidades materiales con que nos movemos para aprender ese algo. La educación, en sus diversos caminos, busca eso. Ubicar el interés (toda cosa mirada el tiempo necesario se vuelve interesante, decía Flaubert) para luego hacer su trabajo. Como una sombra que cubre, protege, acompaña. Educamos nuestra memoria, nuestro pasado, al investirnos de voluntad presente para persistir en algo, un objeto, una figura, un tema, con el fin de agotar la sensación de que sacamos todo el jugo, de que penetramos hasta el hueso sobre eso para que luego podamos decirnos que aprendimos.
La memoria es un testigo privilegiado de ese tipo de aprendizaje. Pero esa memoria puede hacer del aprendizaje penumbra, es decir la sombra de bordes difusos, o por el contrario umbra, la sombra nítida, recortada. Recordamos haber aprendido cuando una constelación de acontecimientos vividos explota como un vacío en el presente de nuestras acciones, decisiones, reflexiones. El ejemplo auto pedagógico sobre la lectura que ofrece Paulo Freire es sencillo y enternecedor. Vale la pena transcribirlo, donde vivencias de su infancia lograron encauzarse en el aprendizaje extático de una sensación:

La vuelta a la infancia distante, buscando la comprensión de mi acto de “leer” el mundo particular en que me movía -y hasta donde no me está traicionando la memoria- me es absolutamente significativa. En este esfuerzo al que me voy entregando, re-creo y re-vivo, en el texto que escribo, la experiencia vivida en el momento en que aún no leía la palabra. Me veo entonces en la casa mediana en que nací en Recife, rodeada de árboles, algunos de ellos como si fueran gente, tal era la intimidad entre nosotros (…). La vieja casa, sus cuartos, sus corredor, su sótano, su terraza -el lugar de las flores de mi madre-, la amplia quinta donde se hallaba, todo eso fue mi primer mundo. En él gateé, balbuceé, me erguí, caminé, hablé. En verdad, aquel mundo especial se me daba como el mundo de mi actividad perceptiva, y por eso como el mundo de mis primeras lecturas.

Los “textos”, las palabras de aquel contexto se encarnaban en el canto de los pájaros (…) también en el silbo del viento en las nubes del cielo, en sus colores, en sus movimientos; en el color del follaje, en la forma de las hojas, en el aroma de las flores -de las rosas, de los jazmines-, en la densidad de los árboles, en la cáscara de las frutas. En la tonalidad diferente de colores de una misma fruta en distintos momentos: el verde del mango-espada verde, el verde del mango-espada hinchado, el amarillo verduzco del mismo mango madurando, las pintas negras del mango ya más que maduro. La relación entre esos colores, el desarrollo del fruto, su resistencia a nuestra manipulación y su sabor. Fue en esa época, posiblemente, que yo, haciendo y viendo hacer, aprendí la significación del acto de palpar (Paulo Freire, “La importancia del acto de leer”, Conferencia, 1981).

El maestro brasileño aprendió la sensación del palpar tras recordar y unir el suelo de su casa, el tamaño de la fruta, el olor, la textura, lo que muchos años después logró darle el conocimiento cabal de esa acción. Es decir, se aprende a cada paso, aunque no sepamos decírnoslo instantáneamente con nuestros intereses. La escuela, la didáctica, deben ir en ese sentido: en habilitar y propiciar intereses donde las vivencias previas (de vida) de los alumnos logren cuajar en momentos extáticos que luego deben ser sostenidos y acompañados. Se debe enseñar tanto el placer del esfuerzo (que se plantean como opuestos) como el retardo o la demora en el conocimiento cabal, es decir, singular del sentido, el de cada alumno. No todos leemos el mismo libro (por más que sea el mismo), como no todos vemos el mismo cartel de señalización cuando lo vemos. La flecha es una y la misma, pero el color, las relaciones morales, difusas, imprecisas que cada símbolo o grafía nos despiertan, son diferentes e indistinguibles dentro de cada fuero íntimo. Lo que se pide es que se respete la señal de tránsito, pero eso pertenece al campo de la civilidad vial, no al momento del sentido de pertenencia con nuestra propia conciencia que nos da el haber sentido aprender algo.
Ese tipo de educación reconcilia con el propio pasado. Lo que plantea Freire es de índole energética; nada se desperdicia, sino que todo se transforma en cada aprendiz, en una dialéctica propia y relativa a nuestra condición. En cada época, educarse es lograr dirigir la inquietud.

Existe un monumento de la intensidad que permite la educación, y es la historia que logra Marcel Proust: su obra En busca del tiempo perdido es la titánica tarea de reunir los fragmentos de existencia que persiguen con tenacidad la educación de la propia sensibilidad. Me adelanto; a algunos les parecerá una monstruosidad sui generis reunir a Freire y a Proust, pero déjenme decirles que vienen como anillo al dedo. La literatura siempre fue un instrumento rebelde para la educación más infalible. Es más, el propio fragmento de oralidad de Freire que citamos más arriba parece extraído de Por el camino de Swann o de El mundo de Guermantes.

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Más allá de las exégesis interminables sobre la obra del francés, donde sus siete volúmenes abarcan un período narrado que va de 1840 a 1915, esa inestable autobiografía trata de contar e historizar un mundo prismático, donde refracta como una sombra sideral el elemento retrospectivo. En busca del tiempo perdido es una evocación, donde el autor busca saber si es posible reestablecer el pasado, hacerlo vivir en las palabras. El narrador llenará páginas con las historias de los vecinos en el Combray de su infancia, lo que transcurre en casa de sus familiares, en el camino que va hacia Mèglise, propiedad de Swann, y, en otra dirección, el que dirige a lo de los Guermantes. Desde allí, con ese tratamiento argumental de los primeros volúmenes, surgirán las ramificaciones de ramificaciones, las sombras de sombras del recuerdo que harán el arte de Proust. Los amores y desamores, las dilatadas descripciones, en relaciones musicales y visuales, comparaciones que se suceden página tras página hasta volver al punto inicial en el que el narrador permitió abandonarse para avanzar en las acciones prisioneras de la nostalgia.

Es llamativa la ausencia de febrilidad en Proust; se toma el tiempo para recordar y escribir esa historia que le llevó catorce años, y que el autor siguió remendando hasta su muerte, en 1922. Tal como el propio Freire iba hacia atrás, hasta el piso de tierra en el que viendo la fruta, comiéndola, lograba darse cuenta lo que era una sensación, con la Naturaleza como maestro. Ese mango del que habla es el espejo de la icónica magdalena en el té proustiano; el recuperar mediante un éxtasis ese pedacito de recuerdo atado a otro y a otro y a otro que levanta un mundo pareciese que sepultado por el pasado, y que el escritor erige con una paciencia admirable. Así todo, en el último libro, El tiempo recobrado, el narrador aclarará que está ahora en condiciones de escribir el valedero y verdadero En busca del tiempo perdido, y lo que los lectores leemos es el proceso de ese descubrimiento. De una honestidad brutal. En ese último tomo, vuelve el episodio de la magdalena -dice Vladimir Nabokov-, cuando en un cóctel o reunión, aparecen las impresiones sucesivas, revelaciones mezcladas de presente y de recuerdos, encendidas por una baldosa irregular, el tintineo de una cuchara, la rigidez de una servilleta. Surge entero el Combray de infancia a partir del recuerdo de la tacita de té que le dio la madre a su hijo, en una visita que le realizó a sus 30 años; esa operación fue la que lo retrotrajo al té infantil que le daba su tía Léonie los domingos en Combray. El narrador se siente colmado de una preciosa esencia. De un éxtasis oscuro. El libro es el intento heroico de esa recuperación.

La impronta reflexiva hizo que Freire recordara esas imágenes concatenadas hacia atrás como una experiencia que le enseñó la sensación que no olvidaría. El narrador proustiano, en tanto, se da cuenta -en el último volumen- de la novela ideal que podría escribir tras ese íntimo éxtasis. Por ello, cuando logra atar esos cabos a partir de lo que ha vivido (sin desconocer que Proust en su educación de élite tuvo oportunidades y ambiente), se remite a la imagen del juego japonés, que consiste en echar bolitas de papel en un recipiente que contiene agua; los papelitos se abren y descubren figuras que se pueden apreciar en todo su esplendor y magnificencia. Así trabaja el recuerdo; una cifra del libro completo es esa descripción del juego oriental. Luego viene palpar las figuras en el agua, para darse cuenta que nada de lo vivido atrasa o niega lo que puede ser aprendido, si se tiene guías, maestros e inquietudes. La sensación refresca con retardo, pero es en ese éxtasis sutil, personal, que cada aprendiz puede darse cuenta que la propia vida, los recuerdos, lo que hace, son también un pizarrón negro, la sombra sobre la que se mueve cada letra mirando atentamente el inagotable pasado.

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