No digas “de esa tribuna no he de empujar”

 

Por Nicolás Jozami

La fábula de La Fontaine ayudará, con la urgencia de la mano calcinada que escribe esto:

“Un corderillo sediento bebía en un arroyuelo. Llegó en esto un lobo en ayunas, buscando peleas y atraído por el hambre.
-¿Cómo te atreves a enturbiarme el agua? -dijo malhumorado al corderillo-. Castigaré tu temeridad.
-No se irrite vuestra majestad – contestó el cordero -, considere que estoy bebiendo en esta corriente veinte pasos más abajo, y mal puedo enturbiarle el agua.
-Me la enturbias – gritó el feroz animal – y me consta que el año pasado hablaste mal de mí.
-¿Cómo había de hablar mal, si no había nacido? No estoy destetado todavía.
-Si no eras tú, sería tu hermano.
-No tengo hermanos, señor.
-Pues sería alguno de los tuyos, porque me tenéis mala voluntad todos vosotros, vuestros pastores y vuestros perros. Lo sé de buena tinta y tengo que vengarme.
Dicho esto, el lobo toma al cordero, se lo lleva al fondo de sus bosques y se lo come, sin más miramientos ni proceso.”

Fácil la moraleja, fácil deducir que quien busca roña, camorra, no está en el camino correcto; el tema es que el otro asume esa roña, esa pendencia, y la encuentra. No digas “de esta agua no he de beber”, como tampoco, “de esa tribuna no he de empujar”. Y no es un mal chiste. Acá no hay nada de eso. Tampoco sirve pararnos en la otra vereda, para hablar de la corrección política intentando atribuirle a la educación aquello que quizás, quizás, nunca tuvo a fondo, en la génetica histórica de su desenvolvimiento, sencillamente, porque somos seres sumidos en una espiral (y permítanme el neologismo) teleológicamente arrolladora.
Otra fábula. Recordemos la del sapo y el escorpión: picar estaba en la naturaleza del último, por eso se ahogaron los dos, cuando el sapo quiso trasladarlo en su lomo, con la promesa -hecha por el viajante con aguijón- de contenerse. Porque, como me supo decir el portero de mi escuela, el sabio Don Roque, cuando alguien mata, pierde la familia del muerto y también la del asesino. Una filosofía de la especie que cala al hueso.
Esa espiral violenta nos envuelve y se afinca porque, por múltiples motivos, se multiplica a escalas siderales. En un sistema como el nuestro, donde los costos y beneficios, los precios y los sacrificios, están a la orden del día, no es excepción la escalada que busca la plusvalía de la “ultima palabra” o, para que no queden dudas, el “último empujón”. Es ese magma con el que fuimos constituidos. Si podemos ser hacedores de estrellas, (Olaf Stapledon dixit), esas estrellas que somos nos han vuelto meteoritos que buscan colisionar ante ese inconveniente que se nos presenta con la tentación irrefrenable de salir vencedores, que nos susurra que somos unos imbéciles si no la seguimos. Tenemos la fugacidad de cada dispositivo electrónico que -con sus bondades- nos ahorra mucho tiempo, nos comunica con el globo entero, nos entretiene, pero en esa urgencia humana descansa el arremetimiento de la sinrazón por una expansión nietzscheana de ocupación, de ubicuidad humana solitaria. Al eliminar al otro, en coordenadas y circunstancias particulares (y piensen en cuáles, siendo sinceros, vamos, creen que ejercerían esa violencia contenida para barrer al otro), hemos antes aflojado el cinturón de una concordia -y que se me entienda, ya que de explotación sabemos todos- que implique una pedagogía permanente, si no de los interlocutores, al menos de quien cree y apuesta a que ese desenlace es necesario y efectivo.

La_Purga_05.jpg

El lobo incita al cordero y lo mete en su discurso. Lo arremete y atropella, por más que el cordero se defienda. A Emanuel Balbo lo mataron en la cancha de Belgrano porque, quienes estuvieron allí, fueron cooptados primero por el discurso de un líder barrabrava. Y actuaron. Es fácil demonizar a esas personas, al padre y al hijo que “quizás nunca sacarán de su conciencia eso que han hecho”, y varias cuestiones más. De lo que se trata, modificando un poquito a Nietzsche, quien se dijo póstumo, es de impedir que el mundo se convierta en un error.

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