Una reflexión urgente

Por Soledad Aranzadi

Nos indignamos, nos horrorizamos, puteamos. Pero cuando nos empieza a doler la realidad, cambiamos de canal. Insultamos a la madre sola, que dejó a su hija un rato en la casa para salir a trabajar o a bailar, creemos que su conducta la hace merecedora de las peores tragedias. Si la matan, o matan a su hija, la culpamos. Consideramos que semejante dolor no es suficiente, que le corresponde algo peor, y le cargamos la humillación de la condena social para terminar de arruinar su vida, su nombre y su memoria.

Cuestionamos la ropa de las chicas, porque aprendimos que una pollera corta es peligrosa o indecente. Despotricamos las barbaridades más atroces contra las mujeres que se manifiestan con el torso desnudo, porque pensamos que sus cuerpos son ofensivos. Enseñamos a nuestros hijos que hay dos géneros, como si no existieran más, y los pobrecitos crecen con la convicción de que los varones son brutos, y que las nenas son delicadas. A esa parcialidad inmunda ceñimos todas nuestras decisiones de “adultos responsables”.

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Justificamos al tipo que levanta la voz, asegurando que tiene carácter firme y liderazgo. Si en cambio, una de nosotras habla fuerte, nos ocupamos de hacerle saber que es una loca gritona, desesperada y resentida. La pared de una iglesia nos jode más que la represión a los docentes. Un beso entre dos homosexuales nos jode más que una bala de policía en el vientre de una embarazada. Sabemos que María Estela Torres tenía treinta años y dos nenes cuando la asesinó su ex marido; que Florencia Di Marco tenía doce años, era estudiante, y la mató su padrastro; que Tamara Olguín tenía dieciséis años, también era estudiante, y fue muerta por su novio. Las sumamos con naturalidad, a una lista de femicidios en Argentina, que cuenta sesenta casos en los últimos cuatro meses. Nada hacemos al respecto. ¿Qué nos está pasando a los argentinos? ¿Qué nos lleva a promover, fomentar y practicar tanta mierda todos los días? ¿Hasta cuándo vamos a buscar justificativos nefastos a nuestras conductas negligentes y asesinas? ¿Cuántas más tienen que morir para que dejemos de actuar y pensar con tanta irresponsabilidad?

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