El prólogo, o la sinceridad de una indagación

Por Nicolás Jozami

No lo leí. Te voy a decir la verdad. Y te diré también por qué quiero decirte la verdad. Ya sé, pensarás que por ser anticipada, la crítica será fingida o impostada. No, no es así. Ni advenediza. Ni improvisada. Yo diría que más bien es “reflexivamente arriesgada”. Pero vamos por partes.
Me lo dijiste en un momento poco apropiado para decir esas cosas, “tengo otro libro terminado” largaste en el río; fue en Mayu Sumaj, en medio de ese sol que afiebraba los brazos y los melones que rodaban -de mano en mano- con Gancia y mucho hielo. Ahí lo dijiste y ahí mismo comencé a definirlo. Obviamente, antes que mi idea tomara forma, me tocaste el hombro, rojo por el terrible sol de ese día, y me pediste que lo leyera y que te escribiera la contratapa, o un breve prólogo. Tenía el verano para leerlo, y un mes y medio más para escribir, me aclaraste. Dijiste también -a los cuatro que estábamos ahí sentados en la orilla del río- que lo publicarías en la editorial que te había pedido material. “Está bien. Dále”, te dije yo. “Pasámelo”.
Lo venía pensando. Por eso te digo que no es improvisado. Y si vuelvo hacia atrás, es para contarte el germen. Nada original, pura lealtad. Retorno a algunos momentos, de la misma manera en que vos lo hacías, fundando en nosotros una historia de aquello que tenías finalizado y que decidías publicar.
Nos encontramos casualmente (nos habíamos hartado de la causalidad o de las predestinaciones que confluían a hacer de uno lo que uno efectivamente era) en el supermercado, en uno de la calle Colón. Nos saludamos y charlamos apenas, donde nos hicimos las preguntas de rigor, con las respuestas de rigor, pero hubo algo más. Vos estabas vestido, ese día, ese domingo ácimo, donde quizás sabrías, como yo, que poca gente iba a ese supermercado a esa hora, de manera inusual. Desconocida para mí. Decir increíble y más atribuyéndolo a una manera de vestir sería inapropiado para nosotros, para nosotros que decimos hacer o pretenden que hagamos maromas con las palabras. No es que parecías un astronauta, pero tenías ropa que jamás hubiera creído que usarías. Como si creyeras férreamente que no te verían. Te fuiste con tu carro ese domingo, bastante repleto lo llevabas, y nos saludamos (sin saber si nos encontraríamos después en la fila para pagar, donde uno se saluda de nuevo o retoma lo que había dejado antes) con la idea de mandarnos mensajes para juntarnos alguno de los próximos fines de semana.
Tengo tu libro acá, en el escritorio, mis ojos releyendo el prólogo, mi crítica, y me veo como Aracne contemplando su mejor creación, su tela más sincera, más comprometida. Como un hilandero que trabajara sin bastidor.
La discusión sobre el logos la tuvimos después de ese curso, de gran pedantería por parte del que lo capitaneaba, que hicimos juntos hace unos años auspiciado por una Secretaría ya inexistente de la Municipalidad, que se vanagloriaba de traer a ciertos invitados (algunos especímenes hoy en el centro) y luego andaban corriendo para ver de dónde sacaban dinero para pagarles los pasajes y la estadía. Muchos opinaron muy distinto esa vez. Voces disonantes y simultáneas, recuerdo, como en un coro arcaico, pero opuesto a la abrumadora sensualidad y transparencia del coro griego, limpidez del texto dicho a un tiempo por todos. Y en esa discusión, tocamos el tema de la voz, de las inflexiones, del cuerpo. No tanto lo dicho, sino la observación de lo dicho, lo que se vá diciendo, la mirada ante ese discurrir de quien habla o se expresa. La experiencia no enfrascada en las páginas, horizontalizada (marmórea, dijo uno), sino verticalizada, en acción, como aquella definición de García Lorca acerca del teatro, donde decía que era la poesía que salía y subía a las tablas.

Paso rápidamente las páginas de tu libro; llega a mi cara un ínfimo aire por la velocidad con que lo hago; noto, sin leer, ya que tan velozmente sólo veo algunas nubes de tinta sobre las hojas, que has dejado bastante espacio en blanco, has dispuesto la tipografía de manera anárquica; lo único abigarrado y continuo es mi reseña. Supe que en ese debate en el curso sobre el logos, sobre el habla, tu postura era esencialmente de choque, no de anulación. El decir para enfrentar: el lenguaje personal es la armadura que debe poner en situación, revelar la infinitud de rasgos que hacen del lenguaje encarnado, escrito, la disyuntiva personalísima de cada hablante. El léxico es un carcaj, había pensado yo en ese momento, y no lo dije. Las palabras son las flechas en las que dosificamos veneno y perfume indistintamente, que los contienen siempre en algún grado, al acontecer la comunicación. Entonces si el hablar es una venganza, o promesa de venganza, me decía a mí mismo usurpando o intuyendo tus motivaciones, lo escrito, teniendo como colofón esa insignia, sería la tortura indefinida.

Si bien no lo leí, no podría pasar por alto el título, aprovechando para decirte que es un perfecto título de novela policial, y también un engaño que sostiene mi reflexión.
Prosigo. Es verdad que descarté mucho pero mucho de lo que vivencié. Solamente, usando mi cintura crítica, nada implacable, me detuve en lo que consideré tus más altos gestos poéticos, o tu mobiliario existencial que diera cuenta del desarrollo de tu libro. Casi como un coiffeur que visitara una peluquería ajena para ver los tipos de cortes y peinados, pero deteniéndose únicamente en los rincones o en las arrugas de los sillones donde se apelotonan los pelos, o en los elementos esterilizados; o un bombero que observara las advertencias en los hogares que visitara, (una llama arqueada por el viento, el tiraje del calefón, el sahumerio puesto en la estantería de los trapos, el cable de la plancha) que podrían desencadenar un incendio repentino y trágico.
Por eso ahora te afirmo con fundamento que no lo leí; no por pereza o disgusto, o envidia; no lo leí para llevar adelante esto que te estoy comentando. No agregar algo sobre lo que vos has escrito, desde dentro de esa cosmovisión (“marmórea” del lenguaje, de lo ya escrito, “horizontalizado”) tuya y personal, como noté en el río, en la forma en que por ejemplo dejabas tirado el protector solar, sino eludir tu fijación, aventurar algo novedoso, y ver allí la lucha de nuestros mundos, unidos. Y fijáte que dije novedoso y no original.
Casi no atiné a buscar tus publicaciones anteriores. Aunque objetos como cualquier otros, con extensiones de tus enfáticas certezas, tus libros, como los míos o los de los demás, no echarían ninguna luz a lo que tenía previsto. Lo clausurarían. Y tuve el recuerdo de aquella vez en que desconfiabas de Levi-Strauss, vos desconfiabas, nosotros no. “Buscar la estructura debajo de todo pensamiento cultural es ya una estructura”, decías con la aguda simpleza de la frase hecha, y en ello dabas materia a lo que intento hacer con este último libro tuyo. Leer, la letra fija, los renglones y la órbita ocular en movimiento, en espasmo sobre la hoja o la pantalla, impide elaborar algo que no proceda aunque sea en una mínima porción de eso que estamos leyendo. Las neuronas en sinapsis serían una red que contiene al menos la sombra de eso que se deja ir a medida que vamos leyendo.
Tengo mucho para decir sobre mi cerco a tu posición de escritura. También me doy cuenta que pese a que lo mío es una tímida inflexión de joven académico aterrizado, quedarán marcadas las puertas libertarias a que este libro, parte tu obra, tenga roces difusos con lo que todavía no conoce ni es. Allí, juego cartas cuyo valor no conozco porque no veo, no leo, pero que agregan un sentido a las que vos tenés jugadas (escritas) y sumadas en tu montón. ¿Te acordás las veces que de chicos nos pelábamos en el portón de al lado de casa cuando jugábamos al truco por plata? ¿Y que vos casi siempre, antes de perder, o cuando creías que perdías, jugabas tus cartas sin mirar y derrumbabas mis movimientos y mi estrategia? Volvías plural y demencialmente significativas mis jugadas. Jugar sin atender a las cartas es escribir sin leer sobre lo que se escribe. El núcleo no está en el resultado o en la violación que se produce entre los textos, sino en el erotismo de la reflexión previa, y en la lujuria del sentido póstumo.
Sí leí lo que yo escribí, varias veces. La respiración de la frase propia debe latir de la misma manera, en el mismo compás en que la sangre lo hace por nuestro pulso. Y para ello debemos conocer nuestro pulso. Y luego la pulsión técnica de ese pulso. Ya sé, son baches escritos, no sirven, son paradójicos y no valen como la puesta en práctica de mi indagación. Fijáte vos: leo lo que te escribo muchas veces antes de que lo publiques junto a tu libro, sin haber leído siquiera una vez lo tuyo. Me hace acordar a aquel preso anónimo de Kafka (inolvidable, y por ello literario), tallado en un pasaje de su Carta al padre, donde escribe que él mismo se siente como un preso al que le dan la libertad, con la particularidad de que solamente puede reconstruir su mundo de una manera que lo anula: en libertad, necesita tener y conservar las piedras y los bloques con que está construida la celda que lo ha cobijado, tenerlas y llevarlas como un documento de identidad. Y encerrado, poseyendo eso, no puede constituir ese hogar, ese mundo, por el impedimento que le provoca la visión de la celda misma. Esa ambigüedad pasmosa, que enoja y altera, es el estilo de Kafka. Él no escribe situaciones, él escribe estilo, supura perspectiva.
No han dicho nada ajeno a lo que esperaba de tu libro. Y no han dicho nada de mi prólogo. Ni siquiera sé si vos lo habrás leído, lo que empataría mis previsiones. Como aquellas empardadas de truco en el secundario. La idea esa de antena en el prólogo, surgió más por las ganas de esbozar mi hipótesis, ahora para vos, que porque creyera que en este nuevo poemario decidieras continuar con la lírica japonesa del poema condensado, del haikus enciclopédico, a lo Pound, según dijeron en alguna crítica. Mi antena es un concepto futuro, no algo descifrable. Como estar ante un rollo de papiro que desenvolvemos velozmente (te acercaste a la poesía egipcia para hablar con esa mina de la facultad ¿te acordás?), y no captar los signos, porque no se logran ver a la velocidad en que lo desenrollamos, sino la masa de tinta, el mastodonte simultáneo que se forma en nuestra cara con mayor o menor precisión, pero que nos dice algo de lo escrito que no alcanzamos a leer. Esa idea de satélites conceptuales que podrían acercarse a los tópicos de tu obra (el conjunto de lo que va siendo tu obra) constituiría también un apéndice gratificante: el arrojo de las nuevas ideas, el acercamiento a impensados eslabones en tu escritura, harían de la misma, en esta crítica que hice para tu libro, la parte de “tu” obra que nunca te habrías lanzado a escribir, pero que prácticamente habrías hecho, de haber sido eso posible. Es decir, mi prólogo conformaría tu letal poética futura, y a la vez irremplazable. Sin leer tu texto, como quien da un consejo sin escuchar la demanda del que lo pide, escribo tu próxima obra, escribo en las cercanías de tu idioma.

Atender a lo que siempre estuvo fuera, para modelar lo que seguirá después desde adentro. Es un mensaje cifrado, pero vos lo entenderás. Supe siempre ciertas cosas: que no sabés colocar las pilas en el orden correcto, que tenés bastante facilidad para aprender malabares con pelotas, corchos o llaves, que te ponés contento cuando algo termina, que visitás foros de astrología, que no podés mezclar los aderezos, que no hablás mucho de lo que escribiste sino de lo que estás escribiendo, y mucho más; si “el estilo es el hombre”, la sumatoria de actitudes de dicho hombre responderán en su obra. Si tu estilo es sobrio, ligero y blanco, tus poemas son un colectivo descontrolado que te lleva al final del renglón cargando de aventura la impresión que provoca su lectura. Te lo digo también en el prólogo. Tus poemas son tótems, y los versos de cada uno son trazos bestiales. Uno vá presintiendo cada figura animal (o leyendo cada verso) apoyada en la otra sin poder darles espacio; éste aparece únicamente en la consecución y continuidad (al leer el poema entero); la tiniebla se convierte en sentido cuando se ha finalizado el recorrido. Aunque también te aclaré que no todos los tótems poseen esa cualidad de invocación y magia. Y ese palo fue directo. Entre nosotros, la fidelidad literaria es como la lealtad de Lancelot a su amada.
Por ello ahora también es momento de develarte el carácter policíaco de esas charlas esporádicas pero intensas que tuvimos a lo largo de mucho tiempo los dos, a veces con otros, tanto sobre temas literarios como sobre cualquier otra cosa que rondara en nuestra cabeza. Mi intento es policial, de pesquisa, y ahora lo entenderás. Agotamos en esas charlas cualquier confusión, cualquier desvarío, y eso a mí me servía. Parecía la descripción de un asado litoraleño de Saer. Se nos iban los temas y nos deteníamos como moscas en cada pequeña intrusión, que yo trataba de guardar como en un cofre inviolable y único. Ni se te ocurría en esas juntadas pensar siquiera que en algún momento me pedirías el prólogo. Es verdad que hurgué como un espía en tus intereses, pero a fin de cuentas mi descubrimiento es hoy un regalo que le hago a tu obra, y por transferencia a vos.
Con ansias de que permanezcan, es seguro, te ofrezco mis humildes alcances. No leí tu último libro. Más acorde a estos tiempos habría sido feliz (y hasta coherente) decirte que no había tenido tiempo de hacerlo bien, profundamente. Pero no. No lo leí dejándome el tiempo para hacerlo. Arriesgar es jugarle al premio máximo. No cancelo tu porvenir literario ni oferto mi empresa hacia una risotada académica. Trato de esbozar una agonía literaria en la amistad, o si preferís, una amistosa agonía en la literatura.

el brillo.jpg

De “El brillo gemelo”. Borde perdido editora. 2016.

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