La Transformación

Por Matías Gómez.

Un poco de rock pesado amenizaba la noche y las 2 cervezas que se había comprado ya se acercaban al pasado. Minutos después, antes de que finalizara la canción que sonaba, ya brillaban por su ausencia. Irónicamente la sequedad era lo que incomodaba. Afuera llovían baldazos, las calles recordaban a la ilusión de un caudaloso rio Atuel o, quizás, eran más parecidas al Amazonas. Una situación apabullante para tres personas promedio que quieren tomar unas cervezas para acompañar una pizza en un día cualquiera. Tres cobardes que mirando por la ventana de un primer piso esperan agazapados a que alguno diga “yo voy a comprar”. La lluvia azotaba la calle ya desde la mañana. De a ratos levemente y de a ratos con la furia de un santarroseño enojado porque no tiene agua.

El señor F le pregunto al señor J si tenía ojotas. Nos miramos entre los tres un instante.

-Si- respondió el señor J y se quedó callado.

-Es muy buena esa- las palabras salieron de mi boca solas.

De inmediato describí en segunda persona como sería ir a comprar las cervezas a la vereda de enfrente. En segunda persona a propósito, para no implicar que me estaba ofreciendo.

-Te arremangas los pantalones, te pones las ojotas y una campera de acá y estas hecho”- dije y lo mire casi exclusivamente a F durante toda la narración.

Pero cuando termine no se ofreció. Sentí una extraña sensación de responsabilidad y era el único que abría la boca.

-Voy yo- Dije.

Envases en una bolsa de tela, capital en el bolsillo, celular en la mesa, llaves, ojotas, pantalones arremangados, y campera impermeable. Me zambullí a la calle. Al salir me resguarde con la espalda pegada a la puerta oculto del agua por unos segundos. Observé la lluvia, pensé que me estaba convirtiendo en héroe. El mesías que cruzaría el mar rojo. O la avenida. Y en lugar de llevar a un pueblo hacia su tierra prometida, llevaría cerveza hacia gargantas secas y llenas de pizza. Me encaminé y no parecía tan terrible, después de todo era solo agua. Los primeros pasos fueron leves, no hacia frio y a pesar de que la lluvia era intensa no estaba en su peor momento. Al llegar a la calle se me ocurrió que quizás exagerábamos, o que las bocas de tormenta funcionaban de maravilla. Antes de dar los primeros pasos en la calle dude, el agua podría estar helada, inspeccioné la calle desde donde estaba parado hasta la zona que estaba frente a la despensa. Estaba toda igual, media calle de agua que corría salvajemente. Pensé en el futuro y en mi misión.

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Al dar el primer paso en la calle mi pie quedo totalmente cubierto de agua, el pantalón arremangado apenas se mantenía por sobre el nivel del agua, a medida que avanzaba sentía más claramente la correntada que afortunadamente me llevaba hacia la despensa. Llegué al bulevar y me vi frente a la parte quizás más difícil, la otra mano dela avenida estaba casi completamente cubierta de agua. Supe que mis pantalones no estarían a la altura –aunque al mismo tiempo ya estaban empapados por la sola lluvia-. Sin temor ya caminé por la calle haciendo fuerza a través del agua. Avanzaba lentamente intentando no salpicar más de lo necesario. Después de cruzar creí estar a salvo en la vereda, pero no. La vereda rota y llena de desniveles, pasto y pozos era un campo minado. De donde no emergía agua al pisar, había piletas donde debía haber habido baldosas.

Al entrar a la despensa sentí que recién salía de la pileta. Chorreaba agua como una esponja y el despensero sabía a qué había llegado, miraba atónito sin entender el valor que esa cerveza tenía. Realicé la compra con billetes mojados, y la bolsa ahora llena de cerveza pesaba más del doble que antes, además estaba mojada, también toda mi ropa. La vuelta sería el verdadero desafío, al salir de la despensa tuve un momento de paz bajo el techo de la entrada. La lluvia se había intensificado, la vuelta de los baldazos. El chaparrón estaba en su climax. La calle parecía un río, la corriente jugaba trucos e inventaba una profundidad que no existía. Me encaminé hacia la esquina preparándome para cruzar la calle por el mismo lugar que había cruzado antes.

Al llegar a la esquina me sentía listo, me había olvidado de la pesada bolsa y me reía solo de la irania de que posiblemente en algunas canillas de casas de la ciudad no salía agua. De qué tan absurdo puede llegar a ser todo, si no hay agua es trágico porque es necesaria para vivir, pero después sucede esto. Hay agua por todos lados, casas y barrios llenos de agua, las napas suben, en algún lugar debe flotar caca por la calle.

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Hice el primer paso sobre la calle con confianza. Al meter el pie en el agua no me di cuenta que el bulevar no estaba y de repente también me di cuenta que ya estaba metido hasta las rodillas y mis piernas seguían bajando. Me acorde del peso de mi ropa y de la bolsa con cerveza. Con el agua a la cintura tuve que seguir avanzando, no entendía la situación. Con cada paso el agua subía un poco y cada vez sentía el peso arrastrándome hacia un fondo irreal. Sumergí mi cabeza cuando el asfalto así lo dictó y camine por el fondo del viejo mar pampeano. Las luces de la calle guiaron mi camino por entre la oscura profundidad. El agua sabía mal, estaba bien servida, eso era indiscutible. Sentí como me empezaba a faltar el aire, cada paso las luces se veían menos. La oscuridad era abrumante. Ya no veía las burbujas que salían de mi boca. No escuchaba nada. Me quedaba sin aire. Desesperación. Ojos bien abiertos y brazos intentando llevarme a la superficie, pero al desprenderme del fondo queriendo poder respirar el peso me arrastró aún más abajo.

Cuando estuve a punto de perder la conciencia un dolor extraño se apodero de mí. Un frío estremecedor. Los últimos vestigios de luz entraron por los lados de mi cuello, mis dedos sintieron la sangre fluir por entre las venas otra vez, mis manos se sentían recubiertas en un líquido extraño y viscoso. Mis piernas se retorcían de dolor y se desarticulaban. Abrí los ojos otra vez y la oscuridad era tanta que encandilaba. Me agité por lo que parecieron horas. Ya inmóvil la oscuridad y la profundidad me seguía arrastrando más y más abajo.

Ahora mis ojos parecían adaptados al agua y la oscuridad, no me faltaba el aire, sentía mi respiración como si estuviera en la superficie, pero el aire no entraba por mi boca. Sino que por otro lado, sople y vi burbujas. Con mis manos me toque la cara. Me vi los dedos y sentí terror. Tenía los dedos unidos por capas de piel como una rana. Me di cuenta que no me estaba hundiendo más, inconscientemente movía mis piernas con suavidad y me mantenía quieto. Me miré las piernas y mis pies eran más largos que antes, mis ojotas se habían perdido en el agua, también mis pies habían mutado para poder maniobrar bajo el agua mejor. Recordé que estaba respirando y me toque el cuello, no las podía ver pero cuando las toqué supuse que eran branquias o algo similar. Estaba tan sorprendido por lo sucedido y por la forma en la que todo se había dado que había olvidado mi cometido. De mi hombro izquierdo todavía colgaba una bolsa de tela con botellas de cerveza en su interior.

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Sin pensar en donde podía estar empecé a nadar como el hombre pez que era hacia la luz, cuando llegara a la superficie podría ubicarme bien y nadar hasta donde se encontraban F y J esperándome. Para mi sorpresa llegue a la superficie rápidamente, y estaba en la misma esquina en la que me había hundido. El bulevar seguía tapado por agua y a pesar de fuerte corriente que llevaba hacia el centro me podía mantener en el lugar. Rodee nadando el bulevar y me dirigí hacia la vereda, una orilla de concreto que llevaba hacia todas las puertas de las cuadras. La llave seguía en mi bolsillo. Me acerque a la puerta de vidrio y me vi reflejado. Piel verdosa, ojos extraños con parpados normales y otro par horizontales. Era más alto que antes, grandes pies y manos anfibias. Si cerraba la boca mucho tiempo y no respiraba las hendijas en mi cuello se abrían y respiraban por mí, estaba paralizado frente a mí mismo.

Abrí la puerta y subí las escaleras con dificultad, mis pies eran muy grandes para los escalones. Caminé el pasillo y llegué a la puerta, golpeé tres veces y me abrieron J y F. Se quedaron duros mirándome de arriba a abajo y de lado a lado.

-¿Dónde está la birra?- dijeron a coro.

-Acá. Perdí tus ojotas.- les respondí.

-Uh, bueno. Igual estaban hechas mierda.- me dijo J.

Entré a guardar las birras en el freezer y la música seguía siendo rock pesado. No había ni terminado disco aún.

 

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