Un niño que no sabe

Por León Nicanoff

Es la historia de un niño de nombre Mauricio que nunca sabía nada pero siempre se mandaba cagadas. Un niño que cometía errores pero que los admitía con gestos de solemne humildad, haciendo incluso reverencias ante los damnificados, cuando se enrollaba como un acordeón para pedir perdón. Por el apodo se llega a la conclusión de que Mauricio es un niño, pero se desconoce la edad biológica específica. Se determina por regla de tres simple que Mauricio es una criatura de flojas ideas y de fuertes ideales. Mi ideal es seguir mis ideas, solía decir, porque mis ideas son mis ideales, concluía el niño. Nació en una cuna, un día cualquiera, de un mes cualquiera, de un año cualquiera, y allí quedó. Pero un día, cuando ya estaba la luna pegada en lo alto, y el sol caía como un bonzo se incendiaba en el suicidio; un día de transición, transición por naturaleza violenta y turbulenta, cuando el brillo se apagaba y la oscuridad resplandecía, y los pájaros envueltos en lúgubres nebulosas canturreaban melodías demoníacas, cuando el viento con la fuerza de una tempestad golpeaba el vidrio de la ventana ya resquebrajada, y hacía bailar las cortinas blancas, gruesas e imponentes con movimientos fantasmagóricos, y el fuego rojo y anaranjado en la chimenea se comía, se devoraba lentamente como en torturas los leños; un día así, de olvido, de total olvidado, Mauricio agarró un libro, y lo volvió a dejar. Y así transitó la vida, simpático y boludón, pedía perdón, de lo que hacía y de lo que no hacía, de lo que iba a hacer y de lo que nunca iba a hacer. Se angustiaba, eso sí, de repente se angustiaba mucho y no sabía por qué, simplemente caía rendido, inmóvil en su cama en sesiones de extensas reflexiones. Tenía de marco teórico nada más y nada menos que a René Descartes, porque si para existir hay que pensar, llegaba a la conclusión que primero había que pensar para existir. “Pienso, entonces existo, pero antes intento levantarme de la cama”, teorizaba el niño. “René es el mejor filósofo de todos, por descarte, ja ja”, se reía de sus pícaras ocurrencias. Los monstruos le aparecían más o menos a la hora del almuerzo, por eso se tiraba a recobrar energías desde el mediodía hasta las dos de la mañana, aproximadamente. Muchas veces, dormía más de lo debido y se despertaba más cansado aún, entonces volvía a apoyar la cabeza en la almohada para recuperarse. A veces, envuelto en laberínticas siestas, pasaba meses así.

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En un día abrasador que abraza al día y de penetrante calor que penetra a Mauricio, la señora de enfrente riega y el diariero tiene diarrea. Mauricio se dirige a la heladería de su casa, dobla a la derecha, pasa por el living y llega.

  • Hace calor, quisiera un helado de limón.
  • Acá tenes, hijo. Con este calor podes andar tranquilo por ahí que ni se te va a derretir, jaja- ironiza el heladero.

Mauricio se queda pensado. Llega al living, se sienta en el sillón, mirando el helado. El sillón era de una tía fallecida, su último recuerdo. Llega la madre.

  • ¡Mauricio! Niño boludo, manchaste todo el sillón de la tía. Qué hacés ahí sentado mirando el helado.
  • ¡Mamá! Me dijeron que con este calor no se iba a derretir.
  • ¿Quién te dijo eso?
  • El heladero.
  • Pero sos boludo, Mauricio.
  • Perdón, mamá. No sabía. Perdón de nuevo.
  • ¡Bueno ahora agarrá esta plata y llevalo a la tintorería!- exclama irascible la madre.

El niño agarra el dinero e inmediatamente va a la tintorería. La madre, por supuesto, echa al heladero, lo deja en la calle. La mancha no desapareció del todo, aún se puede observar la sombra de helado pegada en el respaldo del último recuerdo de la tía fallecida. Pero Mauricio se quedó con el vuelto del servicio. Y así, conforme iba pasando el tiempo, el cúmulo de cagadas y arreglos aumentaba y los vueltos que se encanutaba el niño se elevaban. En pocos años, amasó una enorme fortuna. Conoció en el transcurso a otro niño, Marquitos, y juntos se complementaban. Uno se mandaba las cagadas, y el otro las solucionaba. Es decir, le decía lo que tenía que decir cuando decía lo que no debía decir, a no ser que no diga nada, entonces Mauricio decía: nada. Mauricio quemaba focos, y Marquitos le echaba la culpa a otro. Mauricio rompía un vaso de cristal, y Marquitos “no sabía que no era de cristal”. Mauricio se hacía pis en la cama, y juntos se disculpaban. Mauricio no aprobaba las materias del colegio, y Marquitos les decía a los padres que el pasado es pasado y el futuro será mejor. 15 años pasaron así, entre risas, alegrías y picardías.

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La noche anterior de aquel trágico día de diciembre había sido común. Como todas las noches, el padre del niño dejaba encendida solamente la luz del baño y le leía un cuento.

  • Una vez, hace muchos siglos atrás, una bestia salvaje de ojos azules toma el poder…
  • ¿Con la mano?
  • No, tomó el poder…
  • Ah, con la boca…-Lo interrumpe.
  • No, significa que ahora es quien gobierna al pueblo…
  • ¿Qué pueblo?
  • El pueblo “Blanco y Azul”.
  • Eran dos pueblos entonces.
  • ¡No! ¡Es uno! ¿Sigo?
  • Bueno.
  • Ese pueblo se había construido fruto del esfuerzo…
  • ¿Pero qué árbol da esos frutos?
  • ¡Ninguno! Te decía que esta bestia no sabía cómo había llegado ahí…
  • ¿Y cómo había llegado?
  • No sé, hijo. Cuestión que llegó y una vez allí no sabía qué hacer…
  • ¿Y qué hacía?
  • Cagadas…
  • ¿En la calle? ¿No tenía baño?

Y así está toda la noche el padre explicándole el cuento al niño, sin éxito. Se aproxima el mediodía y la hora de la siesta. Siesta que se acumula con la noche sin dormir. Estaba cansado el niño Mauricio y decide salir de la casa a resolver unos asuntos pendientes, puesto que si no, lo debía posponer para la semana siguiente, cuando se despierte. Entonces, sale en su auto.

Dos cuadras después, el niño seguía reflexionando con el cuento, sin éxito. Y en un largo bostezo, estira el cuerpo, levanta los brazos y extiende las piernas que se tensan. Es decir, de un momento a otro, saca las manos del volante y acelera el auto, el despistado niño Mauricio. Atropella a una docente que venía de dar clases. La pasa totalmente por arriba. Ahora yace moribunda, con la cara destrozada y las costillas deshechas en el intenso y caluroso asfalto. Mauricio frena, un metro después del cuerpo, y se agarra la cabeza. La mujer hace un sonido extraño e intenta levantar el brazo como para pedir ayuda. Qué cagada me mandé, piensa Mauricio. Entonces, llama a Marquitos.

  • Marquitos, ¡me mandé un cagadón con una persona!

Marquitos estaba muy entretenido jugando con el Twitter. No le da mucha importancia ya que era una constante en su vida ese tipo de llamadas.

  • No hay nada que no se pueda solucionar- le dice. –Hacé una cosa, escuchame bien. La miras a la cara, fijamente a los ojos, y con gestos de arrepentimiento le pedís perdón. Después volvés a cero, como quien dice, haces marcha atrás. Y por último, con la frente alta, arrancá, encará el futuro con optimismo, sin mirar un segundo para atrás.

Y Mauricio le hace caso.

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