Las fotografías

Por Nicolás Jozami
                                                                                                a la memoria de Silvina Ocampo

He escuchado decir a muchos que el amor no tiene edad, color, época ni razón, pero la opinión de Laura tenía un fundamento sui generis. Decía que el amor podía no concretarse, ni desarrollarse, que no se necesitaba a la otra persona para amar. Eran obviamente locuras y opiniones juveniles de mi amiga, que sospeché se le calmarían apenas tuviese en manos algún muchacho que supiera entenderla. De hecho, eso ocurrió cuando conoció a Eduardo, que frecuentó el bar estudiantil y logró aprobar algunos exámenes antes de abandonar sus estudios. La absorción enfermiza de Laura y la inconstancia de Eduardo hicieron que terminase por dejar a su novia. Laura se recibió de médica, y sintiéndose culpable del destino de Eduardo, decidió buscarlo nuevamente. Fue en vano. En agosto de ese año Eduardo había muerto y Laura no había podido aceptar esa realidad. Eso recordé fugazmente al verla bajando las escaleras del cine, donde ambas coincidimos casualmente luego de un tiempo sin vernos.

Cuando me acerqué, me abrazó espasmódicamente varias veces. Logró persuadirme para que fuera con ella, por lo que nos dirigimos hacia su casa, en esa tarde lluviosa. Volvimos a ser las niñas de antes; nos paramos en los cordones mojados, balanceándonos y equilibrándonos con los brazos. Laura me recordó (como era previsible) los últimos episodios familiares antes de irse a vivir sola a un departamento húmedo (eso lo comprobé después) en la cima de un edificio, como ella había soñado con Eduardo. Le mentí algunas verdades y felicidades mías, sobre todo al negarle mi bienestar sentimental. Cuando se tornó inevitable le pregunté por su estado afectivo. Sin detenerse, instintivamente, me confesó que aún amaba a Eduardo. La circunstancia de su ausencia no le impedía sentirse regocijada cada vez que pensaba en él. Su mirada se tornaba entre furiosa y desesperada cuando lo nombraba.

Uno de los motivos por los que me dirigía a su casa era la insistencia acerca de ciertas fotos. Me las imaginé como siempre, guardadas entre las transparentes páginas de la Biblia (a veces las trasladaba a las del Dorian Gray de Wilde). La interpelé con sequedad para que recordara el día o la época en que las había sacado; cínicamente dijo que ella no las había sacado, sino que las había encontrado. Dudé un poco de esa aseveración, pero no volví a indagar. Cuando quise retomar la conversación, Laura se adelantó y volvió a hablar de su tema excluyente: -A Eduardo lo recuerdo todos los días y más cuando miro las fotos. Él sigue vigente-. En su forma de evocarlo notaba cierto recelo hacia ese hombre e inferí que su vida se circunscribía a ese pensamiento idílico. Se llamaba a sí misma “presa del recuerdo de Eduardo”. -Él siempre fue conmigo un hombre de palabra. Sus comportamientos se mezclaban con sus desajustes mentales pero tenía intacta su capacidad de entrega y amor-. Laura hablaba de Eduardo como si fuese a encontrarse con él; desatendía lo que le rodeaba cuando lo imaginaba.

lluvia-de-tormenta

Llegamos a su departamento. Ella me tomó de la mano y volvió a decirme que uno de sus sueños habría sido ir a vivir ahí con Eduardo. Me soltó, buscó la llave en su cartera, que tenía envuelta en un pañuelo floreado y la metió en la cerradura. Entró, miró a su alrededor verificando que todo estuviera en orden y me invitó a pasar.

Había un olor extraño, a objetos antiguos. Un gran mantel de terciopelo verde se extendía en una mesa de roble oscuro, a la que apenas se le veían las patas. Laura abrió una puerta pequeña de vidrio del mueble que estaba en línea recta con la puerta de entrada y sacó dos vasos. No tuve tiempo de sentarme porque me condujo por un pasillo a su habitación, espaciosa y desordenada. Laura no había cambiado mucho, era indecisa y despreocupada; sus prendas íntimas estaban sobre la cama junto a polleras y medias. La pared que daba al respaldo de la cama tenía otro color y estaba muy deteriorada. -Es un problema con un caño del agua- acotó. -Se ha descascarado y la han pintado por cuarta vez-. Un cuadro con relieve pendía de la pared frontal y mostraba una mujer en posición fetal con una aureola sobre su cabeza. En el costado inferior izquierdo se asomaba la cabeza y el torso de una pantera, que mostraba sus dientes, como queriendo atemorizar a la muchacha.

Busqué sin éxito algunas fotos sobre la mesa de luz. Laura me ofreció enseguida una toalla para secar mi pelo y mis brazos, de los que caían todavía algunas gotas. Me sequé y le pasé la prenda húmeda, que tomó y se la enrolló sobre su cabeza, formando un turbante amarillo. Nos volvimos a reír como dos tontas adolescentes hasta que el silencio se adueñó de la habitación, con un eco simultáneo casi cómplice. Me ofreció un café.

Ya en el comedor, mientras mi amiga volcaba azúcar en los pocillos, me detuve en la ventana, corrí las cortinas y observé la fina lluvia que caía y que parecía querer decirme algo. Eran gotas grisáceas, como de plomo. Ví en el vidrio el reflejo de mi amiga, que sostenía un pocillo caliente con ambas manos, esperando a que lo tomase. Allí me volvió a hablar de las fotos. –Vas a ser la única persona a la que le voy a mostrar las últimas fotos de Eduardo- dijo con vehemencia. En ese momento recordé la calidez con que ese hombre la había tratado.

Nos sentamos y le pregunté por qué no se compraba una mascota. –Son indescifrables los animales. Uno parece que tratara con tinieblas porque nunca llega a obtener nada de ellos- respondió. Rascaba nerviosamente sus pómulos, por lo que estaban enrojecidos y marcados. No te voy a preguntar acerca de tu vida sentimental porque ya la conozco- me dijo. Hace una semana estuve con Paola y me contó de tu relación con un tal Javier–. Yo no tenía nada que agregar a tan rotunda realidad. Laura me preguntó si Javier era en algo parecido a Eduardo. Dije lo primero que me vino a la mente, en forma instantánea: –Los dos son altos y tienen una cicatriz en la cara-.

mujer

Me sentía incómoda. Me paré, y sin pedir permiso, tomé de la biblioteca el Elogio de la Locura, de Erasmo de Rótterdam. -Lo he releído por partes varias veces- se anticipó mi amiga. -Debí devolverlo a la biblioteca. A Edu no le gustaba leer y me reprochaba que leyera porque decía que era agregar problemas a la realidad de uno-. Escuché lo que me repitió tres o cuatro veces y le dije que debía irme porque era tarde. La lluvia no había parado. Laura corrió las cortinas y truncó mi visión del lluvioso paisaje. Logré ver un hombre manejando su bicicleta dentro de una larga capa de nylon amarillo.

-Quiero mostrarte algo que nadie conoce. Sé que vos siempre quisiste entender mi amor hacia Eduardo, así que debo hacerte partícipe del último recuerdo que tengo de él- expresó con esos sinuosos labios que permanecían brillosos cada vez que los movía. Yo recordaba épocas en que nuestro profesor de secundaria nos obligaba a dar extensas lecciones, y a Laura se le formaba como una espuma en la boca que no la dejaba hablar. No eran nervios, sino que ante cualquier emoción reaccionaba de esa manera. Su momento más placentero, según me decía en aquella época, era en las noches tibias cuando recostada sobre su sillón de franela leía en voz alta relatos de H. P. Lovecraft. Llegó a decir que le parecía atractivo el huraño autor norteamericano, con esas orejas que más bien semejaban antenas desplegadas.

Laura se levantó de la silla, miró el reloj colgado en la pared y se dirigió a la cocina. En ese momento, alcé la vista y constaté que en una de las repisas había un portarretratos con una foto de Eduardo, sonriente, y en cuyo fondo se divisaba una alta montaña y un río que caía de ella. Era un día nublado y en el borde inferior tenía la fecha en que había sido tomada. Recordé que el ex novio de Laura había viajado de mochilero a Brasil. En ese momento mi amiga trajo dos vasos llenos de limonada, los apoyó en la mesa y se acercó nuevamente a la biblioteca. Extrajo en esta ocasión un libro rectangular; era una segunda edición de un Atlas de anatomía humana. –Dentro de este libro están las últimas fotos de Edu. Son lo que me quedaron de él. Las encontré hace poco- dijo con gran entusiasmo tras apoyármelo sobre la falda. Laura se volvió nuevamente y dirigió a la cocina. –Te voy a hacer probar una torta que hice anoche y que le rayé como un kilo de limones-.

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Sin esperarla, abrí el Atlas. Me detuve en las primeras páginas que eran las más gruesas, aunque mi sensación fue al principio creer que el espesor que había entre las hojas alertaba la presencia de las fotos. Nada. Sólo me acompañaba el ruido de las hojas que corría inquietamente de derecha a izquierda. Impaciente, tomé el volumen de sus tapas y lo volteé hacia abajo para que, si había algo dentro, cayera. Ví únicamente unas aplastadas flores marchitas (orquídeas) que se desgranaron en el piso del comedor.

Reiteré la maniobra una y otra vez, pero las fotos no cayeron. Cerré el Atlas y lo apoyé en la cama. Apuré mi limonada justo cuando Laura retornó con varias porciones de torta. –¿Y, las viste?- dijo frotándose la cabeza. -No están acá adentro- respondí impaciente. Laura tomó el volumen y me dijo con ígnea mirada: -No, estoy segura que no me entendiste: las fotos están acá, son de acá- dijo señalando una página.

Una leve intuición de lo que vendría me aterró y secó la garganta. Laura se sentó a mi lado y abrió el Atlas en la sección Cabeza y Cuello. Pasó una página, dos, y, en la tercera, el estupor ahogó mi alma. Una fotografía de unos 20 centímetros tomada desde el lateral izquierdo mostraba parte de la cabeza y el cuello hasta los hombros de un cadáver revestido de tejido y carne. En un color tenuemente amarronado, sobre un fondo negro, parecía que la marca del cadáver sobresalía. En el centro de la foto, sobre el cachete izquierdo, esa cicatriz inconfundible revolvió los fantasmas de mi recuerdo, volviéndolos un epitafio macabro de la casualidad.

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