¿Qué es ser transgresor hoy?–Sobre la corrección política y la política del temor

Por León Nicanoff

Como cualquier otro artículo que copia y pega la definición de una idea, según la Real Academia Española, transgresión significa “acción y efecto de transgredir, quebrantar, violar un precepto, ley o estatuto”. Los sinónimos: desobediente, inobservante, delincuente, pecador. Los antónimos: respetuoso, observante, virtuoso. Ahora bien, desde el punto de vista etimológico, significa pasar a otro sitio, atravesar, sobrepasar. Es decir, la transgresión significa movimiento. El movimiento (de clases, material, espiritual, etcétera) es la columna vertebral, el inflador de la historia. Si no sabemos qué somos, o si realmente existimos, o si efectivamente estamos ahí, la historia, por lo menos, nos da un testimonio de algo, y eso es gracias a la transgresión. Si no seríamos compartimientos estancos, compactos, como plantas o arbustos que salen de la nada o de un terreno árido, y sólo se desplazan apenas para un costado después de una ráfaga de viento, o cuando se doblegan antes de morir.

En la literatura, la transgresión describe temas como la drogadicción, la sexualidad, la violencia, el incesto, la pedofilia y la delincuencia. En general, los autores son tratados de enfermos mentales, nihilistas, antisociales o extraños. Pero su finalidad, en casi todos los casos, está orientada a la búsqueda de una identidad propia y a la libertad personal. Si bien en todos los tiempos hubo “locos”, Marqués de Sade pudo haber inaugurado esta tendencia con sus textos que retrataban antihéroes, violaciones y el triunfo del vicio sobre la virtud. Estuvo encerrado 27 años de su vida en prisión y en “asilos para locos”, y figuró en las listas de condenados a la guillotina. Le siguió, seguramente, un siglo después, Isidore Ducasse, con sus Cantos de Maldoror, ficción que describe a un demonio tomar venganza de Dios y su más detestable creación: la humanidad. Murió a los 24 años, absolutamente marginado. También figuran Dostoyevski y su “Crimen y Castigo” o “Memorias del subsuelo”, “Hambre” de Knut Hamsun, “Trópico de Cáncer” de Henry Miller, “Lolita” de Vladimir Nabokov, “Howl” de Allen Ginsberg, “El Almuerzo Desnudo” de William Burroughs, entre tantos otros.

Se puede decir, rápido y pronto, que transgredir es ir en contra de la corriente, si la gran mayoría “piensa” o “dice” determinada cuestión, transgredir es mostrar no necesariamente su oposición, sino más bien lo que no se termina de exponer. El espacio y el tiempo, naturalmente, son las variables que la determinan. Durante siglos lo que predominó fue la moral cristiana como método represivo para tapar las “miserias” propias del ser humano. En la actualidad, si bien sigue vigente, se ha gestado a partir de sus resabios, con la vorágine del siglo XXI, las nuevas tecnologías y fundamentalmente internet, un nuevo sistema encubierto que emergió con mayor fuerza y diferentes componentes: la corrección política.

Una transgresión lleva una connotación positiva cuando una sociedad está inmersa dentro de una cultura hegemónica que sostiene de manera explícita un sistema político represor, y que ciertas acciones llevan a romper con tabús o prejuicios que la sociedad en su conjunto ya no puede tolerar en un momento dado. Pero qué sucede cuando la misma cultura hegemónica incorpora dentro de su sistema de valores o de su visión del mundo, una serie de cuestiones que antes estaban reprimidas o relegadas, y que ahora se manifiestan, se muestran, pero lo hacen a partir de la articulación del poder imperante.

Cómo se escapa del laberinto que se construye cuando temas como la pobreza o “los pobres”, el feminismo, entre otros, ahora se muestran porque ya no soportamos como sociedad la culpa de que vivimos medianamente bien sin mucho esfuerzo mientras a la vuelta de la esquina hay alguien durmiendo en la calle, o que asesinamos cada día a más mujeres, tanto es así que año tras año los femicidios aumentan. Es justamente allí donde opera la corrección política, para que el laberinto sea aún más difícil de traspasar. Las nuevas tecnologías y las redes sociales son partes de ese sistema perverso, vendrían a ser uno de los muros imaginarios que marcan el camino a transitar. Señalo la palabra imaginario porque el poder coercitivo más eficiente radica en la autocensura. Después, claro está, existe la confrontación directa que se puede traducir en puteadas, ninguneadas o incluso denuncias ante diferentes organismos. El lenguaje puede ser el primer paso para un cambio de sentido, pero no es el cambio mismo. La idea de que con un manual retórico en el cual indique cómo y sobre qué se debe hablar, provoca finalmente que se aprisione al concepto en una armadura de acero y se hunda y se pierda en el fondo del océano.

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La ecología y el cuidado al medio ambiente son los nuevos tabús en la actualidad. Estamos al tanto del calentamiento global y de la real contaminación, y conocemos quiénes y cómo la producen, sin embargo actuamos, frente a esto, con absoluta negación. Preferimos luchar contra los papelitos de caramelos de la calle, calle que conduce al limpio parque verde donde los alegres gorriones vuelan y cantan. Un ejemplo cercano: un amigo, al que poco le interesan las causas o las cosas en general, se compró un pebete, cuando le estaba por poner mayonesa hizo explotar el sobrecito por tanto se manchó todo. Sin embargo se limpió con una servilleta. Ahora tenía un pebete, una gaseosa, una servilleta embadurnada y dos manos. Estaba incómodo, entonces se le originó en su pícara cabeza la idea de tirar la servilleta embadurnada en la calle y seguir su rumbo. Pero en ese momento, se paró frente a él, a esperar el colectivo, una señorita de muchos seguidores que postea con mucha suculencia cosas del medio ambiente en su Face. A pesar del intento, no pudo arrojar la servilleta a la calle, y se la metió en el bolsillo. Llegó el colectivo y viajó con todo el jean embadurnado. Cuando nos encontramos, me contó esto con profunda humillación y angustia por la inautenticidad a la hora de decidir su propia vida. Esa voz autoritaria de “no hagas aquello, sería traspasar un límite”, reemplazó en este caso a la religión. Citando a Zizek: “Tal vez la ecología pase a ser un nuevo opio de las masas”.

La validez que le otorgamos a un sistema político cuya existencia se sustenta con la necesaria generación de pobres, requiere inevitablemente de un conducto por el cual drene el río infectado de culpa para sentirnos, finalmente, liberados de la conciencia miserable que en realidad no queremos reconocer. Para esto, el cristianismo y el “amar al prójimo” o la “ayuda a los pobres” ha sido fundamental. En la última década, en Argentina, esto se tradujo a la corrección política: la frase de Kiccilof de que “no tengo el número de pobres, es una medida estigmatizante”, puede ser un claro ejemplo de esto, aunque hay innumerables de ellos. El macrismo (que todavía no entiendo bien qué es, aunque el texto de Schuster “Ni pizza ni champán”, en mi opinión, es lo que más se acerca a su definición) quiere invertir esta ecuación, pretende mostrarlos pero de tal manera que uno crea que el bienestar económico es un aspecto superficial de la vida. La espiritualidad budista y la sarasa de la literatura de autoayuda nos retratan eso. Un ejemplo claro es el documental “Happy” que en más de una ocasión Macri ha promocionado en sus discursos: estudiosos de Harvard en Haití estudian por qué la gente en ese lugar, a pesar de la pobreza extrema en la que viven, es (supuestamente) feliz.

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La violencia hacia las mujeres, en todos los aspectos, ha sido un histórico flagelo. A partir de allí, surgió el feminismo para combatir la ideología patriarcal. Sin embargo hoy, se ha convertido en un concepto apretado, encapsulado, en donde solo hace falta balbucear una consigna o un slogan para convertirse en un defensor de los derechos de las mujeres. Juan Terranova, periodista y escritor denostado después de su frase: “el feminismo es su propio tabú, el feminismo hoy se volvió represivo”, escribió un artículo llamado “Crítica al feminismo”, en donde plantea 5 puntos que, según su visión, el movimiento falla: la inorganicidad, la ineficiencia, la radicalidad, la falta de autocrítica, y la victimización y agresividad. Hoy en día no se puede repensar este concepto a pesar de que el machismo sigue tan vigente como siempre. Es decir, la ineficiencia aquí ha sido la protagonista de la historia (57 femicidios en 44 días). En este sentido, el feminismo y el machismo son las dos caras de una misma moneda en donde la retroalimentación juega un papel fundamental para que la problemática de fondo esté cada vez más alejada de la realidad. Los medios de comunicación, siguiendo la lógica eficaz del mercado, ayudan a fortalecer este esquema.

Nuevamente ilustraré esto con un ejemplo cotidiano, a pesar de pecar de rigurosidad periodística, pero en fin, puede servir por lo menos para pensarlo. Un conductor de TN, en el día en que una gran parte de las mujeres del país decidieron no ir a trabajar, dijo: “hoy las mujeres dejaron los platos sucios en sus casas, y salieron a manifestarse a la calle, por sus derechos, para que no las maten más, para empoderarse y hacerse escuchar”. La primera parte de la frase corresponde a su concepción cavernícola vigente y patriarcal, y la segunda al casete políticamente correcto. Esto, intentando escapar de la generalización, sucede en el mayor de los casos.

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Por otro lado, la transgresión también implica asumir una responsabilidad que permita expandir los límites del sujeto y del colectivo social, hacia una búsqueda, en definitiva, más entretenida. Al fin y al cabo lo que provoca movimiento en la historia es el componente divertido, o interesante de la vida. Siguiendo los márgenes que plantea la corrección política, nuestra sintonía sería la de “aguantar”, la de “soportar”: soportamos el trabajo, aguantamos el día, soportamos la noche, aguantamos una película de mierda, una literatura aburrida. Y de nuevo, somos como plantas que nacen de un terreno árido.

Para concluir, lo reprimido sale a flote siempre en su peor estado. La teatralidad y la sobreactuación de la correcta retórica ciudadana termina agotando al individuo, molesto de no ver cambios en su vida real. No es casual, desde este punto de vista, que haya ganado Trump en los Estados Unidos. No es casual que le haya ganado a una prolija mujer de extensa sonrisa, después de ocho años de gobierno de un simpático afroamericano que poco hizo. Porque, citando nuevamente a Slavoj Zizek, “Trump, este sucio y mugriento ser humano, vino a desintegrar los buenos modales públicos”.

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