Un flâneur nocturno

Por José Tévez.

“Creo que si el vino desapareciera, se abriría un vacío, una ausencia, en el intelecto del planeta”. Del vino y el Hachis, Charles Baudelaire.

Se pasea por las calles de Santa Rosa y recorre las zonas del oeste como un fantasma de cordón a cordón sediento de profundidades: un auténtico flaneur de los llanos. No fueron los filósofos ni los sociólogos los que lograron interpretar a las ciudades, cuando la modernidad, era una locomotora movida por el ritmo acelerado de la producción y el consumo, y aglutinaba a las personas a la alienante vida social. Quienes supieron expresar las relaciones entre los seres humanos y la ciudad fueron los poetas.

                                                                             *           

El mundo es una olla hirviendo a punto de estallar. La sociedad consume y es disciplinada; la guerra y la revolución encienden las praderas. Argentina es sexo, drogas y rock and roll; teorías de la liberación y bastones largos. Acá, en Santa Rosa, el sistema inmunológico funciona sin demasiados problemas. “El negro”, agita a sus amigos para ir a la peña en el “Temple del Diablo”: una especie de aquelarre intelectual y artístico, en Centeno y Don Bosco. Juan Carlos Bustriazo Ortiz, es un auténtico baqueano: su cabello negro es tupido y espeso; combinado con las primeras canas al salir. Lleva una camisa gris desprendida hasta el ombligo con tres biromes colgando en su solapa izquierda. Su rostro es indígena style: barba Fidel castreana, combinado con las primeras canas al salir. Sus cejas anchas y negras esconden dos ojos que aguijonan el misterio.

Para Bustriazo, “el Temple del Diablo”, es una peña hermosa, un lugar hermoso. Allí, se reúne con su querido amigo, el finadito Guillermo Jesús Mareque. Se arrima la gente,  parecen conocerse, muchos de ellos son artistas, músicos y poetas. El lugar parece una caverna gótica iluminada por unas cuantas velas que rodean las mesas. Se escucha el sonido de una guitarra, una tal “milonga baya” compuesta por un poeta que llego de Algarrobo del Águila hace algunas horas. Al hombre, también se lo ve sediento, dice, que su devoción por la bebida se remite a la resequedad que vivió su pueblo durante el flagelo de las sequías: “He aquí, mi poesía; y mis ansias de vino”, comenta en voz alta, agarra la guitarra y comienza a cantar: “porque de noche en La Pampa, con guitarra es otra cosa”.

Juan, cuenta que tomó vino desde muy  joven, el vino blanco nunca le gustó. El encargado interrumpe la música y les comunica que se están terminando las velas. Enriquito Fernández Mendía, es compañero de giras de Bustriazo. Mira su reloj, y recordó que abría otra peña cerca de Villa Parque. El negro, continua hablando con dos amigos poetas, y dice: “la ginebra Llave no me gustó nunca. La Bols si, que rica. Ginebra Bols y vino tinto, y nada más; pero bueno, también he tomado grapa y otras bebidas blancas, casi todas bebidas blancas que se toman en el país: caña fuerte, Legui: que se llama así por Leguizamo. Y cantabámos: “Leguizamo solo/ gritan los guapos de la popular”.

Algunos ya comenzaron a irse, pero para Juan Bustriazo, la noche recién comienza. El negro, les comenta a sus amigos que hay un libro de Walt Whitman que está leyendo. Un libro perdido. La historia de “Franklin Evans, el borracho”. Es la única novela que escribió el poeta yanqui en toda su vida. Bustriazo Ortiz, dice que “mejor que siga con la poesía”. Con el vaso de vino pegado en su mano, da un sorbo largo, y critica la novela de Whitman: no le gusta la ficción antialcohólica.

El negro, ya con la camisa totalmente desprendida, saca un papel, y comienza a recitar un poema- ¡Para vos Whitman! y arranca: “andaba yo por la noche la boca en nostalgia y brasas la boca sin boca vivo es un decir socarrada andaba yo por la noche olor a Toay en el alma en mi alma digo ese ruido que llevo adentro y es agua andaba yo por la noche la noche que pierde o salva cuando entre médanos negros blaqueó un boliche fantasma andaba yo por la noche en la noche que besa y pa a tranco y tranco ya penca y con el agua por anima andaba yo por la noche olor a Toay a oscurada entre los médanos negros y un ruido del agua un vino Juan?”

Es tarde, Santa Rosa esta adormecida. Aquí, de noche, siempre parece hacer frío. Solo se escucha el ladrido de los perros. Bustriazo Ortiz, se prepara con su amigo para salir de gira. Me gustaría acompañarlos. Pero estoy cansado. Los artistas se van yendo. Algunos a dormir; otros a seguir la noche. El negro, anda borracho pero nada malo le va a suceder, las calles oscuras de esta ciudad lo conducen y lo cuidan.

Al salir de la caverna, vi que arriba de una estufa gas estaba grabada la parte de un poema de Bustriazo.

                                                                               *

En Santa Rosa las oscuras calles en madrugada vigilan el pasar de los borrachos y sonámbulos. Se escucha el ladrido de los perros y el sonido del motor de algún auto al pasar. El negro, vuelve de una peña en el barrio “Las Rosas”, hubo noche de milonga, y hasta se armo un baile. Bustriazo Ortiz, camina por las calles de Santa Rosa, con un portafolio en su mano. Dice, que en “él llevaba una linterna para encandilar a los perros que se cruzaban por su camino, una bombilla de hueso, un vaso y sus poemas”. La oscuridad y los perros son una radiografía perfecta. Cada vez que regresa de una fiesta no se cruza con nadie. Las calles vigilan; pero conocen y cuidan. El “otro”, el “extraño”, no significa ningún peligro. Todo lo contrario a lo que se vive a nivel nacional. Los militares no admiten extrañezas. Persiguen y secuestran. Asesinan. El clima está empeorando. Hay un jefe del ejército en Toay, que parece tener más poder que el gobernador. Van empezar a cuidarnos ellos, y las calles, comienzan a ser “otras”.

A Bustriazo, lo saluda todo el mundo, las calles lo conocen. Dice que por ahí vienen tipos extraños, delincuentes, y lo saludan. “Yo seguía caminando lo más tranquilo, jamás me faltaron el respeto, ni me tocaron ni me golpearon nunca. Hasta los perros me conocen”.

El negro, recorre no solo las calles de la Santa Rosa profunda, también, deambula solitariamente por la zona de los medanales. Botella en mano, mira el cielo, busca inspiración. Se dirige a los médanos de los alrededores camino a Toay. A Bustriazo, le gusta la arqueología, quiere ser arqueólogo. No arquitecto como Walt Whitman. El negro, recoge piedras, restos de alfarería. Cualquier objeto hundido en las arenas medanales. Esta amaneciendo, son las 5: 30 de la mañana.

Juan, guarda las cosas que encontró dentro del maletín. Y emprende el interminable regreso a casa. Al llegar, empieza a guardar todo en su habitación. Ya es de día. Su habitación parece un museo: tiene piedras, puntas de flecha, restos óseos de animales.

Ese es el universo poético de Juan. Caminar por las calles, beber, milonguear, recoger objetos. Una especie de antropología de la imaginación. Abierto a los seres, a las cosas. A lo que está ahí, entre nosotros.

                                                                             *

En Santa Rosa, el sistema inmunológico funciona perfecto. Las calles no son las mismas. No hablan, no cuidan, no conocen. La vigilancia es policial. La ciudad parece sumergida en una crisis en donde nada muere y nada nace. En las calles se escuchan los ruidos de los autos, perros que atacan, sus transeúntes son desconocidos cargados de resentimientos y violencia acumulada. Las personas se alienan al negocio del casino. Los jóvenes frecuentan boliches con patovicas anabólicos que restringen la entrada a otros: a extranjeros, homosexuales, lesbianas, mal vestido, morochos, extraños. Un olor nauseabundo perturba a los vecinos. El líquido fecal merodea las calles, y entra a los hogares de otros.

La ciudad ya fue disciplinada. Hoy es controlada por una ceguera criminal. Existen programas de prohibiciones, se adhieren a políticas represivas de seguridad, y se persigue a borrachos y fuma porros. La ciudad admite la ideología del miedo. Estamos desbordados, inundados, y nos falta el agua.

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Juan, está internado en un hospital psiquiátrico. Quiso cortarse las venas, pero dice que es apenas un pequeño sangrado. El negro, dice que la doctora le saco la inspiración con un tipo de medicamento. Entrego hace días un papel que firmo cediendo sus obras. ¿Estará pagando en cuotas aquellas largas noches sumergido en alcohol? Intenta escribir, se mueve para todos lados. Busca inspiración. Logra alcanzar su birome, pero, acusa a Dios de haberlo abandonado. Y se pregunta: ¿Qué paso Dios? – me dictabas los poemas, hasta los títulos de los libros.
                                                                         *

Bustriazo Ortiz, esta enloquecido. Quiere recuperar sus obras hoja por hoja. El poeta ya no camina la ciudad, esta viejo. Pero ahora canta. Son sus cantos finales. Tacha antiguos manuscritos. Inventa palabras, siente el encierro de la casa y del lenguaje. Es el año 2010, Juan Bustriazo Ortiz, ahora se pone a rezar: “yo me llevo todo esto/hondo y sangrando/hasta el día enterrado de mi regreso/si quisiera llevarme todas las cosas/no podría/ son tantas como los tiempos…”

                                                                           *

¿Qué significo ser un paseante por las calles de Santa Rosa hace 50 años atrás? Un caminante contemporáneo, ¿Cómo representaría hoy, a una ciudad, sumergida en desbordes cloacales, desechos tóxicos y violencia policial?

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