La evolución de la madera

Por Nicolás Jozami

A Héctor Díaz

Se lo podía ver durante horas desarmando banquitos con una paciencia ancestral. Encorvado sobre su tarea, en el fondo del patio, o a veces en el taller, desprendía gotas de sudor que se calcinaban en el suelo pedregoso. Apilaba los restos en un rincón, para luego imaginar otros muebles. Era difícil creer que esa mole de carne, piel asolada y mirada profunda, pudiera armar esos objetos que compraban los vecinos con la confianza que daban los atractivos resultados.
Oscar había llegado tiempo atrás, con uno de los Mora; se había quedado como un hijo más, o como un tío lejano que ha sufrido alguna desgracia que no quiere hacer pública. Se decían muchas cosas, pero lo cierto era que había sido de gran ayuda para Maximiliano en el trabajo con las colmenas. Lo había conocido -y encontrado- en una visita al campo de Benítez. Según le comentó a Maximiliano, Oscar apareció una noche de tormenta en la casilla donde había tenido que quedarse momentáneamente porque no podía salir. Le dijo que una bestia repentina y mojada había tapado la entrada dejando libres unos bordes apenas, que mostraban los relámpagos repetidos furiosamente esa noche. Benítez le dijo que él se había asustado como un niño. -Respiraba fuerte y se inflaba y desinflaba como un globo. Los hombros le llegaban hasta las orejas. Parecía un animal, y solamente dijo su nombre.
Maximiliano, tras escucharlo, y luego verlo, pensó consecutivamente en su familia, en las colmenas, y finalmente en Oscar. Decidió llevárselo al campo, sobre todo para el trabajo de fuerza, ya que evidentemente era una bestia. Pero también tenía, y Maximiliano se diría su descubridor, algo que Benítez no tuvo tiempo de comprobar: una precisión y una delicadeza que contrastaban con ese cuerpo aparentemente tan difícil de manejar: dedos como churros o salchichas criollas, la cabeza pequeña allá arriba, con los hombros casi pegados a las orejas, unas piernas peludas y macetonas, que hacían pensar en troncos de robles ancianos.
Una mañana, en el desayuno, Oscar apareció con unas sandalias que llamaron la atención de la familia; tenían unas fibras cruzadas y una base de madera recubierta con lona. Dijo que las había hecho con lo que había encontrado en el tallercito de atrás, pasando el patio, a la madrugada, ya que estaba desvelado. Esa misma semana, al volver del campo, Oscar pedía permiso para ir al fondo y quedarse sin que los demás supieran exactamente a qué iba.
-Tienen muchas cosas allá atrás- les supo decir.
Comía cantidades gigantes de pan, miel, huevos, y muy poca carne. Era servicial, pero pedía por favor que no lo despertaran cuando durmiera. Eso -decía- le provocaba tales pesadillas, que le impedían conciliar el sueño en las noches siguientes. Alguna vez la madre de la familia le preguntó, como toda persona cansada de un extraño y un secreto en su propia casa, por sus familiares. Allí lo vieron llorar; se levantó tan rápido de la mesa, que corrió el mantel y casi la dio vuelta.
Como había ocurrido con las sandalias, decidió otro día encerrarse en el taller, pidiendo siempre permiso; ahora la familia Mora escuchaba desde el comedor ruidos presagiosos, maderas quebrándose, espasmódicos chicotazos. Luego del barullo interminable, Oscar salía, atravesando el patio sudado de pies a cabeza, y con una sonrisa les dijo a los Mora que quería reparar muebles, tomar cacharros e inventar cosas nuevas, que en el tallercito del fondo había mucha cosa vieja; lo expresó con énfasis, pero con la lentitud de un sermón. Les dijo que quería probar, que tenía ganas de trabajar en eso. Y al final también expresó su disgusto y cansancio en el trabajo con las colmenas. -Yo ya no quiero seguir con eso- dijo hablándoles a todos pero mirando a Maximiliano.
La familia Mora no discutió ni deliberó sobre el pedido. Pero con el tiempo, al ver los resultados de lo que iría sacando Oscar de ese tallercito, los integrantes se disputarían el aval dado al nuevo visitante para que realizara aquello, aquella actividad en la que nadie, al principio, colocaba esperanza ni finalidad alguna. -Los porotos acá los traemos todos- había dicho una vez Maximiliano, con un gozoso asentimiento materno.
La mole trabajaba de sol a sol, parando sólo para refrescarse, para comer algo. Así aparecían en el patio relumbrantes sillones, estrambóticos percheros, adornos para pared y mesada, algunos juguetes de singular figura, -animales, en especial osos- y Maximiliano fue el primero que trajo a los vecinos. -Así como lo ven, miren las cosas que puede hacer- les decía, y no ahorraba adjetivos según cambiaban las personas que llegaban hasta el patio.
Al trabajo con las colmenas lo había retomado el hermano de Maximiliano y el padre, con un chico al que contrataban por horas. Pero iban menos tiempo, ya que lo dedicaban a buscar en la zona todo tipo de maderas desusadas, trastos viejos, junto a las alzas apícolas que iban a parar sin escalas al tallercito, para que no faltara material. Los objetos que Oscar hacía se vendían como la galleta de los domingos. Una semana entera trabajaba, y a la siguiente venía la gente, observaba y elegía; ahí él descansaba, durmiendo eternas horas en esa cama improvisada con tres colchones, cuyo borde le llegaba a las rodillas. Los precios de los objetos no eran puestos según la demora o el trabajo que le había costado al creador, sino en función de lo que a la familia faltaba o creía que necesitaba.
Entre la gente que venía a ver los objetos y a comprarlos, había algunos que ya venían a verlo a él. Periodistas del diario local y de la ciudad lo entrevistaron, pese a sacar apenas algo más que monosílabos o frases breves, por lo que las notas eran casi todas hechas con las impresiones de quienes escribían. Aparecían así algunas crónicas que hablaban del animal humano, de la exquisita montaña, entre otros epítetos.
En una arrebatada aparición luego del intenso trabajo del día, Oscar dijo, en algún momento de reunión familiar, que no quería más que se vendieran sus cosas. Que buscaran a otro para hacer los objetos si querían seguir poniéndolos a la venta. Que volvería al campo con las abejas, ya que bien claro había quedado aquel concepto de los porotos en la casa y del trabajo común. Obviamente que nadie lo expresó, pero lo que Oscar deseaba era que se regalaran las cosas que hacía. No que, por no venderlas, se amontonaran y se pudrieran en el fondo, como le había dicho uno de los vecinos a Maximiliano: -¿y qué quiere? ¿Que se pudra todo y quede ahí en el fondo de tu casa?

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Las discrepancias se hicieron frecuentes pero jamás superaron los límites que la propia familia se impuso. Oscar, a pesar de su postura, seguía trabajando con la furia de un toro. Sentado en ese banquito le costaba mover la inmensa cantidad de piel y carne, pero era tal la precisión con que tomaba las maderas y las herramientas para tallar, hacer terminaciones, adosarlas, que daba gusto verlo trabajar. El padre de los Mora pensó y no ocultó entonces la posibilidad de cobrar a los que desearan verlo en su labor.
Hasta que la familia se enteró, en medio ya de los ánimos caldeados, como un signo claro de que las cosas ahí las decidían ellos. La idea se consensuó entre todos, pero quien habló fue Maximiliano. Al principio costó convencer a los dueños del circo, de gira por el lugar, pero, como toda cosa chica, ávidos de sorpresas que alentaran sus rutinarias presentaciones, accedieron. Cuando volvió a su casa, Maximiliano relató los pormenores de la charla, y decidieron sacar del taller a Oscar para comentarle el ofrecimiento, una decisión familiar.
Oscar no pudo defenderse, o no quiso. Tampoco se le notó miedo. Y fue solo al otro día para ver al oso. -Así se familiarizan- le había dicho el día anterior a Maximiliano la mujer más vieja del circo, que tenía un cuerpo atlético aunque avejentado, con la piel arrugada sobre el músculo firme.
Quedó al fin todo arreglado, luego de que vieran el tamaño del contrincante y sintieran la acompasada respiración del animal cuando se acercó a la jaula y le estiró la mano. Sería una función única y especial, para todo público. Y verían qué pasaría la primera vez, para luego pensar en hacer más números y, en arreglo con los Mora, llevarse al “oso humano” de gira.
El diario y la radio locales se hicieron eco de la novedad, de la sorpresiva función; lo único que pidió Oscar a la familia, antes del encuentro, fue que lo dejaran terminar un trabajo en el taller, que le dieran unos días. Esta vez no usaba madera, sino unos fierros, acostados a lo largo del suelo del depósito. Con ellos, desde que el alba lograba ponerlo de pie, tras dejar en medio de los colchones un cráter inmenso, que ocultaban las páginas arrugadas del diario que lo mencionaban, Oscar trabajaba levemente concentrado. Parecía extenuado pero seguía, y sorprendía a la familia Mora que hubiera reducido sus horas de sueño. La soldadora se las había prestado un vecino, que él hacía girar en su dedo meñique cada vez que terminaba una unión de esa especie de pequeña fortaleza que iba armando en el patio, emplazada en el rincón menos vistoso. -Es una especie de tinglado-, según afirmaba el hermano de Maximiliano.
Y el día llegó. Panfletos, los altoparlantes y el boca a boca hicieron que esa noche el circo se llenara. La familia Mora no pidió lugares preferenciales, lo que hacía pensar y decir a la gente que los dividendos habían estado claros para todos. Aparecieron trapecistas enojados, payasos apurados en hacer lo suyo, algunos animales aplaudiendo con gestos que pretendían risas y que enfervorizaban al público infantil. Tras el número del mago, el siguiente demoraba, hasta que las luces se encendieron, y apareció la jaula con un oso. Del otro costado salió caminando Oscar, con una musculosa tan ajustada que parecía parte de su propia piel. Miró al público, sin detener sus ojos, que se bamboleaban hacia todos lados, y levantó sus brazos para protegerse por unos segundos de la luz instalada en medio de la carpa.
-Es un animal- decía entre dientes la gente, que no lograba reírse del pantalón corto que tenía puesto, porque su inexplicable inmensidad se agigantaba con la pequeñez de su atuendo. La jaula fue abierta por el anunciador de la pelea, y le dejó paso al hombre que pelearía por primera vez en la historia con un oso, algo que algunos dijeron quedaría en las memorias del lugar.
El oso se puso de pie, se tocó el collar que le aprisionaba el cuello, y abrió la boca, lanzando un gemido ancestral. La gente se paró al ver a las dos moles tomarse de los brazos; se apretaban casi acariciándose, y se levantaban del suelo uno a otro, tras manoteos intensos, que más que agresividad parecían destilar otra cosa.
Primero salió Oscar, después el animal, cuando ya bastante gente gritaba y se movía para irse. El oso estaba desconcertado, y Oscar en cuatro patas fuera de la jaula; tenía el lomo, con la musculosa tan apretada, a la misma altura que la bestia. Los Mora querían irse pero se miraban sin entender, entre estáticos y decepcionados. Algunos vieron a Oscar seguir al oso hacia la salida más cercana de la carpa. El anunciador, inquieto, miró a la gente que ya se dispersaba y cerró la jaula, que Maximiliano Mora miró detenidamente desde su asiento, y se le ocurrió parecida a aquello que Oscar había terminado de armar en el patio de su casa, un día antes de la excepcional función.

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Cuento del libro El brillo gemelo. Editorial Borde Perdido. 2016

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