Feliz Navidad

Por León Nicanoff

Papa Noel paga impuesto a las ganancias. Trabaja de patrullar por el cielo raso de los hogares de los niños, para que sean buenos y obedientes. Extorsiona con regalos irresistibles y adoctrina con el látigo castrador, los sueños de los nenes de todo el mundo. Destroza las aventuras de piratas, de maleantes, de cowboy, de conquistadores que genuinamente alguna vez imaginaron. Introduce el germen vil en las venas y modifica el ADN salvaje que tuvieron, para establecer el paradigma conductista del premio y castigo. Papa Noel asesina la niñez. Y encima es un gordo glotón que paga impuesto a las ganancias. Con él comienza nuestra decadencia.

Pero Papa Noel no siempre fue así. Antes era un joven carismático que se divertía. Alejado en un departamento de la ciudad, tenía de vecinos a ocho renos. Juntos, organizaban orgías y fumatas en el piso 9. Aquella superficie era un destape libidinoso, donde la pulsión de muerte era moneda corriente. Uno de los renos se llamaba Trueno, porque cada vez que se embriagaba golpeaba con la fuerza de una tempestad. A otro le decían Relámpago, porque imagescuando escaseaba la bebida, era tan rápido como un rayo para tomar de vasos ajenos. También estaba Travieso, un absoluto degenerado. Luego venía Cupido, un mentiroso empedernido que enamoraba a mujeres y se terminaba creyendo su propia mentira. Más adelante, Cometa, un drogadicto psicodélico que creía galopar por los aires. Enérgico, el durazno del grupo. Bailarín, un manija con mucho ritmo. Y por último, Acróbata, saltaba tapiales para robar cervezas en almacenes cuando después de las 12 no le querían vender. Los ocho renos más el joven Papa Noel eran muy amigos de unos siniestros enanitos verdes. Cabrones y delincuentes de nacimiento, sodomizaban a sus víctimas en todo ajuste de cuenta. Eran quienes les proveían el alcohol y las drogas.

Hasta que un día tocó la puerta, con su inmunda pesuña, un noveno reno: Rodolfo, hermano de Adolfo.

A partir de allí, se desconocen las historias vividas en esa superficie, pues el noveno piso se transformó en una secta reprimida y alienante. Lo que sabemos es que el joven Papa Noel engordó y envejeció de pronto, sus melenas doradas se hicieron blancas. Conservó el carisma pero lo utilizó para manipular mentes descuidadas. Pasó a ser la mano derecha de Rodolfo, el reno Nazi.

El resto tuvo un porvenir trágico: los ocho renos, ex personajes enigmáticos y seductores de la noche, se convirtieron en amargados animales ordinarios. Y los irascibles enanitos verdes, dejaron el negocio de las drogas y se hicieron obreros de juguetes, explotados pero alegres, en una fábrica sin calefacción en la Antártida. Todos sometidos bajo las órdenes de aquel inmundo reno, el reno de la esvástica en la nariz, el reno Nazi, Rodolfo, el hermano de Adolfo.

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Sin embargo, Papa Noel no existe. Pero hay verdades, las verdades existen. Los que chamuyan con chorreadas discursivas de que no hay hechos sino interpretaciones, son cerebros intelectualoides que se conformaron con relativizar todo, absolutamente todo, y así reducir a la nada los únicos momentos ínfimos pero reales que nos puede proponer una vida corta y fina. Aportan su grano a la distracción, para que nosotros, obnubilados, caminemos por la ruta empinada de la duda. Para que nos inyectemos la jeringa del temor, en una superficie empantanada en la cual nunca pero nunca, sucede nada.

 En estas fechas de diciembre siempre se espera algo. Los niños esperarán sus regalos y los ancianos vivir una navidad más. Pero hay un instante en que aparece una sensación que envuelve la espina dorsal, esa mojarrita rígida e infectada que contiene al cuerpo para que se adapte a mecanismos forzosos. Una sensación que no lleva al túnel donde se espera ver una luz, un destino; sino que conduce a un laberinto sin salida y por lo tanto sin sentido, y es seguramente por ello, el único sentido posible. Un callejón en donde el tiempo es líquido y se evapora, en donde la línea recta y perpendicular y oblicua y curva y etcétera, de nuestras vidas se suspende para escapar de una realidad, y esperar algo, para chocarse con algo, para provocar algo.

Para que nosotros, animales atrapados, rompamos la tranquera de la quietud.

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