Crónica de nochebuena

Por Matías Gómez

20 de diciembre de 2016

Me levante a la mañana sofocándome del calor que entraba por la ventana. Entre el alcohol de la noche anterior y el ambiente de sauna que se genera con el sol que rompe por el vidrio y da de lleno en mi cara la deshidratación era inminente. Me levante de la cama como pude y encare para la cocina. Un buen vaso de agua bien fría. La gloria. Un caudal sustancial de agua helada me da todo lo que necesito en ese momento para palear el estado de mi cabeza y mi cuerpo. Acto seguido enfilo hacia la puerta del baño con ropa limpia y anuncio que me voy a duchar y así ya estar en condiciones de decidir el próximo paso. Encarar el día de lleno a las 9 am o seguir durmiendo con la persiana baja y refrescado. Al terminar mi oración una voz extraña me grita desde algún lugar de mi casa “No! Se rompió el acueducto,”. Otra vez sopa, y por dos días. Viví un día de pegajosidad y hedor, en el había que no ir al baño, o ir con cuidado porque parecía una fosa séptica.

21 de diciembre de 2016

Durante la tarde me senté frente a la computadora y pasé el día ahogado en el aire acondicionado navegando desde Facebook a sitios efímeros y vacíos de contenido. Amigos pasaron por casa disfrutaron de aire acondicionado en silencio, aunque hiciera frío, estábamos todos sin bañarnos. Son juntadas en las que todos sabemos que tenemos parte de la culpa, pero el problema es en teoría tan desagradable que nadie se va a referir a eso. El olor.

Me imagine una fiesta de navidad en algún bar con poco patio. Todos bailando desenfrenados en una noche de veintilargos grados transpirando por el movimiento, el roce y el alcohol en sangre. La temperatura en ese interior sería mucho más alta que afuera. El piso estaría húmedo quizás, el aire estará gris verdoso. Las narices llorarían constantemente la transpiración acida de la multitud que festeja la navidad

22 de diciembre de 2016

Hoy tendría que poder bañarme. NO. El acueducto sigue roto hasta el sábado navideño mismo. Siento un poco de amargura por no poder bañarme, pero también un poco de desagradable felicidad porque quizás se da esa navidad extraña y grotesca que imagine.

Además hoy me contaron de una frase del gobernador que decía “podrán robarnos el agua pero no la dignidad”. La escuche y quedé pensando, una idiotez de proporciones titánicas. No debe haber nada menos digno que no tener agua. Imagine que uno solo sea el que no tiene agua y tiene que ir a trabajar, nadie va a tolerar la sola presencia de ese individuo.

23 de diciembre de 2016

Vienen personas a mi casa, mi rinconcito es pequeño, somos cuatro y el tufo es intolerable. Pasamos horas ocultandonos entre cigarrillos y aire acondicionado pero el olor humano es más fuerte. La dignidad se había ido, cuatro hombres en una habitación ninguno se había bañado en dos días, y la responsabilidad nos colocaba ahí. La dignidad no se presentó, tampoco el agua.

24 de diciembre de 2016

Me despierto el día de nochebuena otra vez entre sábanas salidas de lugar, calor sofocante, transpiración y desesperanza. Ni me levanto, sé que nada bueno me espera en mi casa, no hay agua. El calor pampeano viene azotando duro estos últimos días, vientos calientes me encierran entre las paredes de mi estudio y mi pelo engrasado tiene más olor a cigarrillos y transpiración que a humano. Tengo los pies ennegrecidos de transpirar las ojotas e ir al kiosco y que la tierra que el viento caliente arrastra se me meta bajo los pies. En estos días sin agua la cerveza aparece temprano, la salvación por ahogamiento a la falta de agua y dignidad. Una navidad pampeana, viento y tierra, el viejo mar ahora es un desierto, todos somos el atuel. Toda la simbología que se te ocurra mientras vamos a comprar las bebidas espirituosas para la nochebuena. Además, como nunca antes, en la lista de compras o la cartita a papá noel de navidad este año hay agua, botellas, bidones lo que sea.

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