Hambriento uróboros

A propósito de “El Ciudadano Ilustre”

Por Nicolás Jozami

Ser profeta en tu tierra puede ser un desafío, una aventura o una condena. La galardonada El ciudadano ilustre boya entre esas tres nociones. Daniel Mantovani, ganador del Nobel de Literatura, ha erigido su prestigio narrativo en base a novelas que han denostado el carácter, la idiosincracia, y la moral de Salas, pueblo del que Mantovani salió expulsado hace más de 40 años, hacia una Europa que le daría su coronación como escritor.

Cinco años después de haber recibido el Nobel, Mantovani es invitado a su pueblo para ser honrado con el título de Ciudadano Ilustre. Una de las frases que dirá el autor, y que como un eco adquiere nuevos matices a medida que avanza la trama, es que lo mejor o único que hizo fue “escapar de ese pueblo”. Pero decide retornar, pidiéndole a su asistente literario que cancele todo lo previsto para esas fechas y que no diga que estará unos pocos días en su pueblo.

Tras su llegada al lugar de infancia e inspiración, Mantovani vá descorriendo su pose, o su personalidad, a medida que en el pueblo se suceden los festejos y los eventos con los que debe cumplir, y que tilda el Intendente en un papel a medida que se los menciona: viaje de recibida por las calles en el camión de bomberos, visita a la radio -donde importa más la publicidad de la gaseosa que lo que contesta el escritor-, jurado de un certamen de pintura, clases públicas sobre literatura.

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De a poco el clima aldeano, las relaciones que vuelve a entablar con la gente que lo conoció o que no lo conoce pero que es de allí, lo transforma, o desenmascara; de ser rudo y rígido, el escritor se convierte en una mascota mojada que transige sus respuestas, con cuotas de un altruismo que él mismo no se puede explicar con ninguna palabra (quien ganó el Nobel ya dijo todo, es más o menos su mensaje en el discurso del premio), y ello es producto de un miedo inmemorial, atávico, concreto, que Mantovani siente y que no sabrá cómo manejar.

En una escalada de conversaciones con viejos amigos, noviecita de adolescencia, el hijo de un hombre que decidió olvidar (aunque el festejante entienda que inmortalizó en páginas de su novela, y que por ello vive), el laureado autor se sacude cuando le asestan dardos ponzoñosos: su ingenuidad impostada, su descaro en mostrar al mundo la miseria que le atribuye al pueblo, pudiendo hablar de cosas lindas, la mirada que condena su arrogancia hasta para caminar por las calles, van sacando al lobo que sus coterráneos tienen escondido, o que siempre llevaron y que todos aceptan como reglas del juego. La película se convierte paulatinamente en una versión de Dogville (la asfixiante película de Lars Von Trier) que hasta la emula en la sección de capítulos en que se delimita la historia: “La invitación”, “Salas”, “Irene”, “El volcán”, “La cacería” acompañados con un breve prólogo.

El uróboros es esa figura mítica que -ilustrada como un animal, generalmente un dragón, o una lagartija, cuya silueta forma un círculo vacío en el centro, y se persigue para morderse la cola indefinidamente- simboliza la reiteración de lo interminable, la expectativa frustrada pero no por ello en movimiento o búsqueda. Mantonvani es, en relación a su pueblo, un uróboros que arriesga, en una aventura que es desafío incordioso e incómodo. Sus personajes no pueden salir de Salas, mientras él no puede volver a entrar, jamás, como dice en algún momento. Notemos el palíndromo del nombre del pueblo, que puede leerse en cualquiera de las dos direcciones, sin apreciar alteraciones.

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Al inicio, antes de llegar, quien oficia de remisero, se queda con el auto a unos cien kilómetros del pueblo; Mantovani le pide que no fume adentro del vehículo, justo antes de que el conductor encienda el cigarrillo. La revancha viene enseguida; pero es una revancha que no amerita seguir con la pelea: el conductor tiene ganas de cagar y, ante la falta de papel, rompe unas hojas de la novela del escritor para poder limpiarse. La naturalidad con que se mueve coloca en un lugar de intrascendencia la posible reprimenda, hasta una contenida -europea, cultural- explicación. Esa sola escena es una versión más que se suma a aquella disputa sarmientina de Civilización versus Barbarie.

Sólo resta decir que a Mantovani le harán saber que es un ciudadano del lugar, por los argumentos de sus propios libros. Pero es acertado en la película de Cohn y Duprat el hecho de no haber caído en los personajes pueblerinos que se saben a pie juntillas el argumento de todas las historias del reconocido que retorna, o que aparezcan leyendo sus libros. Es casi todo de oídas, como en Dogville; el rumor es lo que convierte a la mentira más destructiva en una verdad innegable. A Manuel Puig le sucedió algo parecido en su General Villegas natal. Cuando se estrenaban sus películas, sobre todo Boquitas pintadas, en las que el secreto, el rumor y la notoria mala leche a partir de los fracasos existenciales, los espectadores de Villegas corrían a verlas, para renegar al reconocerse, y parece que reconocieron tarde que esas cualidades -estén escritas en una ficción o no- son patrimonio del pueblo de la humanidad. Puig, con su carácter difícil, digamos también, se fue de su comarca (cambió el nombre literario de su pueblo por el de Coronel Vallejos) y siguió reescribiendo las maneras en que se establecen, reproducen y manejan los patrones de conducta con una nada piadosa gratitud.

Mantovani es un artista uróboros que miente (lo que hace un escritor, y lo que hace bien, cuando miente bellamente) en base a lo que habla al inicio de la película, en el discurso de la Academia Sueca, cuando define su actividad de escritor presente como alguien que ya no incomoda, que está terminado, y que por ello justamente le entregan el Nobel. Un artista debe incomodar, (hasta llegar a grados de cinismo que aquí los puede percibir el espectador) y a veces lo hace padeciendo vivencias en carne propia con las que nutrirá su próxima creación.

Abelardo Castillo opinó en sus Diarios que un escritor debe poner cada palabra pensando que puede ser la última. Daniel Mantovani lo hace; la verdad de la literatura como representación directa de la realidad más banal, común, o brutal, es un buen señuelo con que se nos invita a reflexionar a lo largo de la película, para luego descartarlo, e intentar quedarnos con la aventura del hambre con que se alimentan los escritores, para ofrecer su realidad más genuina, así tengan que buscarla en el sitio más terrible.

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